martes, 9 de septiembre de 2014

Caras Perdidas

La soledad de un violín que suena sin piedad perdido entre la gente. Desde el primer tímido acorde, en el subir y bajar de la vara persiguiendo las manos ajadas por el sol. El músico en este vagón no es un pasajero más, es más bien el maquinista de todas nuestras ilusiones del lunes al mediodía. El tren avanza firme, la música se desploma suave entre estación y estación. Las percepciones son desoladoras, la velocidad del mundo hace explotar mi corazón. Quisiera ser ciego, y si fuera posible sordo, o al menos insensible al extremo; pero no puedo, estoy sintiendo todo lo que pasa dando vueltas sobre mí. La vara recorre de punta a talón las cuerdas del violín, los dedos del músico se mueven impiadosos, con sus ojos cerrados, y su cara en un llanto seco,  presiona mi alma y la despedaza hasta no poder más. Tan veloz, tan cruel, la música no se detiene, avanza al ritmo del vagón. Sube y baja el tono, pero nunca para. Cambia su expresión, cambia sus formas, más no se detendrá jamás. ¡¿Cómo hacer para no pensar en todos ellos?! El tipo que se duerme sobre sus propios brazos, la que llora desconsoladamente y a los gritos pide perdón a un teléfono celular, la que pasa pidiendo monedas con dos críos en sus brazos, la niña que lee atentamente y desobedece el sonido del violín, el que se siente apretado en medio de dos culos inmensos que venera a las madres de todas las madres para no pedirles que adelgacen un poco, los que están partidos por la pantalla y ya no entienden nada de nada, los solitarios que ya no viven solos y están sentados cerca de la puerta de salida. ¡Quisiera comprenderlos, estar dentro de su alma y apretarles el corazón para ser ellos solo un momento! Pero que más me da, sin tan solo estas cuerdas y ese par de dedos movedizos me están poniendo en un lugar que en realidad no quiero estar. Hay más, hay tanto como estemos dispuestos a ver; está ella, que se peina frente a la ventanilla, arregla su maquillaje y se prepara para un encuentro casual, con el hombre de otra mujer, que a su vez llora pidiendo perdón al hombre de otra mujer, los que hablan de política y los que escuchamos odiando sus pensamientos contrarios a los nuestros, que no podemos comprender como diablos y por la santa virgen de la música piensan de esa manera. Están también los socios que hablan de negocios, de todo el dinero que van a amasar con este proyecto y se asombran de aquel que pasa rengueando y balbuceando por una yudita de senco o die sentaos ¡por favor! El pedido final es claro, no se esconde, por si había alguna duda de todo lo anterior. Aún sigo despierto, el tren llegará a mi estación, señal que debo partir. La música sigue, el vagón comienza a moverse nuevamente, y el músico acelera el ritmo de sus brazos. La vida sigue, la música no para, vamos de una estación a otra; salimos de un vagón para meternos en otro, tomamos un tren, y nos bajamos para tomarnos otro. Esperamos en la estación, la gente pasa, algunos se quedan otros se van. Nos cruzamos con este y con aquel, ellas vienen y se van; gente de aquí para allá, cruces infinitos. Hoy estamos, pero quizás mañana ya no. Pero la música, esa música, la de la vida, perdura.