La soledad de un
violín que suena sin piedad perdido entre la gente. Desde el primer tímido
acorde, en el subir y bajar de la vara persiguiendo las manos ajadas por el
sol. El músico en este vagón no es un pasajero más, es más bien el maquinista
de todas nuestras ilusiones del lunes al mediodía. El tren avanza firme, la
música se desploma suave entre estación y estación. Las percepciones son
desoladoras, la velocidad del mundo hace explotar mi corazón. Quisiera ser
ciego, y si fuera posible sordo, o al menos insensible al extremo; pero no
puedo, estoy sintiendo todo lo que pasa dando vueltas sobre mí. La vara recorre
de punta a talón las cuerdas del violín, los dedos del músico se mueven
impiadosos, con sus ojos cerrados, y su cara en un llanto seco, presiona mi alma y la despedaza hasta no poder
más. Tan veloz, tan cruel, la música no se detiene, avanza al ritmo del vagón. Sube
y baja el tono, pero nunca para. Cambia su expresión, cambia sus formas, más no
se detendrá jamás. ¡¿Cómo hacer para no pensar en todos ellos?! El tipo que se
duerme sobre sus propios brazos, la que llora desconsoladamente y a los gritos
pide perdón a un teléfono celular, la que pasa pidiendo monedas con dos críos en
sus brazos, la niña que lee atentamente y desobedece el sonido del violín, el
que se siente apretado en medio de dos culos inmensos que venera a las madres
de todas las madres para no pedirles que adelgacen un poco, los que están
partidos por la pantalla y ya no entienden nada de nada, los solitarios que ya
no viven solos y están sentados cerca de la puerta de salida. ¡Quisiera
comprenderlos, estar dentro de su alma y apretarles el corazón para ser ellos
solo un momento! Pero que más me da, sin tan solo estas cuerdas y ese par de
dedos movedizos me están poniendo en un lugar que en realidad no quiero estar. Hay
más, hay tanto como estemos dispuestos a ver; está ella, que se peina frente a
la ventanilla, arregla su maquillaje y se prepara para un encuentro casual, con
el hombre de otra mujer, que a su vez llora pidiendo perdón al hombre de otra
mujer, los que hablan de política y los que escuchamos odiando sus pensamientos
contrarios a los nuestros, que no podemos comprender como diablos y por la
santa virgen de la música piensan de esa manera. Están también los socios que
hablan de negocios, de todo el dinero que van a amasar con este proyecto y se
asombran de aquel que pasa rengueando y balbuceando por una yudita de senco o
die sentaos ¡por favor! El pedido final es claro, no se esconde, por si había
alguna duda de todo lo anterior. Aún sigo despierto, el tren llegará a mi
estación, señal que debo partir. La música sigue, el vagón comienza a moverse
nuevamente, y el músico acelera el ritmo de sus brazos. La vida sigue, la
música no para, vamos de una estación a otra; salimos de un vagón para meternos
en otro, tomamos un tren, y nos bajamos para tomarnos otro. Esperamos en la
estación, la gente pasa, algunos se quedan otros se van. Nos cruzamos con este
y con aquel, ellas vienen y se van; gente de aquí para allá, cruces infinitos. Hoy
estamos, pero quizás mañana ya no. Pero la música, esa música, la de la vida,
perdura.