viernes, 30 de septiembre de 2011

Carta al Olvido


De verdad que no, insisto, de verdad que no quiero encontrarte. Resisto por todos los medios, apuro mis días, revuelvo el pasado, y desentierro verdades absolutas. Pero aun así no quiero encontrarte. Cierto es, que tampoco te busco. Simplemente no quiero llevarte al abismo.
Las personas mueren por encontrarte, se desviven por dejar el pasado en tus espaldas. Ellos creen que sin vos, la vida no es posible. Yo admito que en forma pasajera, como si te quisiese de amante encubierto, intento atraparte. De tanto en tanto e  irremediablemente me acero a ti. Y es que soy muy débil, y necesito el recuerdo para aprender del pasado, y estar, de alguna manera, siempre un escalón más arriba.
Yo sé que cuando ella vuelva, si logra deshacerse de tu vil compañía, caeremos los tres en la trampa. Vos, en tu forma más pura e insaciable, de lastimar todo aquello que huele a pureza y eternidad. Nosotros (ella y yo), obviaremos el pasado, y recurriremos a nuestras necesidades. Será simplemente de esta manera cómo sobre el anochecer de los deseos, caerá el amanecer de los infiernos.
Creer en vos, confiar en vos, resignfica todo lo vivido hasta el momento. Desvanece las creencias, los afectos, y hasta pienso que administra con suma frialdad los vientos y las lluvias. Enaltece las tormentas, subestimando los mares y océanos. Y envuelve, como si fuéramos parte de un ramillete de flores rojizas, todos nuestros olvidos.
Ahora que reina la calma, ahora que el viento no sopla en realidad, sino que balbucea las millones de tragedias paralelas que ocurren mientras nos peleamos por ver quién deja a quién, mientras nos gastamos en ver quién engaña a quién, aparece el alma de toda fiesta. Apareces tú, dueño de todo lo que nos pasa, a hacernos creer a nosotros dos, que ahora sí somos dueños de nuestro destino. Ahora entendemos que por sólo un momento hemos conseguido los dos (ella y yo) tenerte en el filo de la conciencia.
Ni tan lejos ni tan cerca, el amanecer es parte del día a día, esté quién esté presente o ausente. Al mundo no le importa demasiado si estamos los dos, amándonos hasta la eternidad. A este mundo, sólo le interesa que llegue la noche, que prevalezca la oscuridad, porque allí es donde habita el olvido. Y allí es donde los tres seremos felices. Lejos el uno del otro, olvidando nuestras vidas, pero pretendiendo estar lo suficientemente cerca, para probar que en realidad, tu existencia, preciado olvido, será siempre una opción fugaz en el amanecer de mi conciencia.
No existe el olvido, y ni siquiera es una opción. Cuantas más veces caiga el sol ante nuestros ojos, más cerca estaremos amor, de volvernos al camino que un día nos cruzó. 

jueves, 8 de septiembre de 2011

Historias mínimas III

Hoy el tipo madrugó como nunca antes, se afeitó al ras, perfumó sus mejillas con su mejor loción, cepilló sus dientes durante minutos interminables, humedeció tímidamente su cabello oscuro, y luego caminó hasta la habitación. Se vistió de luto, desayunó sin ninguna prisa y salió a la calle a buscar el amor que había perdido algunos años atrás.
Por las calles subía el olor del daño de las pérdidas irreparables, combinando perfectamente con su traje negro y su rostro inconmovible. Pero a cada paso que daba mientras se confundía con la inmensidad de esta ciudad sin piedad, iba dejando algo atrás. Era ir perdiendo peso a cada paso, y cuanto más caminaba, más liviano se sentía. Y el tipo caminó por las calles hasta que ya no hubo más dolor que dejar atrás. Obligado por las circunstancias caminar fue su mejor opción.
El regreso a casa, era un camino inverso. Cuanto más caminaba, su cuerpo se cargaba el dolor sobre sus espaldas, caminar de regreso lo lastimaba. Llenaba su alma de culpas. Y al abrir las puertas de su casa, sentía que el peso que cargaba ya no lo podía sostener más, y moría sin opciones.
Caminar es todo lo que la vida te puede ofrecer, y es imposible impedir lastimar y ser lastimado, y es que así estamos. Lastimando un día, para ser lastimados al otro. Esquivando el dolor para poder soportar algunos golpes pero absorbiendo los daños. Por la ciudad el tipo se confunde y nadie lo reconoce. Pero es un hombre herido, vestido de luto, recorriendo arterias, soportando la indiferencia, y seguro que ella ya no volverá. ¿Y cómo poder aceptar el miedo de no vernos nuca más?
Cada momento en que nos cruzamos, le aconsejo caminar. Porque caminar por las calles es salir a ver la realidad dejando atrás lo posible para volver a creer en lo imposible. Y porque lo imposible es soñar siempre con lograr la incansable tarea de llegar a la felicidad.
De mil maneras distintas el tipo logró caminar miles de kilómetros, infinidad de caminos, de arterias, soledades y silencios. Y finalmente comprendió mientras se desvestía, ya dispuesto a recostarse, que hay que amar para ser amado, y que los golpes son parte del camino.