Te encontraste un día en las puertas del infierno pateando tus propios restos con gran desprecio y hasta podría decir con un poco de sarcasmo, que lo hacías con un gran goce interno. ¿Resignada? ¡No! De ninguna manera, desorientada podría ser la palabra, pero tampoco estoy tan seguro que sea la palabra justa. Habría entonces que pensar cuál sería la palabra exacta para describir lo que veía allá adentro, todo se incendiaba y yo que no creía en nada, dejaba que todo ardiera y en algún sentido creo que soplaba con mucha fuerza para que el fuego no dejara de arder jamás, quería un fuego eterno. Si en este momento quisiera empezar a acomodar un poco las palabras para entregar un poco de alivio al mundo y poder explicar así que aún estás aquí sería extremadamente difícil. En primer lugar las palabras no tienen dueño, cada cual las ordena como se le ocurre y las usa en la forma que más le plazca. Nadie podrá decirme que esa manera de ordenar palabras ya tiene un fundador.
Mientras ardían las llamas en derredor tuyo, te sumiste en las más tristes de las soledades y quisiste encontrarle una razón al mal que padecía tu propio ser, y creíste además no merecer ni un poco de lo que te sucedía. Razones se podrán buscar hasta debajo de tu cama, incluso la señora que sabe analizar tu conciencia y tu inconsciencia podrá meterse dentro tuyo para ver qué es lo que había fallado para que te vieras desnuda y desolada en medio del fuego que vos misma habías creado. De mas estaría mencionar que palabras hay en exceso y posiciones para encontrarle a esas mismas palabras las hay al por mayor. Pero sólo te importaban las razones, no te importaban ni las palabras ni su orden, ni tu propio narcisismo, y mucho menos las vidas que de vos dependen a cada paso que das. Simplemente ego centrada, como un niño que construye y destruye por el puro placer funcional que le entrega el saber que ese es su juego y de nadie más. Supiste entregar las más grandes esperanzas al mundo, supiste ser amada y odiada con rabia (si, dije bien: amada con rabia, y odiada con rabia). A todo esto tu noción del tiempo se desfiguraba a pasos agigantados, se quemaban las paredes mientras asomabas tu cabeza por la puerta para asegurarte que el nicho estaba servido para ti. Tu boca se comenzaba a empapar de ganas de que todo se caiga a pedazos de una buena vez, con tal impaciencia que ni siquiera podías gozar viendo el caos. No soportabas el calor, y menos soportabas que bajara gente a buscarte, despertarte y llevarte de nuevo al mundo real. Todo aquel amor que te entregaban y que vos creíste rabioso, pareciera que no era tal, y así se colgaban los recuerdos a tus hombros como monos hambrientos tapando tu visión del desastre que ya parecía inevitable. Empezaste a girar aturdida, ya te sentías dentro, muy dentro del caos. Tu propio caos. Me gustaría describir un poco como era el lugar del caos en donde ella vivía. El más nítido recuerdo que queda en mi memoria, es de un cuarto amplio, muy luminoso, con un pequeño balcón que tenía un barandal verde. Los pisos de madera que ayudaban a mantener la intensidad de las llamas y algunos cuadros de poco valor colgando en las paredes blancas con aroma a encierro infinito. Entonces sí, mientras girabas en torno al cuarto ya con desesperación porque no había nadie que te indicara una salida confiable, me miraste a mí directo a los ojos, como preguntándome si yo sabía dónde estaba la salida de emergencia. Yo que estaba sentado a la mesa, apoyando mi cabeza contra la pared, te miraba (sólo eso), pero permanecí inmutable. No se si no tuve respuestas o si solamente no quise dártelas, pero sé que te dejé sola. Entonces me reí un poco y fue ahí que entendiste lo que ninguno de los dos supo hasta ese momento. Giraste tu cabeza hacia el fondo del cuarto, clavaste la mirada en la esquina del barandal, y allí estaba ella, ella es la muerte, ella estaba sentada sobre el borde de la baranda, con sus piernas colgando en el vacío, su espalda apoyada en una pequeña pared y fumando el último tramo de un cigarrillo. Daban ganas de sentarse a su lado al ver la calma con que la muerte la llamaba, tenía demasiada simpatía para tratarse de alguien a quien todos le temen. Tenía una sonrisa inmensa, esa misma sonrisa la convenció y entonces dejó de girar. La muerte extendió su mano, invitándola a sentarse a su lado, luego le hizo un guiño y le enseñó lo poco que quedaba ya del cigarrillo como queriendo que lo terminaran juntos y luego sí pudieran ir en busca del vacío que había debajo de sus piernas. La muerte parece tener siempre la seguridad que vencerá, a mi me dio también esa sensación, pero yo aún permanecía sentado, eso sí, ya no podía sonreír. Ahora la veía dar los primeros pasos hacia el balcón, así fue que cuando veo que me mira de reojos, despidiéndose con su mirada llena de ternura y de nostalgia, todo el cuarto se llenó de miedo. El miedo de ella y el mío. Después de su mirada, abandoné esa vieja posición de tranquilidad que mostraba, despegué mi espalda de la pared, pero se estaba haciendo tarde. Te vi caminando hacia el balcón, a unos cuantos metros de mí. Tu mirada al saber que ibas encontrarte con la muerte (muy amable por cierto), comenzó a ver en el paisaje de fondo, mil imágenes todas juntas, como superponiéndose unas a otras, imágenes, recuerdos, no sé bien que era lo que ella veía. La comedia y la tragedia de su vida quizás, todos sus amores, todas sus guerras, todo lo dulce y lo amargo que le había entregado el sabor de su experiencia de vida. No lo tengo muy claro, sólo sé que eso la detuvo justo cuando estaba por tomarle la mano a ella y pasar sus piernas al otro lado mundo. Tomé su mano, luego el codo, y pegué un fuerte tirón de su brazo, llegué hasta su hombro y cuando la tuve bien cerca la abracé con locura desmedida. Esa locura de la que solamente saben aquellos que estuvieron meses en el infierno, y que cuando logran un atisbo de lucidez, levantan su cabeza y por sobre su cabeza ven la puerta abrirse y no dejan pasar la oportunidad de salir. Yo sé muy bien que no la salvé de la muerte, ni siquiera sé si hice bien o mal en tomar su mano, pero como dije antes no vale la pena buscarle una razón a las cosas que pasan, así como tampoco vale la pena pelearme con alguien por el orden o la propiedad de las palabras. La belleza de aquel momento fue el modo en que supiste que tomar mi mano era lo que vos querías, y realmente es así todo en la vida, tenés que mirar a los ojos de el otro, si la profundidad de las miradas coinciden, entonces toma su mano porque lo que querés es lo que importa. A mi no me importan más la razones, y amo con rabia y amo con inteligencia los corazones de los que saben de los órdenes de la vida y no se escudan en razones.
No quiero dejar de contarles que ella está bien, que está mucho mejor, y sobre todo que está creciendo en belleza y en sabiduría, pero más aún, ella está conmigo de nuevo y no se quiere ir de mi lado por nada del mundo.
Por último, no me voy a pelear con todo aquel que se anime a decirme que el orden y la propiedad de las palabras que voy a dejar grabadas a continuación en este relato tienen dueño, sépanlo, yo les doy el orden que quiero, ustedes también pueden hacerlo, siéntanse los dueños de su destino, de sus palabras, y olviden las razones.
Queriendo entrar en razón y el corazón tiene razones que la propia razón nunca entenderá.
Eso si a todo esto que paso, que viví y que sufrí, pero ante todo y más que nada a ella, ¡le debo una canción!