lunes, 21 de noviembre de 2011

El concierto de los desesperados (Acto IV)

Soy autodestructivo pero suelo renacer en cada puerto. Amo navegar, puedo flotar con suma facilidad y no tengo la habilidad de hundirme. No sé por qué, no tengo esa respuesta. Soy náufrago de un millón de mares, me pierdo en la felicidad y me encuentro vivo en las tragedias. Suelo viajar en medio de la calma, saltar de costa a costa y arrastrarme hasta la orilla. Puedo verme allá a lo lejos, sentado en la arena mirando el horizonte, dejando el sol caer a la velocidad que intento vivir. Nada más placentero que el deseo de naufragar para volver a comenzar.
Es el momento de destruirme, renacer y desarmar mis valijas porque en este puerto hoy yo quiero quedarme. Vivir en la sensibilidad es vivir en cámara lenta pero sintiendo a la velocidad de la luz, donde tu cabeza da vueltas al ritmo de un tango mal bailado y con olor a lluvia. Y sí, es cierto, en este concierto de hoy no podía faltarme la lluvia. Es que me siento como en domingo: desordenado, de mal humor y mal gastado. De paso sigo observando a estos viejos de acá enfrente, los veo sentados y a más de 50 años de distancia pero me siento igual. Aunque con la seguridad que ya no estaré allí. Estaré, pero muy lejos de eso y muy lejos de lo que vos quisieras ver. Seré un vaso medio lleno, seré la lluvia en primavera, unas cuantas palabras de amor, y algo más que sólo promesas.
Voy a viajar con todas las ganas de llegar a ella algún día, pero ella no pienses que sos vos. Ella es alguien más, es esa figura radiante que da el sol por la tarde bajo una humilde llovizna. Ella siempre está por venir, eso lo sé. Aunque quizás no llegue nunca. Ella camina sola, opuesta a mí, en otra dirección, pero veo su disfrute en el andar. Veo sus ganas de mojar su pelo mientras camina sola por la gran ciudad en medio de más y más lluvia, porque ya no puedo vivir sin lluvia. Ella no tiene prisa, en el concierto ya no se distingue nada. Tocamos todos un poco cada melodía, nos sentimos como al despertar y bañamos el día con lo que nos toca.

viernes, 4 de noviembre de 2011

El concierto de los desesperados

Acto I
En este momento observo con delicadeza cómo desde la esquina una ambulancia comienza a entonar su himno que es todo un suplicio para mi pobre oído musical. Así, en un apuro demencial inicia la destrucción lenta de quien se debate entre la vida, la muerte, y además tendrá un tremendo dolor de cabeza en el mientras tanto. Para colmo de males, el auto que estaba delante, apura al que está delante de él, que a su vez apura al irracional de adelante, a quién pasa a su derecha e izquierda, y así sucesivamente hasta que alcanzamos el récord mundial de 200 metros de bocinas desesperadas por dejar pasar a esa pobre persona que se quiere tirar de la ambulancia porque ya no soporta el concierto. ¡Un momento no se vayan, esto no termina acá, porque el incendio sigue! ¡Esperen! ¡No se vayan! Ahora la vieja con las bolsas en la mano empieza gritar que dejen pasar, que son todos unos maleducados. Y ahora si señores que se armó el concierto, con balcones y asientos vip para la multitud que sale a disfrutar de esta masacre auditiva a la paz de esta pobre ciudad. Seguro que en el segundo acto, estos músicos se van a esmerar un poco más, porque hay mucho loco suelto. Pero yo me quiero bajar, asique frenen todo, desconecten que me quiero rajar.

Acto II
Recuerdo haberte visto hoy por la tarde, en pijamas bajando las persianas y con tu pelo ya más blanco, como si hubieras viajado en un segundo, un millón de años por sobre mi ser. Creo que ya no siento las ganas de quedarme. Cuando se apaga la vida, la banda suena en silencio. Es tarde, pero yo prefiero seguir un rato más. Espero no te asuste, espero encuentres la respuesta. En este silencioso acto, alguien se acaba de ir.

Acto III
Está por suceder.