viernes, 15 de mayo de 2009

La esquina del infinito



Hoy salí a la calle como tantas otras veces, pero esta vez iba a ser muy diferente. Vivo hace casi dos años en un departamento a mitad de cuadra, sobre una calle sobre la que nunca supuse que pasaban tantas cosas, que había tanto escondido en la oscuridad de esta calle a la que nadie, creo, jamás le ha prestado atención. Sobre la esquina, o mejor dicho unos metros antes de llegar a la esquina hay un quiosco, que generalmente lo atiende una señora de tez morena, muy amable y siempre con ganas de sacarme más de dos palabras seguidas, eso es algo que rara vez ha conseguido. A veces por las noches lo atiende su hijo, él es un poco más serio, y de vez en cuando se lo ve tomando cerveza con sus amigos en la puerta para tratar de pasar la tarde-noche lo más rápido posible.
Para ser sincero, para lo único que voy a este quiosco es a comprar mis cigarrillos. Si voy por la tarde, y la señora es quién está atendiendo, apenas me ve entrar, toma la caja de cigarrillos y con una sonrisa me pregunta si voy a llevar algo mas, y cuando le digo que no con un movimiento de cabeza, se sonríe aún mas. Esa es mi relación con ella. “Hola” y “chau. Muchas gracias.”
Pero bien, hoy algo iba cambiar. Hoy, un martes de esos de junio que querés abrazarte a la cama y no levantarte para nada, ni siquiera para fumar y volverte a dormir, algo cambió en mi cabeza.
Salí a la calle sobre las siete de la tarde, era casi de noche, pero todavía había destellos de la tarde fría que estaba muriendo en Buenos Aires. Pero algo sucede en mi mente apenas camino los primeros metros de la vereda. Siento el frio en la cara que me pega y repentinamente me quedo tieso. Cuando tomo conciencia de esto, me encuentro sentado sobre el escalón del edificio contiguo al mío. Había perdido control sobre mis deseos, y más aún sobre mí mismo. No recordaba razones por la cual había decidido sentarme. Una vez que tomo conciencia de donde estoy, me encuentro sentado mirando la gente pasar y analizando cada paso que dan y cada movimiento que hacen, como buscándole una razón a todo. No fueron más que segundos los que duré ahí sentado pero fueron mil cosas las que sobrevolaron mi mente.
Lo primero que advierto son autos pasar, mezclándose entre taxis y colectivos a toda velocidad, mil bocinazos como mostrando el apuro de la gente por volver a su hogar tan preciado y rogando que el día acabe de una buena vez. Y que el mañana por venir empiece lo más pronto posible, para que todo cambie. Pero al fin y al cabo nada cambiará, y el mañana que esperaban con tantas ganas vuelva a ser el mismo de hoy, y así volver a desear que se termine. Es como un círculo la vida de estas personas, empiezan el día deseando que termine. Y así se les pasa la vida, y nada cambia al fin. Así, entre el ruido de la bocinas y el desorden de la calle, aparece frente a mí un chico tirado en la vereda pidiendo monedas a la gente que pasa a su lado, y la gente lo ignora. Todos siguen muy apurados por regresar como para percatarse de él. Y yo que me considero distinto al resto, también lo ignoro. Cuando levanto la cabeza, veo sobre la rama de un árbol un alma, mirando directo a mi ojos, como diciéndome que ya no quiere volar. Entiendo que le asusta el ruido de la ciudad, que no tiene ya más ganas de sobrevolarla, que sus alas no le dan el gusto de sentirse libre como lo fue alguna vez. Mi mirada desorientada no la ayuda, creo que le da más ganas de suicidarse que de intentar al menos un último vuelo que la lleve lo más lejos posible. De repente bajo la vista, apunto mis ojos a la esquina, en donde encuentro un policía mirando al suelo. En ese momento lo veo sacar su teléfono, e imagino que estaría llamando a su amada esposa para preguntarle que le estaba preparando para cenar, ya que estaba terminando su turno y se moría por comer algún guiso casero de esos que sólo prepara una madre que ha pasado su vida en la casa y la cocina. Y el pobre policía, muerto de frio y quizás también de miedo, temblequeaba. Sin dudas ha pasado allí toda la tarde, pero de nada sirvió, si estaba ausente, si nada de lo que yo vi él pudo observar. Es claro, estaba allí para llevar el pan a su hogar, pero no tenía ganas de mostrar presencia. Dejo de lado al policía, y veo acercarse una pareja de colegiales con uniforme. Estaban tomados de la mano, riendo, y quizás hablando de sus planes de pasar la vida juntos, y de nunca separarse. Ellos ni se dieron cuenta cómo los estaba mirando, pero los envidié, por una milésima de segundo quise ser ellos. Luego, razoné sobre mi deseo y no hice más que pensar, que en cuanto alguno de los de se aburra y encuentre alguién que le de mayor felicidad, todo se terminaría. ¿Quién no se ha sentido profundamente amado un día, y repentinamente al día siguiente totalmente despreciado, al punto de querer volarse la cabeza?
Volteo la cabeza, y veo frenar justo donde me encuentro yo, una moto. El chico del delivery trae una pizza. Pienso que es para el chico del 5° piso, se llama Javier y trabaja en una oficina de lunes a sábado. Él está de novio con Gabriela que trabaja en la misma oficina. Me inquieta pensar en la vida que llevan ambos. Están todos los días juntos, no se cansan de verse pero tampoco se cansan de hacer todos los días lo mismo. Arrancan muy temprano el día, yo los veo ir juntos a tomar el subte que los dejará a unas pocas cuadras de su trabajo. En medio de la locura de la gente y el apuro característico de la gran ciudad, se pierden de mi vista, por suerte. Pasan horas en la oficina y el regreso es exactamente igual. Al llegar a casa, los imagino tirados en el sofá esperando que llegue la cena para poder ir a dormir lo antes posible porque ya no les quedarán más ganas de nada, ni siquiera de darse un beso antes de despedir el día. Mi mente se escapa otra vez del interés por ellos, y es ahí cuando veo un señor flaco, alto, desarreglado y con los ojos desencajados. Se acerca a hablar con el policía y del bolsito saca algo que no logro ver que es. Sólo advierto que cambia un pequeño paquete por dinero que el policía le da. No creo que sea otra cosa que un poco de marihuana para que el pobre hombre pueda volar un poco y olvidar su amarga tarde en la esquina donde todo y todos somos ficción. El supuesto vendedor se aleja, sigue su camino acercándose a mí, toca timbre en el 5° piso, y ahí baja Javier, con cara de satisfecho. Le entrega una bolsita y Javier le paga. El hombre se aleja de mí y Javier sube con su bolsita a compartirla con Gabriela. El tipo se pierde de vista al doblar la esquina y yo encuentro en ese momento un grupo de obreros aparentemente paraguayos por su acento, saliendo de una obra en construcción pegada al quiosco donde debería yo estar comprando mis cigarrillos para volver a casa. Pero ellos me detienen un poco más, se van a pura risa del lugar a tomar el colectivo en la otra esquina. Y allí esperaran para volver a su casa, en donde supongo viven todos juntos y se juntan todas las noche a emborracharse. Es allí mismo dónde esperan para volver a su casa, el lugar donde su día empieza. De lejos alcanzo a escuchar entre risas y chistes cuánto odian su trabajo y cuánto añoran poder volver a su país y ver a sus familias. No puedo entender que hacen acá, no puedo entender como hacen para vivir una realidad que no les cabe.
Desesperado por dejar de ver todo eso que no quería ver, me levanto y me voy caminando lentamente a comprar mis cigarrillos que tanto necesito en este momento. Duele tanto ver la realidad, y duele más cuando sentís que no querés ser parte de nada de esto. Cuando te atormenta la seguridad de que sos diferente al resto y que en este mundo a nadie le importa nada más que su propia existencia y su propio ego. Nada importa más que tener el mejor trabajo, ese que te dé más dinero que a la persona que tengo a mi lado. Nada importa ya a nadie ni en esta ciudad ni en ningún lado. Y yo así, sólo consigo alejarme cada día más de todo. Veo que mi único deseo es que esto que me pasó, me vuelva a suceder, que pueda volver a aislarme, y que pueda frenar el mundo en mi cabeza. Porque ya no quiero seguir con todo esto, no quiero vivir al ritmo y deseo de los demás. Necesito imponer mi propio ritmo y que el placer de ser yo mismo no dependa más de nadie.

sábado, 9 de mayo de 2009

Tan sólo

Tan frágil y tan duro como un domingo de junio.
Tan sensible y tan terrible como el frío del sur.
Tan triste y tan felíz como un lunes por la mañana.
Tan serio y tan risueño,
tan frío y tan cálido, como el niño de tu inconsciente.
Tan asesino y tan creador como ver salir el sol.
Tan desperante y aliviante como es dejarte ir.
Tan calmo y tan inquieto como tu propio corazón.
Tan es así, que hoy quiero salir.
Hoy quiero saltar y no quiero caer.
Tan es así, que soy felíz de verte libre.
Tan es así, y vale la pena.