Nació a los gritos. Murió –o mejor dicho lo mataron- por no callar. Personaje rocambolesco, casi grotesco, de estampa fina a simple vista pero trágico en su interior. No se podía evitar lanzarle encima la mirada al cruzarlo por el bar del barrio de la boca, pero él distorsionaba cuanta mirada le clavaran. Al caminar por el barrio dejaba su huella diaria. De la cama al baño, del baño a la extensa charla con el diariero de la esquina de su casa y de allí al bar a mezclarse con una veintena de personajes porteños.
Amanecía cerca del mediodía, con aliento a cerveza y lo primero que hacía cuando abría los ojos era manotear de la mesa de luz un cigarrillo y un encendedor. Prendía el pucho y volvía a cerrar los ojos.
Parasimpático, abstracto, psicológico, renegado. Así definía su humor al despertarse. Así caminaba rumbo al bar, esquivando las almas ajenas, esquivando la propia. Aunque en realidad, él decía que su alma se había exiliado desde la muerte de su madre.
Insólito, anormal, sedentario, imperfecto. Así se sentía caminando rumbo al bar. Buscando un lugar en el mundo, siempre acababa en el mismo antro. Saboreaba el olor a borrachos, intelectuales de barrio, trabajadores mediocres y hombres sin ley.
De a poco se fue creando un mundo repleto de sinsabores. Amigos del momento y de la oportunidad. Amigos cerebrales, amigos de bar, amigos oscuros. Todos personajes que se iban confundiendo entre el mediodía y la noche con él. Atravesando barreras desde lo absurdo hasta lo irrisorio crecían las horas a su lado.
Intenso, desposeído, equilibrado y feliz. Así se siente ahora que la noche lo muestra desparramado en el piso del bar con un balazo en el pecho. Difícil de entender que un hombre tan audaz sienta la plena felicidad justo antes de conocer la muerte.