Soy autodestructivo pero suelo renacer en cada puerto. Amo navegar, puedo flotar con suma facilidad y no tengo la habilidad de hundirme. No sé por qué, no tengo esa respuesta. Soy náufrago de un millón de mares, me pierdo en la felicidad y me encuentro vivo en las tragedias. Suelo viajar en medio de la calma, saltar de costa a costa y arrastrarme hasta la orilla. Puedo verme allá a lo lejos, sentado en la arena mirando el horizonte, dejando el sol caer a la velocidad que intento vivir. Nada más placentero que el deseo de naufragar para volver a comenzar.
Es el momento de destruirme, renacer y desarmar mis valijas porque en este puerto hoy yo quiero quedarme. Vivir en la sensibilidad es vivir en cámara lenta pero sintiendo a la velocidad de la luz, donde tu cabeza da vueltas al ritmo de un tango mal bailado y con olor a lluvia. Y sí, es cierto, en este concierto de hoy no podía faltarme la lluvia. Es que me siento como en domingo: desordenado, de mal humor y mal gastado. De paso sigo observando a estos viejos de acá enfrente, los veo sentados y a más de 50 años de distancia pero me siento igual. Aunque con la seguridad que ya no estaré allí. Estaré, pero muy lejos de eso y muy lejos de lo que vos quisieras ver. Seré un vaso medio lleno, seré la lluvia en primavera, unas cuantas palabras de amor, y algo más que sólo promesas.
Voy a viajar con todas las ganas de llegar a ella algún día, pero ella no pienses que sos vos. Ella es alguien más, es esa figura radiante que da el sol por la tarde bajo una humilde llovizna. Ella siempre está por venir, eso lo sé. Aunque quizás no llegue nunca. Ella camina sola, opuesta a mí, en otra dirección, pero veo su disfrute en el andar. Veo sus ganas de mojar su pelo mientras camina sola por la gran ciudad en medio de más y más lluvia, porque ya no puedo vivir sin lluvia. Ella no tiene prisa, en el concierto ya no se distingue nada. Tocamos todos un poco cada melodía, nos sentimos como al despertar y bañamos el día con lo que nos toca.