miércoles, 16 de agosto de 2017

Entre el Populismo venezolano y La Ponderosa

Estaba caminando por el barrio, pasando por la puerta de un bar, justo en la esquina, se puede ver la gente agolpada dentro tomando cerveza y viendo partido de fútbol de segunda división. Nada nuevo. El barrio funciona así, tradiciones imperceptibles. Que no son tradiciones en realidad. Quizás sean costumbres. Pero en realidad no lo tengo claro. Ir a comprar el pan al mercadito de la esquina. Chismear un poco con la vecina de al lado, que me cuenta que la chica de mitad de cuadra, la rubiecita culona, va a ser mamá por sexta vez. Ir a pedirle consejos a la abuela, que vive a apenas unas casas de distancia de la mía. Ir a la escuela y salir a las cinco de la tarde desesperado por a ir patear con los guachos de la cuadra hasta terminar reventado de cansancio. Volver a casa para cenar con toda la familia debajo del ligustro del patio, donde estratégicamente estaba acomodada la mesa de mármol y los bancos largos que parecían robados de la plaza ‘Eva Perón’, pero que en realidad los había fabricado el abuelo que se daba mañas para todo. Nada se le escapaba, él todo lo podía.
Tengo esa sensación, algo que me sale muy desde adentro, que me dice que el barrio es pobreza. Pero no lo tomen a mal. La pobreza no es mala, ni hace daño, ni destruye corazones. La pobreza es sencillez, humildad, sensibilidad. A veces creo que, desde todos los frentes de ataque, la pobreza es mala palabra. Como si el sólo hecho de mencionarla, fuese un insulto a lo más profundo de las entrañas, a la dignidad. Y yo creo que no lo es. El barrio es pobreza, sin dudas. Y todo lo demás también.
Andaba hace unos días de vacaciones por un pueblito portugués, al sur, con sus costas mirando al atlántico. Y allí encontré un bar. Y me sentí en mi barrio. Y me sentí pobre, humilde, sensible. Eso sí, me salió baratito todo. Y eso que el plato de comida fue muy generoso en cuanto a calidad y cantidad. Y la jarra de cervecita fresca era un orgasmo consumado a cada sorbo. Algunas charlas con amigos, muchas risas. Y así la vida vale pena. ¿Y entonces cual sería el problema de ser pobre y populista? Yo en La Ponderosa soy feliz, cada vez que pasé por esa esquina, me sentí en mi barrio y en mi casa. De ahí soy yo. ¡Y qué bueno que el dinero, los medios masivos, y las grandes ciudades no nos cambien demasiado!
María Luisa atiende el bar como quien atiende a sus críos al mediodía. Ricardinho voltea la carne en la parrilla como quien voltea un bife para tirarlo a la manada hambrienta. Walter te trae la cerveza fresca, al punto ideal para poder satisfacer las gargantas sedientas y los cuerpos molidos por el sol y la arena. Todo llega, menos el pan, que no aparece nunca por la mesa. Pero da igual, María Luisa no puede con todo. Atiende, lleva, trae, sube y baja. Limpia, seca, guarda. Sirve comida, entrega comandas y dirige todo como un director de orquesta. Nadie se enoja, somos todos del barrio.
¿Entonces ser pobre, es ser populista? Hoy escuchaba por ahí, en alguna esquina, un comentario de un programa de televisión. Increpándose el uno a otro, con la palabra populista. Y la dictadura en Venezuela, y los muertos que tiene Maduro a sus espaldas. Pero la culpa de todo lo que nos pasa pareciera ser muy populista. Es decir, la culpa la tienen los pobres. O nosotros los que menos tenemos. Pero siempre me pregunto lo mismo, ¿puede ser un gobierno elegido por el pueblo, una dictadura? Pareciera que sí. Parece también que no entregarles el culo a los intereses de los estados unidos es el crimen que cometen los populistas. Y regar el mundo con odio es papel de los medios de comunicación. Pero sigo sin entender, y perdonen mi ignorancia. Pero, ¿cómo todo el mundo se llena la boca hablando así de nosotros los populistas, de los de barrio, de los pobres? Yo me pregunto cuando se animarán a pasarle un poco la factura a los yanquis, a los rusos, a los ingleses. Perdón, ¿y China no es una dictadura? ¿Corea, Arabia Saudí, Qatar? Tanto que todo el mundo, desde la cobardía calla, y la culpa siempre de los pobres. Los europeos, ahora también han creado muy hábilmente la palabra turismofobia, creada para hacer creer que aquellos que luchan para que sus propios espacios sean preservados, sean vistos como xenófobos activistas en contra del turismo. Parece duro, pero el mundo fuera del barrio anda en muletas.

Por suerte, acá en La Ponderosa, se atiende a los clientes tal como se vive; sin lujos, a lo pobre, pero te llena las tripas tanto que dan ganas de repetir y repetir. Tantas ganas de repetir, como ganas tengo de volver al barrio, a lo mío y a los míos. Orgulloso de ser pobre, populista y de barrio.

martes, 27 de junio de 2017

Un mundo perfecto

Caminando por la playa, sintiendo el ardor de la arena hirviendo sobre los pies. Ardor que proviene del calor que el sol le transfiere a la tierra y que la tierra nos transmite a nosotros. Amo caminar sobre las superficies que se deforman al pisarlas, que se amoldan a tu pie y a tu pisada. En la playa no hay nadie, apenas algunas aves que dan vueltas cerca de la brisa del mar. Busco del suelo un puñado de arena y lo aprieto fuerte con mis manos y dedos. Pienso que esa cantidad de arena que he atrapado ya nadie me la podrá quitar. Es mío, me digo a mi mismo, y consigo apretar la arena aún más fuerte que antes. Pero es mentira, esa arena tanto como el tiempo y el viento, se escapan sin que nos demos cuenta. Poco a poco, grano por grano, segundo a segundo. Intento retener, sigo disfrutando mis pasos, la sensación de mis pies que se hunden y se acomodan a la superficie. Y el calor que me azota, pero se soporta. Y las olas, que te traen una mínima brisa, pero enseguida se la llevan nuevamente mar adentro. Voy acercando mis pies al agua, cerca de la orilla ya la superficie se endurece, algo que mis pies ya no disfrutan tanto. Pero al menos no arden tanto como antes, cuando el calor gobernaba mis decisiones. Estoy en esos momentos en que ya nada importa, con una tremenda burocracia emocional, donde mi cabeza se ha transformado en esa empleada pública tetona, rellenita, que tiene la taza de café en la mano derecha, el teléfono en la izquierda, y mientras intentamos pedirle ayuda, ella conversa con la compañera del box 4, y bueno… lo que sigue lo sabemos todos los que alguna vez hayamos pasado por un trámite en alguna entidad pública. Tengo esa parte de una canción pegada en la oreja y no me la puedo quitar. Me da mucha gracia, porque sé que me pinta mejor que nadie. Se repite una y mil veces. ‘Y si te vas, me voy por los tejados, como un gato sin dueño’. ¡Y me dan esas ganas de irme por los tejados! De hecho, imagino a mi gato, que no es mío, pero cada tanto me visita, que se va a buscar un poco del amor inoportuno que tanto necesitamos.
No quiero un regreso a la ciudad, prefiero la playa, mis pies adoran las superficies blandas. Las durezas de las calles urbanas son difíciles de soportar. El arco de mis pies no se adapta, mis dedos se llenan de callosidades, mis articulaciones se desgastan, y los años pasan. Disfruto de la soledad en las playas, del agua del mar que parece que arrasa, pero resulta inofensivo. Disfruto que no haya nada a mi alrededor, disfruto del viento y de la lluvia, que viene a calmar el ardor cuando uno más la necesita.
Uno de esos días que nos levantamos esperando poco y nada, o un poco más de lo mismo, eso mismo que viene arrasando con el tiempo y las horas, encontramos algo que nos hace reflexionar profundamente. Ese algo que te pone en situaciones determinantes. ¿Qué hago, la dejo porque me tiene las pelotas llenas? ¿O sigo, sigo porque hay algo que me pide que hay que seguir? Y ese día es hoy, un hallazgo perfecto, lleno de perfecciones. Y es que parecía un cuadro pintado por Dalí, un retrato perfecto sin descuido del más mínimo de los detalles. Enorme, perfecto, estático. Nada se movía, ni siquiera las personas que deambulaban por sus costas, nada. Estremecedora quietud. Silencio casi absoluto, apenas algunas voces que vienen y van, que acompañaban la tensa suerte de la brisa que venía desde el horizonte. Ni una sola nube, ni un solo rastro de que hayan existido en cientos de kilómetros a la redonda. El cielo azul, sin variaciones de color, fundido allá en el fondo del mar mediterráneo, haciendo que todo parezca un solitario e inmenso mar sin cielos por encima. El mar era todo un gran lago, tan quieto, tan estrictamente estático, que parecía estar siendo amenazado a punta de pistola por los dioses más venéreos de los mares del mundo. Su gente, aglomerada por afinidad sanguínea, por amor, amistad, o lo que fuera. Nada se mueve, y mires hacia donde mires, todo el mundo parece que se ha detenido. Las pequeñas casas de la costa, mirando el mar con sus sillas y hamacas vacías. Los fuegos de la noche de san juan que se empiezan a encender de a poco, y van tomando calor y altura, segundo a segundo pareciera que el cuadro va queriendo tomar vida, pero aun nada se mueve. El cuadro sigue ahí. Los barcos pesqueros del puerto siguen ahí amarrados, sus velas apenas conmovidas por el aire que trae el mar a cuentagotas. No hay olas, no hay barcos allá a lo lejos, puedo ver mis pies en el fondo, puedo ver como se deforman al pisar mientras camino mar adentro. Tengo el agua al cuello, y empiezo a girar en todos los sentidos, y el cuadro no hay cambiado en nada. Todos están donde estaban cuando llegué, aquel que dormía la siesta boca abajo, allí sigue. Los que rodean los fuegos de la noche, también siguen allí, sus voces apenas se oyen. Hay un pequeño pueblo, que vive adentro de un cuadro, un pueblo donde nada se mueve. Donde pareciera que el mar no arrasa con todo como solíamos pensar, y la brisa ayuda a pensar que existen algunos lugares en el mundo, que son perfectos por donde se los mire.


*Dedicado a ese pequeño pueblo de la Provincia de Alicante, dedicado a Denia, su gente, sus playas y su mar. 

viernes, 7 de abril de 2017

Sobre la hipocresía y otras yerbas


¡Qué calor hijo de puta que hace en esta ciudad! Abusivo. Me desperté todo pegoteado, entre gotas de sudor, y un rayo del sol que se estrellaba directamente en mi sien. Enceguecido, como si algo predijera lo que estaba por venir. La ceguera es difícil de comprender, es muy complicado ponerse en el lugar de una persona que no ve, que no encuentra más que un pequeño haz de luz entre la infinita gama de colores. Más difícil, imagino, creo que debe ser no conocer la cara de tus padres, hermano, amigos, novias y amantes. Pero lo cierto, lo que realmente me afecta, no es la borrachera que llevo encima, ni los cincuenta grados de calor agobiante que entran por la ventana, ni mucho menos el rayo de luz que me parte la cara y me obliga a maldecir esta hermosa ciudad cada mañana.
    Pasadas las horas, y una vez ha traspasado el absurdo rito de madrugar, comienzo a quererla un poco más. Ya no es odio lo que siento, ya la veo más cercana de lo que realmente es. Esas calles que serpentean por todos lados, donde no existen las esquinas ni las cuadras perfectamente diseñadas a modo de cuadrilátero. Mirar hacia arriba es un alivio, caminar de bar en bar, pasar de una conversa a otra. Mirar la gente pasar, las caras encendidas de felicidad, el gentío inagotable de las noches de verano. Gente que sale de la cueva cuando el calor deja de azotar, como si fuera en Ramadan. Pero nada, un poco así se vive por acá.
    Me alivia pensar lo que he soñado. Pero si, realmente es muy duro entender lo que me pasa cuando leo, veo y escucho todo lo que suelo leer, ver y escuchar. Pues, habrá que ponerse de una buena vez y para siempre en los zapatos del otro para opinar, criticar, afirmar con severidad y nada, así vamos de a poco todos los días. Opinológos, a opinar caiga quien caiga, cueste lo que cueste porque lo que importa es tener muchos likes, hashtags, y postear hasta el hartazgo. Después quizás reflexionemos, pero ya es tarde. Ya la hemos cagao.
    Soñé que era mi cumpleaños, que mi abuela me llevaba a tomar el chocolate caliente a un bar para darme muchos besos, y entregarme el regalito y hacerme reír con sus cuentos. Soñé que venía a verme ya cumplidos los quince con una bolsa llena de palmeritas, un lemon pie y una sonrisa enorme. Todos sus nietos sentados a su alrededor escuchándola contando historias y hacernos llorar de la risa, hasta el punto que ella lloraba y ya no podía seguir y teníamos que cambiar de tema. Soñé a mi viejo arrugando la frente para que yo le pudiera pasar mis dedos una y otra vez. Escuché a mi vieja entrando a la habitación, tarde por la noche a darme un beso y decirme buenas noches. Soñé, y sigo soñando.
    Creo que haber soñado, pero no estoy del todo seguro. Simplemente creo porque ya no estoy seguro de nada en esta vida. Dicen que dicen que dicen, pero dicen y afirman con rigurosidad científica que el Indio es un asesino. Que junto quinientas mil personas en un corral y las mando al matadero. Que es un tipo miserable, que alguien conoce a alguien que tiene un primo que tiene un amigo que es vecino de un tipo que vive a cinco quintas de la quinta del famoso músico popular. Y bueno dice eso, que le llegó el comentario que es un miserable, que es un millonario mezquino, que lo único que le importa es la guita, la puta guita. Revolcándome en los barros de mi propio sueño, me convierto en Diego Armando M y le pego un llamado telefónico al pobre tipo este.
-DA: - ¡Hola indio querido! ¡Que hacés papa!
-I: Hola Diegote, acá andamos. Desesperado, viste. Hoy me toca ponerme en tus zapatos, ver cómo te destrozan en dos minutos sin siquiera darte un minuto para entender que es lo que está pasando. Yo te digo, no entiendo como hacés para sobrevivir a todo esto, si lo venís padeciendo desde hace más de treinta años, y te siguen pegando igual. Que sos un gordo cagón, drogadicto, golpeador, que Messi es mejor que vos, que tu novia se coge a todo el plantel de Olimpo de Bahía Blanca y vos ni enterás.
-DA: si si ya lo sé que querés que haga, por eso cada vez que puedo me voy a Dubái, lejos, así nadie me juzga y si me quiero pegar tres líneas de un saque lo hago. Pero viste que los argentinos nos matamos entre nosotros. Yo salí campeón del mundo, subcampeón del mundo casi jugando solo, con otros diez burros pegando patadas para que no me toquen. Salí campeón con Boca, con Nápoles…
-I: si Diego ya lo sé… no me hace falta tu currículo. Yo te entiendo ahora. Ahora caigo en todo que estas padeciendo hace tantos años. Pero te voy a contar algo. La gente, la merca, los miserables nosotros somos eso. ¿O el tipo que nos critica tiene una vida tan pulcra y ordenada que no cagó nunca a su mujer, nunca se aspiró una línea ni se fumó un porrito, y mucho menos se puso en pedo? Estoy perdido. Hinchadas de fútbol a los tiros adentro de un estadio repleto de gente, en las puertas de ingreso, por las calles, por todos lados, dueños de todo, incluso de nuestra vida. ¿Y la prensa? Yo me pregunto si los jugadores de fútbol no saben de toda la mierda que corre al lado de ellos, de los negocios, las mafias, los dirigentes. Yo quiero saber porque la gente culpa al fútbol y no se culpa a sí mismo. ¿No seremos todos cómplices de toda esta mierda que va pasando domingo a domingo?
-DA: Mirá, acordate del Burrito Ortega, pobre tenía problemas con el alcohol y cada vez que pisaba una cancha lo puteábamos. Que borracho, que negro de mierda, que puto asqueroso, que come traba… Ahora el chabón, un crack, tremenda persona, amable, buena madera viste…
-I: Yo ahora se me vienen a la mente tantas cosas que hemos pasado en este país. Tragedia tras tragedia, pero no aprendemos nunca. Siempre la culpa es del otro. Va a tocar un dj a costa salguero y la culpa la tienen los pibes que se pasaron de falopa, y son unos faloperos de mierda, que se jodan. Tiramos bengalas encendidas a un techo, arde en un infierno terrible, cientos de pibes muertos, la culpa es de la banda. Pero Menem, De la Rúa, Ibarra, y la lista sigue, pero estos siguen libres. ¿Y la culpa de quién es? La Amia, la Embajada, Once, Malvinas, Keyvis.
-DA: vos fíjate, jugadores de fútbol manejando Ferraris, siendo ídolos indiscutidos de todo, intocables, llenos de guita y minas que se mueren por comerles la porra. Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero a vos Indio, a vos te quieren en la hoguera. ¿Por qué? Yo entiendo y creo que moves masas, que no te han podido tapar con mierda jamás, pero en ésta sí que te estaban esperando. Ahí bien agazapados estaban todos.
-I: El fútbol y todos los que mueven este deporte, jugando a ser ignorantes del poder de las barras y todos sus miles de muertos. Y entonces, ¿y la iglesia? ¿No viola, mata, reprime y oprime a sus discípulos? ¿Y nadie dice que las apuestas arruinaron el fútbol, que ya nada se maneja como un factor único de victoria o derrota? ¿No te da bronca argentino moralista de las vidas ajenas, que te pegaste un viajecito a Roma, tiraste una de dos euros a la fontana di Trevi? Pero miraste con asco al que estaba de rodillas pidiéndote ayuda. ¿Hipocresía? Si somos la fiel expresión de la hipocresía, pero rápidamente el hipócrita se convierte en cínico. Y el cinismo en segundos se vuelve crueldad y eso es lo que buscan. Verte de rodillas.
-DA: Si y hay que tener huevos para aguantar tanta mierda.
    Creo que la conversación se cortó, no sé, algo debe haber pasado. Intento dar unos pasos, llegar a la frescura de una ducha que me espera. A las caricias de la persona que me espera todas las noches. A los mensajes de gente que te extraña, que te quiere. A las llamadas interminables para contar nimiedades, pero por el sólo hecho de reír y compartir. Pero entiendo que mucha gente está sola, que no tiene lo que yo tengo. Algunos tienen más, otros tienen menos. La gran mayoría no tiene nada, pero nada de nada. Y sobre todas las cosas, somos muy duros con esos que no tienen nada, y que no pueden esperar nada cuando no hay nada. Nada.
    Quiero llorar, porque siento que toda mi infancia, mi juventud, mi actualidad está siendo bastardeada por una enorme masa de opinológos, de críticos de vidas ajenas, de despreciables seres carentes de pasión. Y sí, era cierto Indio:
Nuestro amo juega al esclavo
de esta tierra que es una herida
que se abre todos los días
a pura muerte, a todo gramo.

Necesito que vuelva Marti, con sus palmeritas, su lemon pie y su risa tan humana, hermosa abuela, creo que la voy a llamar. Y si vuelve Dante, Apu, Lean, y todos los que se fueron, aun mejor.