Share It

sábado, 26 de mayo de 2012

Puentes I

Desesperado, vio a lo lejos un camino, denso, escondido entre una inmensa neblina que cubría los vértices de sus ojos hasta el centro de su nariz. A ambos lados, izquierda y derecha, era muy poco lo que su imaginación podía divisar. Sus manos sentían un hormigueo extraño e intenso que no había manera de frenar. Sus pies estaban congelados, se habían tornado de un color morado, con tintes de azul oscuro. Sólo por algunos instantes sentía que éstos aun eran una parte del cuerpo que le pertenecía, pero luego inexorablemente perdía esa sensación de pertenencia. Bajo esta circunstancia, en medio de la bruma, la llovizna, y la oscuridad, y aun sin poder sentir sus pies, decidió ir en busca de ese camino que logró ver a lo lejos. Minutos más tarde, se vio de rodillas, frente al final del camino. Ese final, ese último lugar, era una playa. La costa, la arena, el sol anaranjado cayendo y escondido entre las nubes grises, condensadas con el vapor de los buques, en sintonía eterna con el sonido de pequeñas olas jugando en la rompiente.

La desesperación del hombre puesto en sus rodillas, suplicando que el final nunca lo encuentre. El final del camino en su máximo esplendor, enseñando que la belleza aparece en momentos inesperados y casi siniestros. El hombre envuelto en llamas, frente a un mar en calma, en la orilla de un camino sin salidas. 
En aquel momento, al abrir sus ojos, y con la vista nublada en llantos, se dio cuenta que en realidad los camino son muy angostos para los crueles y que se ensanchan desmedidamente para los humildes. A su lado veía como algunos intentaban sortear caminos angostos, pero llenos de egos crueles, y que inexorablemente terminaban cayendo al mar porque no podían atravesar esos caminos. Para el resto, para los mortales, sabemos que el camino es largo, pero que siempre habrá un lugar para todos. 

En el filo del atardecer, intentó pensar alguna razón que lo hiciera ponerse de pie. Es sola la razón, el amor y las ganas de luchar aun estando vencido, hicieron que sintiera de repente sus pies, que su corazón comenzara a regar sangre a sus manos. Sintió que el incomodo hormigueo se evaporaba. Los dedos de sus pies retomaron un color marrón piel. El cielo comenzó a abrirse en el atardecer, se transformó en una paleta de colores azules, anaranjados, rojizos, grises. El sonido de los buques silbando bajito y a lo lejos. El sudor de la orilla salpicando con suavidad. La claridad de las cosas que van retomando el color que soñamos cada día al despertar, porque el color se lo pone uno mismo, y nadie más. Y al último suspiro de amor, con la sangre en la boca, y el corazón en la mano, confiar en crear algo más, algo nuevo. Convertir el amor en un negocio, poder de vivir de ello, poder vivir de vos. 

Ser algo más que una persona cruel cayendo al mar por caminos sin espacios. Ser más, querer más, y confiar ciegamente en que si pudiéramos convertir este amor en un negocio, en algo parecido a una gran empresa, no necesitaríamos más que vernos para mantenernos con vida. 

lunes, 30 de abril de 2012

Relaciones de estación


Abrir los ojos, ese acto tan cotidiano, tan menospreciado en estas épocas. Épocas de pretender ser más y querer mucho más a costa de no saber cerrar la puerta, los ojos o las historias. Levantarse una mañana, pretendiendo cruelmente no afeitarme para ir a la oficina, o seducir a más de una mujer a la vez para no sentir el tedio de un típico día Lunes. Da lo mismo a esta altura, Gael está tirado en su cama, revolcándose de lado a lado, apretando su cabeza contra el colchón con la almohada. Siente que pierde el aliento y afloja un poco. Despegar los parpados, salir de un sueño inmenso, lleno de sabor y emoción, para escuchar un sonido repetitivo e insoportable. Mientras, suena la alarma de un reloj, y retumba como mosca en la oreja, comienza la desdicha. Saber que el día recién comienza, y entender que debe seguir a pesar de todo, que es necesario luchar. Aun así, no puede evitar pasear de un extremo a otro de su cama, y en ese sutil paseo, sueña con tener dos o quizás tres novias al mismo tiempo, fantasea con llegar tarde al trabajo y reírse en la cara de su jefe. Y a medida que el viaje se va prolongando, su sonrisa es cada vez más pronunciada, y es que a esta altura siente que ya no tiene que hacer las cosas por obligación, porque nada en el mundo le impide largar todo al mismísimo demonio y escapar. La estación de la mañana es  el duro tramo en que todo comienza, el instante supremo en que en realidad imploramos por seguir abrigados, en posición fetal, y olfateando el aroma del café que se acerca y se aleja incesantemente.
Pero pasadas las horas, el tramo se acorta, se enlentece y florecen las dudas. En la estación de la tarde, Gabi sobresale del resto. Las tardes son una pelea por llegar a la noche, la batalla de todos contra todos, o sencillamente el acto de pasar de todo y de todos. Pero ella, Gabi, mujer bella y sencilla, no existe en esta historia. Atiende un pequeño resto-bar en medio de la nada, cerca de un pueblo fantasma rodeado de montañas. Allí no existe el tiempo, no abunda el amor y se duda de todo, menos de las imágenes. Lo que se ve es lo que se siente. Es otro mundo, es otra historia. Ella conoció y luchó contra las mañanas en la gran ciudad. Se dejó doblegar un millón de veces, un sinfín de horas, y nada pudo hacer contra la estación de la mañana. Nada, nada. Porque la ciudad la obligó a sufrir contra su propia voluntad, a subir y bajar de autos, edificios, de camas, oficinas, taxis. La condenó a esperar, a hacer colas interminables, a ser atropellada por la multitud. Ahora ella, convive en otro lugar, en otro tiempo, en otro mundo. Para Gabi las tardes son un resoplo de bondad, de silencios interminables y conmovedores, sin espacio para llantos.
Al caer el sol, ya no habrá más tiempo para nadie. Comienza la estación más oscura, el lugar para los intrépidos, para los que no saben de reglas. Aquí vive Cruz, un pequeño hombre cargado de historias sin final. La noche es un lugar para unos pocos, es el momento del día (paradójicamente) al que sólo llegan los valientes, los que quieren siempre un poco más de la vida. El pequeño Cruz, se muestra impávido, la ciudad se lo deglute en cada esquina y en cada bar. En cada conversación, en cada trago que lo seduce, un vaso tras otro vaso de vino. Siente que ha sobrevivido al día, y que se merece un poco más, otra copa de vino, otra mujer, otro amor.
En la noche muere el día, en la oscuridad renacen las espinas. Todo aquello en lo que no confiamos, todo lo que no añoramos convive en la caída del sol. En  la estación de Cruz no existe el amor si no es por conveniencia, y eso él lo tiene aprendido desde sus propias heridas.
Pero hay un momento, un efímero instante de esperanza en la batalla del día a día. Ese momento, ese lugar del tiempo que todos debiéramos enaltecer, la estación del amanecer. El lugar para el amor, el lapso imperceptible donde debemos renacer. Allí, lejos, vive Luz. La dueña de todos los mares del mundo. Cada rayo, cada gota, cada lágrima, cada ir y venir, ella se hace presente. Una casa frente al mar, un barandal de madera, una silla repleta de comodidades, algo de compañía, y la vista al mar. Su propio mar, su sueño hecho realidad cada amanecer, fuera de las necesidades.
Debo contarles, que quizás, Gael supo amar a Luz, que tranquilamente podrían seguir juntos, pero ella lo dejó. Quizás, para una mujer en busca de paz, ser dueña de todos los mares del mundo era el sueño a cumplir. Pero Gael, estaba lejos de todo, lejos del reto de vivir en soledad, confinado al mundo de las necesidades y las obligaciones, el lugar de las miserias, el palacio donde el amor existe pero nadie confía en él. Del otro lado, Gabi está recordando los momentos que vivió junto a Cruz, y él se abraza a las noches y no puede alejarse de todo lo que ha construido con el tiempo.
Para cada dia, para cada tramo, para cada instante, las historias se ramifican, se entrecruzan, y se embisten unas a otras, pero lo importante es vivirlas y no dejarlas pasar sin haberlas sentido.

martes, 21 de febrero de 2012

Versículo 1

Aunque quiero decir, ya no intento. Aunque quiero callar, ya no puedo. Aunque quiera evitar, ya lo padezco. Aunque intente, diga y padezca, ya no callo ni puedo ni evito. Parecería elemental ser algo más que un pobre tipo revolcado entre emociones dispersas, y que en ese montón de mentiras y falsedades, reúsa ser algo que va más allá de un par de sensaciones siniestras.
Sé que se siente. Sé que se espera del otro, cuando en realidad eso de esperar es de aquellos que no conocen la derrota, o mejor dicho no la reconocen, porque las heridas siempre demuestran que la derrota es amigo de todos y enemigo de pocos.
Lo que se lo sé porque vivo, porque intento, porque lastimo, porque me equivoco quizás mucho más de lo que en realidad me gustaría.

jueves, 2 de febrero de 2012

Años

Hoy me siento viejo, absorbido, revolcado. Hoy veo en mis espaldas mucho menos de lo que creí haber construido.  Pero en realidad es sólo un naufragio del momento, una sequía de vejez sin edades absolutas. Es como aquel lugar del tiempo en que todo se fuerza para levantarte en brazos y hacerte sentir que el mundo es todo y para siempre un lugar de extrema belleza, donde la lágrima es algo pasajero. Ahora, viejo, añorando tiempos remotos, con la piel curtida, reseca, con las ganas desgastadas, tomo asiento en una sucia plaza del barrio. Dibujo círculos con mis pies, cuento las hojas verdes y las separo de aquellas que se ven desteñidas. Con una mano en el bolsillo, y la otra sobre mis anteojos que ayudan a conservar mis sentidos aun despiertos, observo. Todavía no se bien en realidad qué. Encierro en un momento, en esa plaza, sobre aquel banco, momentos asociados a personas, y en cierta manera guardo sólo aquellas cosas con las que fui feliz. Son muy pocas, demasiado pocas en realidad. Pero su fortaleza, y su persistencia me conmueven. El repaso en mi memoria ya las reseca como a esas hojas desteñidas. Ahora, acá, lo intento. Las refresco, las enaltezco y las lloro casi sin parar.  Ahora vuelvo a un estado más natural sobre estos días, algo que me permite sentarme aquí, y repasar mi pasado. Y claro que allá no hay nada. Me siento viejo, arrugado, desvalido. Al menos cada vez que regreso a esta plaza de barrio, a este banco desvencijado. Siento que ese momento que todos creemos que no llegará jamás ha llegado, se presentó firme, y ya no como una simple sombra uniforme. Será aliado o enemigo, será vejez o primavera. Será algo, poco o nada. Será lluvia o sólo viento. Y es que será así, y sólo será.
En el viaje, algún día te llamarán hijo, segundos más tarde, alguien te jurará su amor eterno y llorarás cuando te digan papá. Cuando vuelvas a pestañear, serás tío, y no mucho más lejos abuelo, y finalizarás siendo el viejito de una plaza cualquiera, de un olvidado barrio ubicado en una sucia ciudad. Serás viento, lluvia, ira y una porción de sueños. Pero ese momento, esa plaza, las hojas verdes y quizás la lluvia, permanecerán. Un descubrir y remojar los ojos porque el viento mucho más que el tiempo, se lleva demasiado a su paso. Ya no soy eso que fui. 

sábado, 3 de diciembre de 2011

Los ritos del viajero (Acto I)

Viajar. Viajar lo que se dice viajar he viajado mucho, pero confieso que, en realidad, he vivido mucho más de lo que he podido viajar. Y entiéndase que he sufrido el amor en el viejo continente casi tanto como lo he sufrido en este, al sur y más al sur. Y ni hablemos de aventuras del perdido por perdido y dormir en aeropuertos. De esperarte, que vengas a buscarme, o al menos recojas mi valija, porque declaro que es sumamente complicado dormir recostado sobre una butaca (con la valija de almohada). Cierto que se sufre, que duelen las manos y el cuello, tanto o más que a un perro sin dueño.  La vida, ese caminar contando moneditas, es muy de allá y muy de acá, es más de lo mismo. He viajado por despecho, he viajado por viajar, y he viajado para alejarme de todo. Pero también he vivido en el destierro, sabiendo que el rumbo perdido es un país sin destino ni un lugar donde sentir. Supe sobrevolar las ciudades en época de guerra, las he visto también renacer en tiempos de otoños grises. Conocí el verdadero sabor de la lluvia, me olvidé del sol y emprendí la vida en soledad pero en compañía de un mundo extraño. El mundo, si logras comprenderlo, es el mismo en todos lados. Las barreras las pone el idioma, la soberbia de las religiones o la intransigencia de la política, que a lo largo de toda la historia de la humanidad no ha conseguido más que dejarnos a la deriva. Ahora puedo comprender que deberíamos eliminar las fronteras, para así poder caminar libremente, si total no hay necesidad de pedirle visa a un hombre como yo. Necesitamos de la libertad para poder amar, necesito obviar las diferencias para poder encontrarte, pero con tantos obstáculos, simplemente me siento como pasajero en tránsito (lo cual sería, algo así como sediento, sin agua, con calor, y con abstinencia de lluvias). ¡UFFFFFF! Totalmente enfermo, no puedo siquiera imaginarlo. 

lunes, 21 de noviembre de 2011

El concierto de los desesperados (Acto IV)

Soy autodestructivo pero suelo renacer en cada puerto. Amo navegar, puedo flotar con suma facilidad y no tengo la habilidad de hundirme. No sé por qué, no tengo esa respuesta. Soy náufrago de un millón de mares, me pierdo en la felicidad y me encuentro vivo en las tragedias. Suelo viajar en medio de la calma, saltar de costa a costa y arrastrarme hasta la orilla. Puedo verme allá a lo lejos, sentado en la arena mirando el horizonte, dejando el sol caer a la velocidad que intento vivir. Nada más placentero que el deseo de naufragar para volver a comenzar.
Es el momento de destruirme, renacer y desarmar mis valijas porque en este puerto hoy yo quiero quedarme. Vivir en la sensibilidad es vivir en cámara lenta pero sintiendo a la velocidad de la luz, donde tu cabeza da vueltas al ritmo de un tango mal bailado y con olor a lluvia. Y sí, es cierto, en este concierto de hoy no podía faltarme la lluvia. Es que me siento como en domingo: desordenado, de mal humor y mal gastado. De paso sigo observando a estos viejos de acá enfrente, los veo sentados y a más de 50 años de distancia pero me siento igual. Aunque con la seguridad que ya no estaré allí. Estaré, pero muy lejos de eso y muy lejos de lo que vos quisieras ver. Seré un vaso medio lleno, seré la lluvia en primavera, unas cuantas palabras de amor, y algo más que sólo promesas.
Voy a viajar con todas las ganas de llegar a ella algún día, pero ella no pienses que sos vos. Ella es alguien más, es esa figura radiante que da el sol por la tarde bajo una humilde llovizna. Ella siempre está por venir, eso lo sé. Aunque quizás no llegue nunca. Ella camina sola, opuesta a mí, en otra dirección, pero veo su disfrute en el andar. Veo sus ganas de mojar su pelo mientras camina sola por la gran ciudad en medio de más y más lluvia, porque ya no puedo vivir sin lluvia. Ella no tiene prisa, en el concierto ya no se distingue nada. Tocamos todos un poco cada melodía, nos sentimos como al despertar y bañamos el día con lo que nos toca.

viernes, 4 de noviembre de 2011

El concierto de los desesperados

Acto I
En este momento observo con delicadeza cómo desde la esquina una ambulancia comienza a entonar su himno que es todo un suplicio para mi pobre oído musical. Así, en un apuro demencial inicia la destrucción lenta de quien se debate entre la vida, la muerte, y además tendrá un tremendo dolor de cabeza en el mientras tanto. Para colmo de males, el auto que estaba delante, apura al que está delante de él, que a su vez apura al irracional de adelante, a quién pasa a su derecha e izquierda, y así sucesivamente hasta que alcanzamos el récord mundial de 200 metros de bocinas desesperadas por dejar pasar a esa pobre persona que se quiere tirar de la ambulancia porque ya no soporta el concierto. ¡Un momento no se vayan, esto no termina acá, porque el incendio sigue! ¡Esperen! ¡No se vayan! Ahora la vieja con las bolsas en la mano empieza gritar que dejen pasar, que son todos unos maleducados. Y ahora si señores que se armó el concierto, con balcones y asientos vip para la multitud que sale a disfrutar de esta masacre auditiva a la paz de esta pobre ciudad. Seguro que en el segundo acto, estos músicos se van a esmerar un poco más, porque hay mucho loco suelto. Pero yo me quiero bajar, asique frenen todo, desconecten que me quiero rajar.

Acto II
Recuerdo haberte visto hoy por la tarde, en pijamas bajando las persianas y con tu pelo ya más blanco, como si hubieras viajado en un segundo, un millón de años por sobre mi ser. Creo que ya no siento las ganas de quedarme. Cuando se apaga la vida, la banda suena en silencio. Es tarde, pero yo prefiero seguir un rato más. Espero no te asuste, espero encuentres la respuesta. En este silencioso acto, alguien se acaba de ir.

Acto III
Está por suceder.