lunes, 30 de abril de 2012

Relaciones de estación


Abrir los ojos, ese acto tan cotidiano, tan menospreciado en estas épocas. Épocas de pretender ser más y querer mucho más a costa de no saber cerrar la puerta, los ojos o las historias. Levantarse una mañana, pretendiendo cruelmente no afeitarme para ir a la oficina, o seducir a más de una mujer a la vez para no sentir el tedio de un típico día Lunes. Da lo mismo a esta altura, Gael está tirado en su cama, revolcándose de lado a lado, apretando su cabeza contra el colchón con la almohada. Siente que pierde el aliento y afloja un poco. Despegar los parpados, salir de un sueño inmenso, lleno de sabor y emoción, para escuchar un sonido repetitivo e insoportable. Mientras, suena la alarma de un reloj, y retumba como mosca en la oreja, comienza la desdicha. Saber que el día recién comienza, y entender que debe seguir a pesar de todo, que es necesario luchar. Aun así, no puede evitar pasear de un extremo a otro de su cama, y en ese sutil paseo, sueña con tener dos o quizás tres novias al mismo tiempo, fantasea con llegar tarde al trabajo y reírse en la cara de su jefe. Y a medida que el viaje se va prolongando, su sonrisa es cada vez más pronunciada, y es que a esta altura siente que ya no tiene que hacer las cosas por obligación, porque nada en el mundo le impide largar todo al mismísimo demonio y escapar. La estación de la mañana es  el duro tramo en que todo comienza, el instante supremo en que en realidad imploramos por seguir abrigados, en posición fetal, y olfateando el aroma del café que se acerca y se aleja incesantemente.
Pero pasadas las horas, el tramo se acorta, se enlentece y florecen las dudas. En la estación de la tarde, Gabi sobresale del resto. Las tardes son una pelea por llegar a la noche, la batalla de todos contra todos, o sencillamente el acto de pasar de todo y de todos. Pero ella, Gabi, mujer bella y sencilla, no existe en esta historia. Atiende un pequeño resto-bar en medio de la nada, cerca de un pueblo fantasma rodeado de montañas. Allí no existe el tiempo, no abunda el amor y se duda de todo, menos de las imágenes. Lo que se ve es lo que se siente. Es otro mundo, es otra historia. Ella conoció y luchó contra las mañanas en la gran ciudad. Se dejó doblegar un millón de veces, un sinfín de horas, y nada pudo hacer contra la estación de la mañana. Nada, nada. Porque la ciudad la obligó a sufrir contra su propia voluntad, a subir y bajar de autos, edificios, de camas, oficinas, taxis. La condenó a esperar, a hacer colas interminables, a ser atropellada por la multitud. Ahora ella, convive en otro lugar, en otro tiempo, en otro mundo. Para Gabi las tardes son un resoplo de bondad, de silencios interminables y conmovedores, sin espacio para llantos.
Al caer el sol, ya no habrá más tiempo para nadie. Comienza la estación más oscura, el lugar para los intrépidos, para los que no saben de reglas. Aquí vive Cruz, un pequeño hombre cargado de historias sin final. La noche es un lugar para unos pocos, es el momento del día (paradójicamente) al que sólo llegan los valientes, los que quieren siempre un poco más de la vida. El pequeño Cruz, se muestra impávido, la ciudad se lo deglute en cada esquina y en cada bar. En cada conversación, en cada trago que lo seduce, un vaso tras otro vaso de vino. Siente que ha sobrevivido al día, y que se merece un poco más, otra copa de vino, otra mujer, otro amor.
En la noche muere el día, en la oscuridad renacen las espinas. Todo aquello en lo que no confiamos, todo lo que no añoramos convive en la caída del sol. En  la estación de Cruz no existe el amor si no es por conveniencia, y eso él lo tiene aprendido desde sus propias heridas.
Pero hay un momento, un efímero instante de esperanza en la batalla del día a día. Ese momento, ese lugar del tiempo que todos debiéramos enaltecer, la estación del amanecer. El lugar para el amor, el lapso imperceptible donde debemos renacer. Allí, lejos, vive Luz. La dueña de todos los mares del mundo. Cada rayo, cada gota, cada lágrima, cada ir y venir, ella se hace presente. Una casa frente al mar, un barandal de madera, una silla repleta de comodidades, algo de compañía, y la vista al mar. Su propio mar, su sueño hecho realidad cada amanecer, fuera de las necesidades.
Debo contarles, que quizás, Gael supo amar a Luz, que tranquilamente podrían seguir juntos, pero ella lo dejó. Quizás, para una mujer en busca de paz, ser dueña de todos los mares del mundo era el sueño a cumplir. Pero Gael, estaba lejos de todo, lejos del reto de vivir en soledad, confinado al mundo de las necesidades y las obligaciones, el lugar de las miserias, el palacio donde el amor existe pero nadie confía en él. Del otro lado, Gabi está recordando los momentos que vivió junto a Cruz, y él se abraza a las noches y no puede alejarse de todo lo que ha construido con el tiempo.
Para cada dia, para cada tramo, para cada instante, las historias se ramifican, se entrecruzan, y se embisten unas a otras, pero lo importante es vivirlas y no dejarlas pasar sin haberlas sentido.