domingo, 4 de febrero de 2018

Pequeñas historias de atrapados sin salida

Dame dos minutos de aire fresco en la cara porque reviento, exploto y vuelan mis tripas por todo lo alto. Esa expresión de hartazgo infinito se veía en la cara de ‘Rulo’, y pensar que estaba regresando de las ansiadas vacaciones. La ‘Negra’, esa mujer interminable con los ovarios grandes como una pelota de fútbol, le estaba pegando una paliza moral y psicológica al pobre tipo que no sabía para dónde rajar. Atentas las miradas en todo el aeropuerto de Barajas, precisamente en nuestra aerolínea insignia. Se hablan unos a otros, por lo bajo. Pero los gritos de la mujer de Rulo no se pueden tapar con nada, resuenan como tormenta de verano. 
-Negra: Dale ‘gordo’ trae las valijas que yo me quedo esperando en la cola.
-Rulo: ¡pero ‘Negra’! ¡no puedo yo sólo con todo eso! Son 6 valijas que pesan como 30 kg cada una… ¡dame una manito mamá!
-Negra: déjate de joder, andá trayendo de a una por vez que nadie te apura. No hiciste una mierda en todo el viaje, más que joder. Y fíjate que ninguna de las valijas se pase de los 22 kg que nos permiten, porque no pienso pagar el exceso de equipaje.
-Rulo: ¡me vas a volver loco! ¡Todo eso querés que haga y vos tranquilita ahí concha floja en la filita! ¡Es una joda esto!
-Negra: mirá ‘Rulito’ eso es lo que más te conviene a vos, porque si nos pasamos de lo permitido, ¿quién va a pelar la billetera para pagar? A vos te da lo mismo porque no pusiste un puto mango en 20 días de vacaciones. Acá la que puso toda la platita para que vos puedas viajar es la boluda que te mantiene hace 6 años. ¡Laucha!
-Rulo: ¡que injusta que sos! Y bajá un poquito la voz ‘Negrita’, que nos están mirando todos por favor. Además, que te quede claro que este viaje me lo pagué yo solito. Vos habrás pagado algunas cosas, pero el pasaje me lo pagué yo, los taxis, las cervezas… (siguió balbuceando el ticket de gastos por lo bajo mientras se alejaba con dos valijas).
-Negra: dale, dale anda a pesar las valijas, que no te conviene seguir con el pase de facturas… ¿o el alojamiento lo pagaste vos? ¡20 días de alojamiento en hotel me saliste! ¡Sin contar los vuelos a Barcelona, Valencia! ¡Y Málaga! ¡Los almuerzos y sobre todo las cenas que justo a la hora de sacar la platita del bolsillo, te agarraban ganas de salir a fumarte un puchito, mientras la boluda pagaba todo! ¡Dale gordo anda a pesar las valijas no jodas más!
-Rulo: como me haces quedar como el orto negrita delante de la gente, no seas así… bájame un poco la voz che, no seas mala… me cago en todo lo que se mueve… (lloriqueaba por lo bajo).
Y ese día abandonaba un año en tierras españolas, para darme cuenta en ese preciso momento de qué estamos hechos en este país. No podía ser más precisa esa escena de teatro surrealista. No cabía ninguna duda que esa era la fila del vuelo que me llevaría de regreso a mi hermoso país. En esta tierra de discusiones apasionadas, si vos me sacás un cuchillo yo te saco una granada.
Que ganas de llorar te agarran cuando te subís a un tren y ves que al mundo le importás una mierda y un poco menos también. Y eso mismo empezó a sentir ‘Rocho’ al final de su jornada laboral, larga como la cola del banco a la hora de cobrar las jubilaciones. Sí, claro muy larga la jornada laboral. Pero, y que decir de cuánto nos gusta en este país la desorganización y las colas para todo. Cola para pagar en el súper, cola para sacar nuestra plata del banco. Colas y más colas. Cola para subir al bondi. Cola para que te atiendan en un hospital, así tengas la pata partida en diez partes iguales. Hacé la cola y cerrá el culito. ‘Rochito’ se siente inquieto, pensando más de lo que usualmente le permitía su hartazgo. Veía unas 70 personas en el vagón, de las cuales 60 tenían la mirada fija en la pantalla del teléfono. Maldita la era digital y la estupidez humana que año tras año sobrepasa los límites de lo inimaginable. Cierto es que por suerte aún existen aquellos que tenían un libro entre sus manos. Una chica, perdida entre tanto enajenado leía a Borges… aunque había también otro que amaba los best sellers, el típico que a pesar que pasaban los minutos y las estaciones, estaba estancado en la página 51, y de ahí no se movió más. Y no tengo absolutamente nada contra los consumidores masivos que consumen y degluten lo que morfa la gran mayoría de la población mundial. Pero esa hoja quedó petrificada. La piba leyendo a Borges estaba abstraída de todo. Ni el calor la movía, y eso que a estas alturas de la tarde ya era vapor, y poco se podía respirar hasta entonces. Ni una gota de sudor, ni una mueca, ni menos una sonrisa. Qué envidia tuve de aquella mujer, y cómo lograr que todo te importe menos que lo que vale un caramelo media hora.
Dispuesto a bajar en la próxima estación, ‘Rocho’ se acercó a la puerta y esperó con paciencia. Pero sucede que siempre hay alguien en esta vida que quiere un poco más, y entonces es cuando observo que le hunden el dedo índice en medio de las masas musculares que recubren el omóplato izquierdo. Ahí sentí que la temperatura le subió inmediatamente hasta tocar el techo de los 45 grados, la piel se le puso morada como la sangre fresca de las faenas y sus ojos eran los que supo tener Diego Armando el día que los italianos silbaron nuestro himno nacional. ‘Rochito’ se dio la vuelta con delicada cortesía para que la persona que estaba detrás de él, le pregunte si iba a bajar en la próxima estación. La respuesta que yo imagino que él pensó fue la siguiente: -no señora, lo que pasa es que me gusta mucho poner mi cara junto a una puerta, que todos me empujen de atrás y además me pregunten si voy a bajar, cuándo es más que evidente que eso es lo que mi cuerpo pretende hacer. Es un hobby que he heredado de mis ancestros, pero no se preocupen apurados del montón, ya me muevo para que ustedes puedan pasar. La respuesta que dio fue la siguiente… (silencio, cara de frustración) y se bajó del tren.
Mientras ‘Silvita’ hacía un poco de tiempo en el hall del centro comercial de la zona de Palermo, se propuso centrarse en la actitud de la gente que pasara cerca de ella. Realizó un análisis bastante simple. Identificar lo que compraba la gente y relacionar las compras con la estación del año. Entonces decidió que iría al shopping a mitad del verano, del otoño, del invierno y de la primavera. Haría sus cuentas de acuerdo a los productos que compraban, su vestimenta y la cantidad de bolsas que llevaran, y si acudían solas o en pareja, o en familia. Al cabo de un año, ella ya había establecido su veredicto. ¿Qué hace la gente cuando es verano y hace mucho calor? Va de shopping con la familia entera (nenes incluidos) y compra ventiladores y aires acondicionados, y aprovecha la frescura del ambiente cerrado. Ellos visten short de baño y ojotas y ellas una bermudita colorida, una blusa fresca y unas sandalias. ¿Qué hace la gente cuando es invierno y hace mucho frío? Va de shopping con la familia entera, encierra a los nenes en la plaza de juegos y pasean para comprar más ropa de abrigo, aun cuando seguramente sus placares rebalsen de ropa. ¿Y qué pasa cuando no hace ni tanto frío ni tanto calor? Bueno, pareciera que lo mismo. Según ‘Silvita’, tanto en otoño como en primavera la gente no sabe bien qué comprar, asique en general llevan menos bolsas que en las estaciones más extremas. Incluso ella menciona que las pocas bolsas que andan dando vueltas por los shoppings tienen tamaño de perfumes o relojes y boludeces de ese estilo. Eso sí, pareciera que más allá de lo que compren, la estupidez humana tiene 4 estaciones.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Entre el Populismo venezolano y La Ponderosa

Estaba caminando por el barrio, pasando por la puerta de un bar, justo en la esquina, se puede ver la gente agolpada dentro tomando cerveza y viendo partido de fútbol de segunda división. Nada nuevo. El barrio funciona así, tradiciones imperceptibles. Que no son tradiciones en realidad. Quizás sean costumbres. Pero en realidad no lo tengo claro. Ir a comprar el pan al mercadito de la esquina. Chismear un poco con la vecina de al lado, que me cuenta que la chica de mitad de cuadra, la rubiecita culona, va a ser mamá por sexta vez. Ir a pedirle consejos a la abuela, que vive a apenas unas casas de distancia de la mía. Ir a la escuela y salir a las cinco de la tarde desesperado por a ir patear con los guachos de la cuadra hasta terminar reventado de cansancio. Volver a casa para cenar con toda la familia debajo del ligustro del patio, donde estratégicamente estaba acomodada la mesa de mármol y los bancos largos que parecían robados de la plaza ‘Eva Perón’, pero que en realidad los había fabricado el abuelo que se daba mañas para todo. Nada se le escapaba, él todo lo podía.
Tengo esa sensación, algo que me sale muy desde adentro, que me dice que el barrio es pobreza. Pero no lo tomen a mal. La pobreza no es mala, ni hace daño, ni destruye corazones. La pobreza es sencillez, humildad, sensibilidad. A veces creo que, desde todos los frentes de ataque, la pobreza es mala palabra. Como si el sólo hecho de mencionarla, fuese un insulto a lo más profundo de las entrañas, a la dignidad. Y yo creo que no lo es. El barrio es pobreza, sin dudas. Y todo lo demás también.
Andaba hace unos días de vacaciones por un pueblito portugués, al sur, con sus costas mirando al atlántico. Y allí encontré un bar. Y me sentí en mi barrio. Y me sentí pobre, humilde, sensible. Eso sí, me salió baratito todo. Y eso que el plato de comida fue muy generoso en cuanto a calidad y cantidad. Y la jarra de cervecita fresca era un orgasmo consumado a cada sorbo. Algunas charlas con amigos, muchas risas. Y así la vida vale pena. ¿Y entonces cual sería el problema de ser pobre y populista? Yo en La Ponderosa soy feliz, cada vez que pasé por esa esquina, me sentí en mi barrio y en mi casa. De ahí soy yo. ¡Y qué bueno que el dinero, los medios masivos, y las grandes ciudades no nos cambien demasiado!
María Luisa atiende el bar como quien atiende a sus críos al mediodía. Ricardinho voltea la carne en la parrilla como quien voltea un bife para tirarlo a la manada hambrienta. Walter te trae la cerveza fresca, al punto ideal para poder satisfacer las gargantas sedientas y los cuerpos molidos por el sol y la arena. Todo llega, menos el pan, que no aparece nunca por la mesa. Pero da igual, María Luisa no puede con todo. Atiende, lleva, trae, sube y baja. Limpia, seca, guarda. Sirve comida, entrega comandas y dirige todo como un director de orquesta. Nadie se enoja, somos todos del barrio.
¿Entonces ser pobre, es ser populista? Hoy escuchaba por ahí, en alguna esquina, un comentario de un programa de televisión. Increpándose el uno a otro, con la palabra populista. Y la dictadura en Venezuela, y los muertos que tiene Maduro a sus espaldas. Pero la culpa de todo lo que nos pasa pareciera ser muy populista. Es decir, la culpa la tienen los pobres. O nosotros los que menos tenemos. Pero siempre me pregunto lo mismo, ¿puede ser un gobierno elegido por el pueblo, una dictadura? Pareciera que sí. Parece también que no entregarles el culo a los intereses de los estados unidos es el crimen que cometen los populistas. Y regar el mundo con odio es papel de los medios de comunicación. Pero sigo sin entender, y perdonen mi ignorancia. Pero, ¿cómo todo el mundo se llena la boca hablando así de nosotros los populistas, de los de barrio, de los pobres? Yo me pregunto cuando se animarán a pasarle un poco la factura a los yanquis, a los rusos, a los ingleses. Perdón, ¿y China no es una dictadura? ¿Corea, Arabia Saudí, Qatar? Tanto que todo el mundo, desde la cobardía calla, y la culpa siempre de los pobres. Los europeos, ahora también han creado muy hábilmente la palabra turismofobia, creada para hacer creer que aquellos que luchan para que sus propios espacios sean preservados, sean vistos como xenófobos activistas en contra del turismo. Parece duro, pero el mundo fuera del barrio anda en muletas.

Por suerte, acá en La Ponderosa, se atiende a los clientes tal como se vive; sin lujos, a lo pobre, pero te llena las tripas tanto que dan ganas de repetir y repetir. Tantas ganas de repetir, como ganas tengo de volver al barrio, a lo mío y a los míos. Orgulloso de ser pobre, populista y de barrio.

martes, 27 de junio de 2017

Un mundo perfecto

Caminando por la playa, sintiendo el ardor de la arena hirviendo sobre los pies. Ardor que proviene del calor que el sol le transfiere a la tierra y que la tierra nos transmite a nosotros. Amo caminar sobre las superficies que se deforman al pisarlas, que se amoldan a tu pie y a tu pisada. En la playa no hay nadie, apenas algunas aves que dan vueltas cerca de la brisa del mar. Busco del suelo un puñado de arena y lo aprieto fuerte con mis manos y dedos. Pienso que esa cantidad de arena que he atrapado ya nadie me la podrá quitar. Es mío, me digo a mi mismo, y consigo apretar la arena aún más fuerte que antes. Pero es mentira, esa arena tanto como el tiempo y el viento, se escapan sin que nos demos cuenta. Poco a poco, grano por grano, segundo a segundo. Intento retener, sigo disfrutando mis pasos, la sensación de mis pies que se hunden y se acomodan a la superficie. Y el calor que me azota, pero se soporta. Y las olas, que te traen una mínima brisa, pero enseguida se la llevan nuevamente mar adentro. Voy acercando mis pies al agua, cerca de la orilla ya la superficie se endurece, algo que mis pies ya no disfrutan tanto. Pero al menos no arden tanto como antes, cuando el calor gobernaba mis decisiones. Estoy en esos momentos en que ya nada importa, con una tremenda burocracia emocional, donde mi cabeza se ha transformado en esa empleada pública tetona, rellenita, que tiene la taza de café en la mano derecha, el teléfono en la izquierda, y mientras intentamos pedirle ayuda, ella conversa con la compañera del box 4, y bueno… lo que sigue lo sabemos todos los que alguna vez hayamos pasado por un trámite en alguna entidad pública. Tengo esa parte de una canción pegada en la oreja y no me la puedo quitar. Me da mucha gracia, porque sé que me pinta mejor que nadie. Se repite una y mil veces. ‘Y si te vas, me voy por los tejados, como un gato sin dueño’. ¡Y me dan esas ganas de irme por los tejados! De hecho, imagino a mi gato, que no es mío, pero cada tanto me visita, que se va a buscar un poco del amor inoportuno que tanto necesitamos.
No quiero un regreso a la ciudad, prefiero la playa, mis pies adoran las superficies blandas. Las durezas de las calles urbanas son difíciles de soportar. El arco de mis pies no se adapta, mis dedos se llenan de callosidades, mis articulaciones se desgastan, y los años pasan. Disfruto de la soledad en las playas, del agua del mar que parece que arrasa, pero resulta inofensivo. Disfruto que no haya nada a mi alrededor, disfruto del viento y de la lluvia, que viene a calmar el ardor cuando uno más la necesita.
Uno de esos días que nos levantamos esperando poco y nada, o un poco más de lo mismo, eso mismo que viene arrasando con el tiempo y las horas, encontramos algo que nos hace reflexionar profundamente. Ese algo que te pone en situaciones determinantes. ¿Qué hago, la dejo porque me tiene las pelotas llenas? ¿O sigo, sigo porque hay algo que me pide que hay que seguir? Y ese día es hoy, un hallazgo perfecto, lleno de perfecciones. Y es que parecía un cuadro pintado por Dalí, un retrato perfecto sin descuido del más mínimo de los detalles. Enorme, perfecto, estático. Nada se movía, ni siquiera las personas que deambulaban por sus costas, nada. Estremecedora quietud. Silencio casi absoluto, apenas algunas voces que vienen y van, que acompañaban la tensa suerte de la brisa que venía desde el horizonte. Ni una sola nube, ni un solo rastro de que hayan existido en cientos de kilómetros a la redonda. El cielo azul, sin variaciones de color, fundido allá en el fondo del mar mediterráneo, haciendo que todo parezca un solitario e inmenso mar sin cielos por encima. El mar era todo un gran lago, tan quieto, tan estrictamente estático, que parecía estar siendo amenazado a punta de pistola por los dioses más venéreos de los mares del mundo. Su gente, aglomerada por afinidad sanguínea, por amor, amistad, o lo que fuera. Nada se mueve, y mires hacia donde mires, todo el mundo parece que se ha detenido. Las pequeñas casas de la costa, mirando el mar con sus sillas y hamacas vacías. Los fuegos de la noche de san juan que se empiezan a encender de a poco, y van tomando calor y altura, segundo a segundo pareciera que el cuadro va queriendo tomar vida, pero aun nada se mueve. El cuadro sigue ahí. Los barcos pesqueros del puerto siguen ahí amarrados, sus velas apenas conmovidas por el aire que trae el mar a cuentagotas. No hay olas, no hay barcos allá a lo lejos, puedo ver mis pies en el fondo, puedo ver como se deforman al pisar mientras camino mar adentro. Tengo el agua al cuello, y empiezo a girar en todos los sentidos, y el cuadro no hay cambiado en nada. Todos están donde estaban cuando llegué, aquel que dormía la siesta boca abajo, allí sigue. Los que rodean los fuegos de la noche, también siguen allí, sus voces apenas se oyen. Hay un pequeño pueblo, que vive adentro de un cuadro, un pueblo donde nada se mueve. Donde pareciera que el mar no arrasa con todo como solíamos pensar, y la brisa ayuda a pensar que existen algunos lugares en el mundo, que son perfectos por donde se los mire.


*Dedicado a ese pequeño pueblo de la Provincia de Alicante, dedicado a Denia, su gente, sus playas y su mar. 

viernes, 7 de abril de 2017

Sobre la hipocresía y otras yerbas


¡Qué calor hijo de puta que hace en esta ciudad! Abusivo. Me desperté todo pegoteado, entre gotas de sudor, y un rayo del sol que se estrellaba directamente en mi sien. Enceguecido, como si algo predijera lo que estaba por venir. La ceguera es difícil de comprender, es muy complicado ponerse en el lugar de una persona que no ve, que no encuentra más que un pequeño haz de luz entre la infinita gama de colores. Más difícil, imagino, creo que debe ser no conocer la cara de tus padres, hermano, amigos, novias y amantes. Pero lo cierto, lo que realmente me afecta, no es la borrachera que llevo encima, ni los cincuenta grados de calor agobiante que entran por la ventana, ni mucho menos el rayo de luz que me parte la cara y me obliga a maldecir esta hermosa ciudad cada mañana.
    Pasadas las horas, y una vez ha traspasado el absurdo rito de madrugar, comienzo a quererla un poco más. Ya no es odio lo que siento, ya la veo más cercana de lo que realmente es. Esas calles que serpentean por todos lados, donde no existen las esquinas ni las cuadras perfectamente diseñadas a modo de cuadrilátero. Mirar hacia arriba es un alivio, caminar de bar en bar, pasar de una conversa a otra. Mirar la gente pasar, las caras encendidas de felicidad, el gentío inagotable de las noches de verano. Gente que sale de la cueva cuando el calor deja de azotar, como si fuera en Ramadan. Pero nada, un poco así se vive por acá.
    Me alivia pensar lo que he soñado. Pero si, realmente es muy duro entender lo que me pasa cuando leo, veo y escucho todo lo que suelo leer, ver y escuchar. Pues, habrá que ponerse de una buena vez y para siempre en los zapatos del otro para opinar, criticar, afirmar con severidad y nada, así vamos de a poco todos los días. Opinológos, a opinar caiga quien caiga, cueste lo que cueste porque lo que importa es tener muchos likes, hashtags, y postear hasta el hartazgo. Después quizás reflexionemos, pero ya es tarde. Ya la hemos cagao.
    Soñé que era mi cumpleaños, que mi abuela me llevaba a tomar el chocolate caliente a un bar para darme muchos besos, y entregarme el regalito y hacerme reír con sus cuentos. Soñé que venía a verme ya cumplidos los quince con una bolsa llena de palmeritas, un lemon pie y una sonrisa enorme. Todos sus nietos sentados a su alrededor escuchándola contando historias y hacernos llorar de la risa, hasta el punto que ella lloraba y ya no podía seguir y teníamos que cambiar de tema. Soñé a mi viejo arrugando la frente para que yo le pudiera pasar mis dedos una y otra vez. Escuché a mi vieja entrando a la habitación, tarde por la noche a darme un beso y decirme buenas noches. Soñé, y sigo soñando.
    Creo que haber soñado, pero no estoy del todo seguro. Simplemente creo porque ya no estoy seguro de nada en esta vida. Dicen que dicen que dicen, pero dicen y afirman con rigurosidad científica que el Indio es un asesino. Que junto quinientas mil personas en un corral y las mando al matadero. Que es un tipo miserable, que alguien conoce a alguien que tiene un primo que tiene un amigo que es vecino de un tipo que vive a cinco quintas de la quinta del famoso músico popular. Y bueno dice eso, que le llegó el comentario que es un miserable, que es un millonario mezquino, que lo único que le importa es la guita, la puta guita. Revolcándome en los barros de mi propio sueño, me convierto en Diego Armando M y le pego un llamado telefónico al pobre tipo este.
-DA: - ¡Hola indio querido! ¡Que hacés papa!
-I: Hola Diegote, acá andamos. Desesperado, viste. Hoy me toca ponerme en tus zapatos, ver cómo te destrozan en dos minutos sin siquiera darte un minuto para entender que es lo que está pasando. Yo te digo, no entiendo como hacés para sobrevivir a todo esto, si lo venís padeciendo desde hace más de treinta años, y te siguen pegando igual. Que sos un gordo cagón, drogadicto, golpeador, que Messi es mejor que vos, que tu novia se coge a todo el plantel de Olimpo de Bahía Blanca y vos ni enterás.
-DA: si si ya lo sé que querés que haga, por eso cada vez que puedo me voy a Dubái, lejos, así nadie me juzga y si me quiero pegar tres líneas de un saque lo hago. Pero viste que los argentinos nos matamos entre nosotros. Yo salí campeón del mundo, subcampeón del mundo casi jugando solo, con otros diez burros pegando patadas para que no me toquen. Salí campeón con Boca, con Nápoles…
-I: si Diego ya lo sé… no me hace falta tu currículo. Yo te entiendo ahora. Ahora caigo en todo que estas padeciendo hace tantos años. Pero te voy a contar algo. La gente, la merca, los miserables nosotros somos eso. ¿O el tipo que nos critica tiene una vida tan pulcra y ordenada que no cagó nunca a su mujer, nunca se aspiró una línea ni se fumó un porrito, y mucho menos se puso en pedo? Estoy perdido. Hinchadas de fútbol a los tiros adentro de un estadio repleto de gente, en las puertas de ingreso, por las calles, por todos lados, dueños de todo, incluso de nuestra vida. ¿Y la prensa? Yo me pregunto si los jugadores de fútbol no saben de toda la mierda que corre al lado de ellos, de los negocios, las mafias, los dirigentes. Yo quiero saber porque la gente culpa al fútbol y no se culpa a sí mismo. ¿No seremos todos cómplices de toda esta mierda que va pasando domingo a domingo?
-DA: Mirá, acordate del Burrito Ortega, pobre tenía problemas con el alcohol y cada vez que pisaba una cancha lo puteábamos. Que borracho, que negro de mierda, que puto asqueroso, que come traba… Ahora el chabón, un crack, tremenda persona, amable, buena madera viste…
-I: Yo ahora se me vienen a la mente tantas cosas que hemos pasado en este país. Tragedia tras tragedia, pero no aprendemos nunca. Siempre la culpa es del otro. Va a tocar un dj a costa salguero y la culpa la tienen los pibes que se pasaron de falopa, y son unos faloperos de mierda, que se jodan. Tiramos bengalas encendidas a un techo, arde en un infierno terrible, cientos de pibes muertos, la culpa es de la banda. Pero Menem, De la Rúa, Ibarra, y la lista sigue, pero estos siguen libres. ¿Y la culpa de quién es? La Amia, la Embajada, Once, Malvinas, Keyvis.
-DA: vos fíjate, jugadores de fútbol manejando Ferraris, siendo ídolos indiscutidos de todo, intocables, llenos de guita y minas que se mueren por comerles la porra. Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero a vos Indio, a vos te quieren en la hoguera. ¿Por qué? Yo entiendo y creo que moves masas, que no te han podido tapar con mierda jamás, pero en ésta sí que te estaban esperando. Ahí bien agazapados estaban todos.
-I: El fútbol y todos los que mueven este deporte, jugando a ser ignorantes del poder de las barras y todos sus miles de muertos. Y entonces, ¿y la iglesia? ¿No viola, mata, reprime y oprime a sus discípulos? ¿Y nadie dice que las apuestas arruinaron el fútbol, que ya nada se maneja como un factor único de victoria o derrota? ¿No te da bronca argentino moralista de las vidas ajenas, que te pegaste un viajecito a Roma, tiraste una de dos euros a la fontana di Trevi? Pero miraste con asco al que estaba de rodillas pidiéndote ayuda. ¿Hipocresía? Si somos la fiel expresión de la hipocresía, pero rápidamente el hipócrita se convierte en cínico. Y el cinismo en segundos se vuelve crueldad y eso es lo que buscan. Verte de rodillas.
-DA: Si y hay que tener huevos para aguantar tanta mierda.
    Creo que la conversación se cortó, no sé, algo debe haber pasado. Intento dar unos pasos, llegar a la frescura de una ducha que me espera. A las caricias de la persona que me espera todas las noches. A los mensajes de gente que te extraña, que te quiere. A las llamadas interminables para contar nimiedades, pero por el sólo hecho de reír y compartir. Pero entiendo que mucha gente está sola, que no tiene lo que yo tengo. Algunos tienen más, otros tienen menos. La gran mayoría no tiene nada, pero nada de nada. Y sobre todas las cosas, somos muy duros con esos que no tienen nada, y que no pueden esperar nada cuando no hay nada. Nada.
    Quiero llorar, porque siento que toda mi infancia, mi juventud, mi actualidad está siendo bastardeada por una enorme masa de opinológos, de críticos de vidas ajenas, de despreciables seres carentes de pasión. Y sí, era cierto Indio:
Nuestro amo juega al esclavo
de esta tierra que es una herida
que se abre todos los días
a pura muerte, a todo gramo.

Necesito que vuelva Marti, con sus palmeritas, su lemon pie y su risa tan humana, hermosa abuela, creo que la voy a llamar. Y si vuelve Dante, Apu, Lean, y todos los que se fueron, aun mejor. 

lunes, 11 de julio de 2016

Kagemuya


‘Welcome to the city of Kagemuya’ rezaba un cartel oxidado en la entrada sur de la ciudad. El carro avanzaba arrastrado por unos caballos mal alimentados, flacuchos y con una danza de moscas insoportable alrededor de su pescuezo. El cartel bailaba de norte a sur sostenido por unas cadenas que apenas soportaban su peso. El chirrido incordioso, el viento y la tierra que soplaban dificultaba enormemente el progreso de los potros. Las moscas no se daban por vencidas, avivadas por el inmenso calor que arrasaba la mitad sureña. ‘Nadie es el dueño de la verdad, de las almas ni del viento’ decía Ramón mientras juntaba chatarras al costado de la ruta para vender allá en el norte donde todo es distinto. Pasó su mano suavemente en el rostro de ‘Tornado’ el potro que más adoraba, subió al carro nuevamente y arremetió con un par de latigazos al lomo de ‘Tormenta’ la yegua que se bancaba todo, y sin demora se fue.
El lado sur de la city estaba abarrotado de pobreza, laburantes mezclados con exiliados, sodomitas, convictos, ladrones, matones, y todo aquello que la gente bien, de la zona norte no quiere tener cerca. La ciudad vivía dividida por el Río Sogma, éste tenía unos dos kilómetros de ancho, y para poder cruzarlo la gente del sur debía utilizar el ferry ‘La Esperanza’ que pertenecía a una de las tantas empresas del dueño de la ciudad, el Juez Grieta. El pasaje de ida y vuelta costaba unos veinte Rupianes, que convertido a dólares daba un total de tres y monedas. Pero claro, eso equivalía al ochenta por ciento de lo que cobraba diariamente Ramón por vender la chatarra del otro lado del río, un setenta de lo que le pagaban a Nicote por cruzar la merca de un lado a otro, o un setenta y cinco aproximado de lo que cobraba Susú por limpiarle la casa y la mierda a la mansión del jefe narco que vivía justo al lado del enorme country que estaba habitada por el alcalde. En el country había varias casas de huéspedes, un hangar para avionetas y una pista de aterrizaje privada de unos tres kilómetros de largo. Había además un garaje con lujosos autos de todas las épocas, entre todos, resaltaba una Ferrari roja modelo ’96 y un Ford color negro que el juez le había comprado a otro millonario, que a su vez éste lo había adquirido a manos del ex presidente Perrón.  El country era visitado a diario por putas del lado del sur, un desfile interminable de hermosas yeguas morenas, voluptuosas y muy gentiles.
Al amanecer, los laburantes despiertan, se siente en el aire el olor a leña ardiendo, se ceban los mates de mano en mano, el humo sale de las pequeñas chimeneas improvisadas. Un buen abrigo para Ramón, un gorro de lana y un poncho para enfrentar el madrugón. El carro comienza su recorrido diario hacia el norte. El costado de la ruta está desierto, el camino desolado. La salida de la ciudad y un cartel que lo despide con un graffiti inmenso ‘this city is blind’. Pero los paredones kilométricos muestran los sentimientos de la gente. Pintadas por dónde se mire, ‘la iglesia fue hecha para que los ricos pidan perdón por las atrocidades que cometen contra los pobres’; ‘el sur tiene aguante’; ‘Magneto era una cagada como banda, y Magnetto un sorete mal cagado’; ‘Nemen vamos a ir por vos’. Todos esos gritos sin voz, sin nadie que los escuche, parecen sólo gritos, pero tiempo al tiempo que todo llega le dijeron a Miembro y desapareció del norte y ya nadie sabe por dónde anda.
En el lado norte, entre las calles Panamá y Bahamas vive el Alcalde, el Ingeniero Nemen (tocate el huevo izquierdo que es capicúa y yeta). Una hermosa zona residencial con caminos sinuosos, grandes mansiones dispersadas en enormes terrenos, mucho verde y mucha seguridad. La milicia bien firme custodiando grandes personajes. Dos mansiones hacia el lado oeste, vive el señor Gordona, dueño del fútbol durante décadas, dueño de los clubes y de los sueños de los muchachos y muchachas del lado sur. Ahí en el costado sur del Sogma, ¡si no fuera por el fútbol que sería de todas esas almas!, y en algo tienen que creer para poder vivir. Algo tiene que llenar ese vacío. Gordona, gordo mafioso, como Troyano tan jodido como un virus, otro de los gordos mafiosos que lideran el ránking de corruptos, pero que en la tv aparecen como salvadores de la patria y nunca aparecen manchados, aun desbordando de mugre. Pero no se preocupen, porque ‘Pochito’ como le dice la ‘Susú’ al Ramón, se la aguanta. El tipo banca la que venga y tira del carro con sus dos potros desvencijados. Parece que llega a duras penas pero llega, siempre llega y siempre está. Todos los día a las cuatro de la madrugada arriba, y la mujer siempre fiel. Siempre al lado, tirando con él. Cebando unos buenos mates. Subiendo al ferry hasta las pelotas de laburantes para cruzar de un lado al otro, todos parados, sin lugar, viajando peor que el ganado. Bajando como zombis, a los empujones, matándonos para llegar a tiempo para lavarles el orto, servirles la mesa, contarles los millones, lustrarles los autos de lujos, allanarles el camino. Como zombis autómatas, todos los días lo mismo a la misma hora y en el mismo lugar. Las mismas caras de decepción.
Al atardecer todo ha pasado, la vuelta a casa cruzando el río cambia el color del día. Se escucha un grupo de pibes entonando una birra con un poco de rock. Otros pibitos jugando un picadito en una canchita improvisada. Por las calles angostas de las pequeñas villas sale cumbia de la buena. Sale olor a torta fritas. El olor de la pobreza contagia el sentido más humano de los días.
Allá en el ‘Pozo’ (así le dicen al norte del otro lado) hay una gran universidad y una catedral nacional que se ubica justo al lado de la alta casa de estudios. Rodeados de grandes parques y campos deportivos para que el linaje heredero de todos los millonarios no pierda el rumbo y se conviertan en grandes deportistas e imagen de los niños de toda la ciudad. Un gran monasterio de interminables habitaciones se encuentra tres calles abajo paralelo a la calle donde vive el gerente de bancos de Kagemuya, el Dr. Gostañan. El mismo que ayer salió almorzando con el gran dinosaurio televisivo: Miss Mirth Bertrand, con ese pomposo apellido que da ganas de meterle la sopa de cangrejo por la argolla y toda la tira de sushi por el orto. En fin, en ese almuerzo el doctor honoris causa de la Kameguya University, había declarado que tenía unos cuantos millones de dólares enterrados en el monasterio (no declaró exactamente cuántos) como todos los ciudadanos. Ah! Pero cierto que eso es normal, y lo dice por televisión delante de millones de habitantes, de los cuales el noventa y nueve por ciento de éstos no tienen ni un puto mango para llegar a fin de mes. Pero el tipo te lo dice igual y se te caga de risa en la cara.
Allá en el pozo la letra ‘k’ ha sido eliminada del diccionario y la sola utilización de una palabra que la incluya significará la prisión de manera sistemática. La nueva ley decretada por el HCD (Honorable Consejo de Delirantes) implica conscripción absoluta a los ‘K’. Por ejemplo; en el norte no se pide por kilo, se piden gramos o unidades. Las distancias a recorrer se han pasado a millas, los kioscos ya no son tal, sino que se han transformado en ‘drugstores’, que es más acorde con los tiempos que estamos viviendo. La erradicación ‘k’ ha sido animal, el honorable juez Grieta los persigue por toda la ciudad y han quedado pocos ya. Los que se mantienen en pie están exiliados en algún caserón de ‘La Farsa’ (así los llaman los sureños). Todos los ejemplares del ‘Kamasutra’ han ido a parar a la hoguera. Karina Rattolini y Karina Jota, han sido deportadas junto a sus amantes Máximo Kitchnete y el ‘Kili’ Gonzálvez respectivamente. Cuentan por la villa que la madre de Maxi anda viajando permanentemente de norte a sur en un yate privado, y que es parte de lo poco que queda del perronismo.  Hay mucha tristeza además por el exilio del enorme futbolista ‘kili’, ya que había sido el último gran goleador K del torneo de la ‘FAFA’. Hasta el mismísimo ‘Papa’ ha pedido al Alcalde que reconsidere su decisión pero la Gran Corte de Supremos del Norte ha hecho ‘no a lugar’ a la petición del santo padre de la iglesia. La velocidad de banda ancha de internet se ha pasado a megabytes y han prohibido a las empresas (incluso al mismo Magnetto) vender los servicios en kilobytes. El kiwi ya no se vende más y en su lugar la palta ha repuntado mucho su producción y venta. Se han prohibido los servicios deportivos de kayaks en el Sogma. Es imposible conseguir visados a ‘Kenya’, ‘Hong Kong’, ‘Kazajstán’, ‘Kuwait’. Se han confiscado de las librerías todos los textos del gran ‘Kafka’. El Karaoke es un terrible insulto a la alta sociedad y los militares han sido enviados a patrullar las calles del sur por si se arma alguna ‘kermesse’ con ‘karaoke’ ya que si algún ciudadano osara u osase emprender tal empresa, será enviado a los Tribunales y seguramente sentenciado de por vida a trabajos forzados. Las boletas de la luz llegan a los hogares con mediciones en tetrawatts ya no existe el kilowatt. Todos los kinesiólogos y ocupaciones derivados de la misma han sido enviados a realizar cursos de actualización y se les ha entregado el nuevo título de licenciados en terapias físicas y cognitivas.
Nuestros días últimamente son así, la corrupción ‘k’ nos está matando. La televisión y los diarios nos llenan todos los días de nuevas historias. Estamos condenados a la letra ‘k’. Mientras tanto el norte y todas sus empresas se adueñan de todo. Cuando despertemos y juntemos fuerzas, y recordemos aquello que nos gritan los paredones iremos por todos ustedes. Con Ramón a la cabeza. Pero atenti, que en los principales matutinos locales, sobre todo en el ‘Florín’ y ‘La Pasión’ han salido a decir que la banda ‘K’ por excelencia, Kapanga ha decidido fusionarse con Bandana, conformando así Bandanga. Anunciando nuevos shows en boliches de bailanta del sur, como la disco Keops que debió cambiar su nombre, y provisoriamente se llama Beops . También ambos diarios mencionan que Kobe Bryant y Kyle Minogue fueron detenidos en el aeropuerto y deportados nuevamente a sus países de origen. Los shows fueron cancelados y se avisa que no serán reprogramados.
Dicen que el Alcalde saldrá a hablarle al pueblo en un discurso que será de antología, dónde nos dirá que las cosas se solucionan con amor, con felicidad y que tenemos que tratar de unirnos para salir adelante todos juntos como sociedad, con alegría. Fuerza Kagemuya, todavía tu humilde nombre resiste.

Las políticas trascienden a los hombres y a los nombres, y no pueden borrar ni olvidar lo que ha pasado ¡He dicho!

domingo, 15 de mayo de 2016

Cuentos dentro de Cuentos


¿Qué pasaría si el diablo fuese el bueno de la película? Pensaba fuertemente mientras mi madre me arrastraba en esta silla en la que estoy postrado desde que nací. En este inmundo espacio del mundo en que estoy confinado a vivir. Tullido y marchitado como esa flor que se descose al calor del sol de verano. El hilo de mi baba recorría un sinuoso camino de desconciertos, que pasaban por la comisura de mis labios, haciendo escala en el lóbulo de mi oreja izquierda. Finalmente se sentaba en la base de mi cuello. Algunas veces tenía la suerte que el pañuelo de Solita se apresurara y me secara un poco el dolor. La silla se arrastra en medio del vagón de tren que viene repleto. En la manija izquierda, llevo atada una soga con un tachito que pide ‘ayuda por favor’. Allí suenan algunas monedas mientras paseo y soy admirado por todos. Mamá me hace una caricia cada tanto, y si entra un billete mayor a diez pesos siento la presión de su mano en mi cráneo, olfateo una cena digna y el amor de sus manos se hace fuerte.
No puedo moverme, no puedo hablar, no logro conjugar las palabras como quisiera. No puedo caminar, mis piernas se enroscan y hacen que mis músculos me absorban y se entrelacen. Los dedos de mis manos se encierran, no logro que se aflojen, no puedo acariciar. Apenas puedo ver, y mi cuello no permite movimientos bruscos.
El pasillo es muy largo, y sigo pensando en aquella frase que se me cruzó por la mente hace un par de vagones atrás. Pero no puedo profundizar, me cuesta pensar en otra cosa que no sea salir de aquí, de esta maldita silla, de la absurda pobreza, de librar de esta esclavitud a mamá.
¿Cómo hacer para no soñar? Mientras tanto, pensaba y pensaba.
La mesa del bar constaba de cuatro integrantes. Todas ellas muy femeninas. Tono aburguesado, escote en redondeado, bolso de raquetas, zapatillas blancas llenas de polvo de ladrillo, y tomando el té. Planeando hábilmente una cena donde la cantidad de familias no era el problema, como tampoco lo era el dinero que eso iba a costar. Tampoco era un problema importante decidir la localía, pues todas ellas estaban dispuestas y encantadas en recibir a todos los que decidieran asistir al agasajo que se estaba gestando. Mientras se ponían de acuerdo, el tema oscilaba entre los problemas conyugales y lo difícil que era hacer que la mucama no faltase a trabajar día por medio. Cuando volvían al tema original, y ya con el té medio frío, la resolución era la siguiente: las cuatro estaban dispuestas a ser anfitrionas, las cuatro estaban firmemente felices de realizar el agasajo a sus familias y amistades, pero ninguna quería cocinar. ¿Y cómo hacemos? Mientras tanto una decía a todas: -Yo te agasajo, te trato de diez, te sirvo, te llevo y te traigo, soy la mejor para agasajar, pero no te cocino nada. ¡No puedo, no me gusta! Concluyó Cachi enérgicamente. Y el resto de las chicas, a pura risa.
Nada resuelto, en fin, todo seguía igual pasando del quinto al sexto vagón, un par de monedas más al tacho y mamá también me había anoticiado que un hombre de piel oscura y sombrero blanco había puesto un billete de 50 y le había dado su bendición. Mamá seguro que le sonrió dulcemente y siguió llevándome a través del pasillo del tren. Y un nuevo hilo de baba comienza a nacer y espero que Solita esta vez lo agarre porque el último no lo secó y el cuello me quedó inmundo y no sé cómo decírselo para que no se sienta mal.
En la puerta de la gran casona de San Isidro estaban las cuatro bellezas del club de tenis. Estaban Achi, Cachi, Pachi y Chachi. Todas despampanantes. Bustos hermosamente rellenados con siliconas, pelos rubios brillosos, bocas plastificadas y labios carnosos. Recibían ellas a todos los invitados, uno por uno, beso en la mejilla y palmadita en la cola para algunos. Para otros besitos, y para otros sólo entregaban la mano para ser besadas. Nada relevante en realidad. Frialdades típicas de la clase alta argentina. Mucho caviar, mucho champagne. Se hablaba mucho de religión, del papa, del presidente, de la soja, y de los bancos. Ah, bueno también de los famosos ceos, o si i ous o algo así. Bandejas de plata, mesa kilométrica. Sillas con ribetes dorados. Tres cubiertos a la derecha del plato. Tres cubiertos a la izquierda del plato. Tres platos uno encima del otro. Arriba el más pequeño y más hondo, debajo de éste el siguiente ya un poco más playo, menos profundo que el anterior. Y el de abajo del todo, playo por completo, con un círculo plateado que lo contorneaba, y de un blanco profundo. De repente todos a la mesa. Todos de pie, hasta que las mucamas le acerquen la silla para que puedan pegar el sucio culo al tapiz del fondo. Sin ánimo de ofenderles, nada en la mesa me sonó jugoso como para comentarlo, todo superficial, muy discutible.
Con las patas llenas de barro, saliendo de la plaza. Pertenezco a ese submundo de los olvidados. Soy parte de los que no tienen derechos. Vivimos donde nadie quiere estar. Juntos a las vías del tren, a la orilla de los ríos, al pie de la montaña, debajo de las autopistas, pegado a los basurales, cerca de las pestilentes fábricas multinacionales. Allí estaremos siempre. Donde haya un río que desborde ante la primera lluvia. Donde rebrote el cáncer ante el primer vertido de desechos al agua. Ahí cuando el tren descarrille y la autopista se desplome, ahí estaremos poniendo todo lo que tenemos para ser víctimas de un desastre. Somos los pobres, los marginales, los ladrones, los asesinos, los violadores. El cáncer de este país, la caca del culo del mundo. Lo que nadie quiere ver. Lo que nuestros amos no quieren aceptar. La podredumbre y la patada en los huevos de los ricos. ¡Y lo bien que estaría el mundo sin nosotros! Todos sería tan pero tan fácil.
Noveno vagón, tengo tanto desconcierto. Cuesta avanzar, y más cuando la gente no se corre del medio. La vieja, pobrecita con sus sesenta y pico de vida y otros tanto mendigando para poder comer, anda arrastrando mi silla y mi alma para que yo aguante. Esquivando, pidiendo permiso, agradeciendo, maldiciendo, del andén al vagón y del vagón al andén. Del andén al barrio y del barrio a la cama. Mamá desarropándome, con toda la dulzura de que te puede dar quien te trajo al mundo. Secando mi baba, limpiando mi cuerpo desnudo con un trapo mojado y tibio. Luego me seca, me perfuma y me deja por un rato. Mientras ella cocina, yo pienso. Y vuelvo a pensar. Esas miradas de horror al verme pasar, esos rostros que ven, pero no quieren ver. Soy el hijo bobo del pueblo, soy la cascarria que nadie quiere tener en sus brazos. ¿Seré más útil muerto que vivo para ellos? ¿Lo seré en realidad? ¿Soy realmente un discapacitado?
Mientras tanto, Achi, Cachi, Pachi y Chachi, rebalsan de alegría, el champagne empieza a surtir efecto y ellas no paran de hablar. Una boludez atrás de la otra. Los chicos andan por ahí, perdidos en el enorme caserón. Las mucamas de una punta a la otra de la mesa, tráeme, llévame, subime, déjame, sácame, y la concha que los parió. Los hombres de la casa, ya se han apartado de la mesa, se mudaron a una sala contigua al comedor, repleta de libros de medicina, de marketing, de historia, de política, grandes autores, tomos de libros que pesan toneladas. Los sillones todos de un cuerpo amplio, aterciopelados, ubicados en forma de rombo; en el medio una mesa con vasos para whisky. Dos botellas de estilo, etiqueta negra ultra gold. Una hielera de plata y una campana. La campana suena, la mucama ingresa a servir a los muchachotes. Pone uno, dos y hasta tres cubos de hielo en cada vaso, vierte lentamente el whisky sobre el hielo y los entrega uno por uno. El dueño de casa, da la orden para que Ester se retire, ella da media vuelta y en silencio cierra la puerta. Del lado de afuera de la sala, apoyada contra la pared allí espera ser llamada. Los muchachos hablan de negocios, de dinero, ¡lo único que les importa en la vida, es el dinero! Y cuánto más puedan amasar mucho mejor. Y el resto que se joda. ‘Nosotros laburamos y estudiamos, le dedicamos nuestra vida al dinero y a cuidar nuestra fortuna’. Nada despreciable.
Y para colmo de males llueve. Las gotas caen como mazazos sobre mi cabeza. Me pongo a resguardo del agua debajo del alero de una parada de bondi. Guardo el cartón que me protege del frío debajo del asiento de la garita. Tengo una frazada para taparme, pero como prefiero que no se moje, la dejo adentro de mi bolsito. Se acerca un pibe que labura en un mac donalds de la zona, y me trae dos hamburguesas que iban a ir a parar a la basura, me las entrega envueltas en papel madera y adentro de una cajita feliz. Me sonríe, y me dice -‘quédate por acá y en un ratito te alcanzo un café calentito para el pecho, que hace un fresco que ni te digo’-. No me alcanzan las manos para abrazarlo, pero como tengo el corazón curtido y la soledad y el desamor del prójimo que sufro a diario me lo prohíben, no lo hago, me rehúso. Simplemente tomo la cajita y lo palmeo en el hombro antes que se vaya. Soy tan pobre, tengo tan poco, pero tan poco, que ni se imaginan. No podrán entenderlo jamás. Sin dudas que la pobreza duele, pero más nos duele el abandono de nuestros hermanos. La gente hace que no nos ve, pero estamos. Somos millones y cada vez somos más.
Último bocado que viene de la mano de mamá, desde el plato a mi boca sin escalas. Un trozo de carne caliente bañado en salsa y acompañado por unas papas con zanahoria y zapallo. De vuelta, la servilleta limpia mis labios, y mi barbilla. Mamá me canta una canción, la misma que me canta hace sesenta años, esa que sabe que me gusta, esa que sabe que me hace llorar. Ella la canta tan pero tan bien y con una voz tan fina que me rompe de la emoción. Luego me abraza muy fuerte. Toma las manijas de la silla y me lleva hasta mi cama y en el camino sigue balbuceando: - “Niño, deja ya de joder con la pelota…Niño que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca…” y sigue… Y me recuesta en la cama nuevamente, me tapa, me besa y se aleja mientras termina la canción. Su voz se pierde allá a los lejos, pero sigo oyendo su hermosa vos.
- “Nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj, que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós”- … Mis ojos se cierran, y finalmente la oigo romper en un llanto. Pero está muy lejos, no me puedo mover, no puedo hablar, no la puedo consolar. Apenas si puedo llorar.
Una vez y hace muchos años leí algo que escribió un viejo amigo. El loco de Erdosain, aquel ladrón y estafador que dejó estas marcas en mi piel, las grabó cuando yo era apenas un adolescente y nunca jamás las olvidé. Y mejor que lo ponga yo en mis propias palabras va a ser lo que lo replique idénticamente al querido loco. Dijo algo así: - ‘¿Quiénes van a hacer la revolución social, sino los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos, toda la canallada que sufre abajo sin esperanza alguna?’-  Y luego sentenció: ¿Quiénes lo van hacer sino ellos? ¿Los ricos y los políticos, que están hasta el cuello de la mierda que fueron juntando? Después de todo lo que Erdosain había escrito y yo había leído, pensé que no había mucho más para escribir, excepto que pensé y dije: tenemos dos opciones o hacemos la revolución ya mismo o estamos cagados.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Everyday

“¡¿Y cómo olvidar? ¿Y qué pensar cuando se aleja ese vagón?!”

Siete a.m. Boca pastosa, mal aliento. Desconcierto. Madrugón. Luz tenue y sol saliente. Desorden, camas medio vacías. Pierna izquierda al piso. Movimiento espasmódico, intento de salto, fallido. Tropiezos, dedo meñique choca contra borde de puerta. Dolor y llanto. Pero hay que seguir. Agua helada en la cara, rostro desangelado. Ponerse las ropas, atarse los cordones de los zapatos. Corbata y nudo. Café tibio, pan de ayer sin nada que lo acompañe. Salir apurado, mochila pesada. Velocidad. Tren, bondi y finalmente llegar. Gente, gente y más gente. Ruidos, sordos ruidos. Esquivar, chocar, pero seguir sin mirar atrás. Subir las escaleras, saludo. Buen día señor, buen día señorita. Pequeñas oficinas, un pequeño lugar, sentarse. Escritorio y desorden. Muchas horas sentado. Otra taza de café. El teléfono ya empieza a sonar. No para. No atiendo. Escribo. Resuelvo, atiendo. Portaretratos de hermosas cosas del pasado. Pasado que ya no pasa, pasado que ya me pesa. Cuadros y notas al pie. Pilas de hojas con cosas para hacer. Hacer hoy, y mañana, y pasado. Buen día jefe. Si jefe. Cómo no jefe. Enseguida señor. No hay tiempo. No existe el yo. Trabajo. Almuerzo rodeado de personas, charlas sin sentido. Comida vacía. Apuros. Tengo mucho que hacer. Otra taza de café. Vuelvo a mi silla. Más papeles que me esperan. El teléfono que no para. Si señor, bueno señor. Necesito descanso, camino por los pasillos. Voy y vuelvo. A la deriva por unos instantes. Encuentro el rumbo y la razón. Vuelvo en sí. Computadoras, notas, planillas, pedidos, ruidos, discusiones. Y finalmente seis de la tarde. Sol anaranjado cayendo a los lejos. Gentío. No lo soporto. Camino inverso. Muerto del sueño. Bondi y tren. Camino. De vuelta a casa. Me saco mis ropas. Sofá y tv. Caigo. Necesito paz. Estoy lejos nuevamente. Perdido. Ducha caliente. Cena fría. Soledad. Cama vacía. Luna llena, blanca y redonda saliendo a lo lejos. Dormir. Abrazar la almohada. Volver a empezar. Todo otra vez. Todo igual que ayer. Y que anteayer. Infinitamente igual. Acostumbrarse a sufrir. A ser siempre el mismo. A hacer siempre lo mismo. Tedioso dolor. Innecesario. Salir siempre a morir cada día un poco más. Si jefe bueno jefe. No hace falta. Me duele. Que hacer, que hacemos. ¿Vivimos?¿Morimos?¿Resistimos? El tren se fue, ella se fue. Todos se fueron. Y vos que estas ahí, esperando. Esperando un milagro. Y vos que solo estás, solo vas. Solo. Todos los días solo.

Siete a.m otra vez. Reloj que chilla. Vueltas en la cama. Almohada que aplasta cabeza. Otra vuelta más. Salto de la cama. Boca inmunda. No puedo ni tragar. Pierna izquierda toca el piso. Luego la derecha. Pasos inestables. Baño. Chorros de orina por todos lados. No la emboco. No entiendo nada de la vida. Agua fresca en la cara. Pasta de dientes y cepillo de acá para allá. Boca fresca. Revivir. Vestirse. Zapatos, medias, traje. Corbata y nudo. Café calentito y tostadas con dulce. Sol saliendo lentamente. Cielo límpido. Salir y caminar. Bondi y tren. Esquivar, esquivar, no hay choques, no miro atrás. Desorden y ruidos. Odiar densamente los ruidos. Amando el mar. Extrañando la montaña. Los paraísos vacíos. Vuelvo en sí. Alguien tocando una guitarra, aislado del mundo. Gorra en el piso, esperando el mango. Mango no llega, la gente no presta atención. A la gente no importarle nada. Sueños vencidos, no se renuevan. Cayendo en picada, y caemos. Llegar al trabajo. Mas de veinte años haciendo la misma mierda, todos los días. Pero no me puedo salir. Mierda. Misma mierda. Seguridad me frena en la puerta. Buen día señor. Si señor. Telegrama personal. Telegrama de despido. Pero mi jefe. Y mi jefe. Nadie me avisó. ¿Y las razones? ¿Razones? Yo señor sólo cumplo órdenes. Órdenes. Malditas órdenes. Malditos señores que sólo cumplen órdenes. Malditas órdenes. Perdone señor, usted no puede ingresar. Mis cosas, quiero retirarlas. Perdone, disculpe. Aquí tiene. Caja con cosas. Portaretratos de aquellos hermosos tiempos. Pasados tiempos. Libros. Lapices. Calculadora. Lámpara. Carpeta. Foto con mi ex mujer. No pesa nada. Pero son veinte años allí dentro. Y me entregan una caja y ni una disculpa. Ni una razón. Decepción. Media vuelta y regreso a casa. Temprano. Raro. Regresar temprano. Veinte años. Una caja. Ni una sola razón. Ni una excusa. Perdón y chau. Tomá tu caja y tu telegrama. Tomá tu vida y rajá de acá. Matones, malditos matones. Señores que sólo cumplen órdenes. Soretes. Tren y bondi. Vuelvo sordo. Vuelvo muerto. Arrepentido. Arrugado. Desarroparse. Chau nudo. Chau pantalón. Adiós zapatos negros a medio lustrar. Caigo en mi cama. Boca fresca. Cabeza que gira, el cieloraso se mueve, me recuerda aquellas borracheras de juventud. No puedo pensar. Desmayo. Años desalojados en segundos. Toda una vida de esfuerzo, nada a cambio. Telegrama de mierda. Sueño. Pesado sueño. Muero.

Siete a.m nuevamente. Chillando el despertador, revivo. Boca asquerosa. Sin aliento. Desnudo. Pienso. No tengo obligaciones. Duermo nuevamente. Ya veré que hago. No pienso. No quiero pensar. Vuelvo a caer.


Once a.m. Pie izquierdo llega al piso primero. Luego el derecho. Camino mareado. Agua fresca en el rostro. Pasta, cepillo y dientes limpios. Desayuno. Pienso. ¿Y ahora qué hago con mi vida? Empezar de nuevo. Demasiado tarde. Decepciones. Se pasa la vida. Pasó el tren. Ella se fue. Mi trabajo se fue, yo que tanto me había aferrado a eso, un día me patearon el culo y quedé en medio de la vida. Arrodillado. No tengo nada. No más nada. Muero. Ya no respiro. Vacío. Todo está vacío. ¿Y ahora quién va a velar este corazón?