Caminando por la playa, sintiendo el ardor de la arena
hirviendo sobre los pies. Ardor que proviene del calor que el sol le transfiere
a la tierra y que la tierra nos transmite a nosotros. Amo caminar sobre las
superficies que se deforman al pisarlas, que se amoldan a tu pie y a tu pisada.
En la playa no hay nadie, apenas algunas aves que dan vueltas cerca de la brisa
del mar. Busco del suelo un puñado de arena y lo aprieto fuerte con mis manos y
dedos. Pienso que esa cantidad de arena que he atrapado ya nadie me la podrá
quitar. Es mío, me digo a mi mismo, y consigo apretar la arena aún más fuerte
que antes. Pero es mentira, esa arena tanto como el tiempo y el viento, se
escapan sin que nos demos cuenta. Poco a poco, grano por grano, segundo a
segundo. Intento retener, sigo disfrutando mis pasos, la sensación de mis pies
que se hunden y se acomodan a la superficie. Y el calor que me azota, pero se
soporta. Y las olas, que te traen una mínima brisa, pero enseguida se la llevan
nuevamente mar adentro. Voy acercando mis pies al agua, cerca de la orilla ya
la superficie se endurece, algo que mis pies ya no disfrutan tanto. Pero al
menos no arden tanto como antes, cuando el calor gobernaba mis decisiones.
Estoy en esos momentos en que ya nada importa, con una tremenda burocracia
emocional, donde mi cabeza se ha transformado en esa empleada pública tetona,
rellenita, que tiene la taza de café en la mano derecha, el teléfono en la
izquierda, y mientras intentamos pedirle ayuda, ella conversa con la compañera
del box 4, y bueno… lo que sigue lo sabemos todos los que alguna vez hayamos
pasado por un trámite en alguna entidad pública. Tengo esa parte de una canción
pegada en la oreja y no me la puedo quitar. Me da mucha gracia, porque sé que
me pinta mejor que nadie. Se repite una y mil veces. ‘Y si te vas, me voy por
los tejados, como un gato sin dueño’. ¡Y me dan esas ganas de irme por los
tejados! De hecho, imagino a mi gato, que no es mío, pero cada tanto me visita,
que se va a buscar un poco del amor inoportuno que tanto necesitamos.
No quiero un regreso a la ciudad, prefiero la playa, mis
pies adoran las superficies blandas. Las durezas de las calles urbanas son
difíciles de soportar. El arco de mis pies no se adapta, mis dedos se llenan de
callosidades, mis articulaciones se desgastan, y los años pasan. Disfruto de la
soledad en las playas, del agua del mar que parece que arrasa, pero resulta
inofensivo. Disfruto que no haya nada a mi alrededor, disfruto del viento y de
la lluvia, que viene a calmar el ardor cuando uno más la necesita.
Uno de esos días que nos levantamos esperando poco y nada,
o un poco más de lo mismo, eso mismo que viene arrasando con el tiempo y las
horas, encontramos algo que nos hace reflexionar profundamente. Ese algo que te
pone en situaciones determinantes. ¿Qué hago, la dejo porque me tiene las
pelotas llenas? ¿O sigo, sigo porque hay algo que me pide que hay que seguir? Y
ese día es hoy, un hallazgo perfecto, lleno de perfecciones. Y es que parecía
un cuadro pintado por Dalí, un retrato perfecto sin descuido del más mínimo de
los detalles. Enorme, perfecto, estático. Nada se movía, ni siquiera las
personas que deambulaban por sus costas, nada. Estremecedora quietud. Silencio
casi absoluto, apenas algunas voces que vienen y van, que acompañaban la tensa suerte
de la brisa que venía desde el horizonte. Ni una sola nube, ni un solo rastro
de que hayan existido en cientos de kilómetros a la redonda. El cielo azul, sin
variaciones de color, fundido allá en el fondo del mar mediterráneo, haciendo
que todo parezca un solitario e inmenso mar sin cielos por encima. El mar era
todo un gran lago, tan quieto, tan estrictamente estático, que parecía estar
siendo amenazado a punta de pistola por los dioses más venéreos de los mares
del mundo. Su gente, aglomerada por afinidad sanguínea, por amor, amistad, o lo
que fuera. Nada se mueve, y mires hacia donde mires, todo el mundo parece que
se ha detenido. Las pequeñas casas de la costa, mirando el mar con sus sillas y
hamacas vacías. Los fuegos de la noche de san juan que se empiezan a encender
de a poco, y van tomando calor y altura, segundo a segundo pareciera que el
cuadro va queriendo tomar vida, pero aun nada se mueve. El cuadro sigue ahí.
Los barcos pesqueros del puerto siguen ahí amarrados, sus velas apenas
conmovidas por el aire que trae el mar a cuentagotas. No hay olas, no hay
barcos allá a lo lejos, puedo ver mis pies en el fondo, puedo ver como se
deforman al pisar mientras camino mar adentro. Tengo el agua al cuello, y
empiezo a girar en todos los sentidos, y el cuadro no hay cambiado en nada.
Todos están donde estaban cuando llegué, aquel que dormía la siesta boca abajo,
allí sigue. Los que rodean los fuegos de la noche, también siguen allí, sus
voces apenas se oyen. Hay un pequeño pueblo, que vive adentro de un cuadro, un
pueblo donde nada se mueve. Donde pareciera que el mar no arrasa con todo como
solíamos pensar, y la brisa ayuda a pensar que existen algunos lugares en el
mundo, que son perfectos por donde se los mire.
*Dedicado a ese pequeño pueblo de la Provincia de Alicante,
dedicado a Denia, su gente, sus playas y su mar.