Estaba
caminando por el barrio, pasando por la puerta de un bar, justo en la esquina,
se puede ver la gente agolpada dentro tomando cerveza y viendo partido de
fútbol de segunda división. Nada nuevo. El barrio funciona así, tradiciones
imperceptibles. Que no son tradiciones en realidad. Quizás sean costumbres. Pero
en realidad no lo tengo claro. Ir a comprar el pan al mercadito de la esquina. Chismear
un poco con la vecina de al lado, que me cuenta que la chica de mitad de
cuadra, la rubiecita culona, va a ser mamá por sexta vez. Ir a pedirle consejos
a la abuela, que vive a apenas unas casas de distancia de la mía. Ir a la
escuela y salir a las cinco de la tarde desesperado por a ir patear con los
guachos de la cuadra hasta terminar reventado de cansancio. Volver a casa para cenar
con toda la familia debajo del ligustro del patio, donde estratégicamente
estaba acomodada la mesa de mármol y los bancos largos que parecían robados de
la plaza ‘Eva Perón’, pero que en realidad los había fabricado el abuelo que se
daba mañas para todo. Nada se le escapaba, él todo lo podía.
Tengo
esa sensación, algo que me sale muy desde adentro, que me dice que el barrio es
pobreza. Pero no lo tomen a mal. La pobreza no es mala, ni hace daño, ni
destruye corazones. La pobreza es sencillez, humildad, sensibilidad. A veces
creo que, desde todos los frentes de ataque, la pobreza es mala palabra. Como si
el sólo hecho de mencionarla, fuese un insulto a lo más profundo de las
entrañas, a la dignidad. Y yo creo que no lo es. El barrio es pobreza, sin
dudas. Y todo lo demás también.
Andaba
hace unos días de vacaciones por un pueblito portugués, al sur, con sus costas
mirando al atlántico. Y allí encontré un bar. Y me sentí en mi barrio. Y me
sentí pobre, humilde, sensible. Eso sí, me salió baratito todo. Y eso que el plato
de comida fue muy generoso en cuanto a calidad y cantidad. Y la jarra de
cervecita fresca era un orgasmo consumado a cada sorbo. Algunas charlas con
amigos, muchas risas. Y así la vida vale pena. ¿Y entonces cual sería el problema
de ser pobre y populista? Yo en La Ponderosa soy feliz, cada vez que pasé por
esa esquina, me sentí en mi barrio y en mi casa. De ahí soy yo. ¡Y qué bueno
que el dinero, los medios masivos, y las grandes ciudades no nos cambien demasiado!
María
Luisa atiende el bar como quien atiende a sus críos al mediodía. Ricardinho
voltea la carne en la parrilla como quien voltea un bife para tirarlo a la
manada hambrienta. Walter te trae la cerveza fresca, al punto ideal para poder
satisfacer las gargantas sedientas y los cuerpos molidos por el sol y la arena.
Todo llega, menos el pan, que no aparece nunca por la mesa. Pero da igual,
María Luisa no puede con todo. Atiende, lleva, trae, sube y baja. Limpia, seca,
guarda. Sirve comida, entrega comandas y dirige todo como un director de
orquesta. Nadie se enoja, somos todos del barrio.
¿Entonces
ser pobre, es ser populista? Hoy escuchaba por ahí, en alguna esquina, un
comentario de un programa de televisión. Increpándose el uno a otro, con la palabra
populista. Y la dictadura en Venezuela, y los muertos que tiene Maduro a sus
espaldas. Pero la culpa de todo lo que nos pasa pareciera ser muy populista. Es
decir, la culpa la tienen los pobres. O nosotros los que menos tenemos. Pero
siempre me pregunto lo mismo, ¿puede ser un gobierno elegido por el pueblo, una
dictadura? Pareciera que sí. Parece también que no entregarles el culo a los
intereses de los estados unidos es el crimen que cometen los populistas. Y regar
el mundo con odio es papel de los medios de comunicación. Pero sigo sin
entender, y perdonen mi ignorancia. Pero, ¿cómo todo el mundo se llena la boca
hablando así de nosotros los populistas, de los de barrio, de los pobres? Yo me
pregunto cuando se animarán a pasarle un poco la factura a los yanquis, a los
rusos, a los ingleses. Perdón, ¿y China no es una dictadura? ¿Corea, Arabia Saudí, Qatar? Tanto
que todo el mundo, desde la cobardía calla, y la culpa siempre de los pobres.
Los europeos, ahora también han creado muy hábilmente la palabra turismofobia, creada
para hacer creer que aquellos que luchan para que sus propios espacios sean
preservados, sean vistos como xenófobos activistas en contra del turismo. Parece
duro, pero el mundo fuera del barrio anda en muletas.
Por
suerte, acá en La Ponderosa, se atiende a los clientes tal como se vive; sin
lujos, a lo pobre, pero te llena las tripas tanto que dan ganas de repetir y
repetir. Tantas ganas de repetir, como ganas tengo de volver al barrio, a lo
mío y a los míos. Orgulloso de ser pobre, populista y de barrio.
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