sábado, 29 de agosto de 2009

Rey de un triste final


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La tragedia que corría por las venas de Kim era creer que la salvación estaba dentro del palacio en el que pasaba largas horas de su vida, acaso jugando a las escondidas con su propia existencia o quizás también intentando alargar su agonía. Debajo de su piel estaba el deseo bien escondido de un desear morir, morir con urgencia porque le daba pena enfrentar su cuerpo y su alma al espejo.
Crease o no, en el monumental palacio de Kim casi no había espejos pero de todas maneras su inteligencia le jugaba en contra y se veía reflejado a cada paso que lo veía deambular por los solitarios pasillos de aquel paraíso. Desde una brillosa pared blanca hasta los grandes ventanales del frente le daban la desagradable satisfacción de verse reflejado y eso lo hacía llorar desconsoladamente hasta que sus ojos ardían en sequía.
Su única compañía era su fiel sirvienta Ramona. Ella fue testigo único de un sufrir sin control e incomprensible, incomprensible al menos para mí, que veía en Kim esa clase de personas que todo lo tienen y que incluso a veces soñaba con tener todo lo que yo creía que él tenía. Largo tiempo después de conocer a Kim comprendí que no quería tener nada de lo que él tenía pero quería darle todo lo que yo poseía para darle muerte a su sufrimiento.
Kim y yo nos conocimos en una noche de bares y copas casi interminable, en la cual él sacó a relucir toda su gracia y logró esconder con gran aplomo sus miserias más evidentes. Así nos conocimos, yo tuve una primera impresión desacertada y eso fue lo que me llevó a escribir sobre su vida.
Ramona fue quien me contó los detalles más horribles de un joven que aparentaba una gran felicidad lejos de su cárcel dorada y dentro de ella lloraba sin consuelo por temor a ver su imagen del cuerpo desfigurada. Su pasión por la vida sufría las grietas de los desamores incontables a tan temprana edad.
Ramona llegaba muy temprano en las mañanas para encargarse de todos sus quehaceres diarios pero jamás vio a Kim en persona, puesto que mientras ella estuviera en el palacio, él estaba encerrado en su habitación. Cerca del mediodía ella se iba y entonces el joven intentaba despegarse de la cama para comenzar el día de la misma manera que lo ha hecho desde que nació. Pegaba un salto de la cama apenas Ramona se iba, se maldecía por ser tan feo frente al ventanal de su cuarto para así llorar hasta que le ardieran los ojos. Más tarde en el día intentaría convencerse de que podía parecerse a un dios griego y así poder sobrellevar con su cruz el resto del día. Y si hablo de cruz, su cruz eran las largas horas del día y de la noche. En aquella noche que lo encontré sentado bebiendo como un marinero que acaba de desembarcar, me sorprendió su gracia y decidí sentarme bien cerca para así poder llamar su atención y quizás tener la suerte de hablar con alguien que había logrado que mi oído tomara el rumbo de sus palabras. Entonces pedí al camarero que me sirviera un jarrón de cerveza bien fresca y me senté a un asiento de distancia de Kim, justo de lado a una ventana sin cortinas. Ni bien tuve el jarro en mis manos él ofreció brindar por la belleza del ser humano y por la triste felicidad (así fue tal cual él lo dijo). Las cosas que hablamos aquella noche no recuerdo que hayan tenido sentido alguno, pero si noté que jamás había logrado que Kim me mirara a los ojos mientras hablábamos y reíamos disparatadamente, su vista pasaba de mirar firmemente la madera de la barra del bar hasta llegar a posar sus ojos en la ventana, logrando así ver su sonrisa reflejada con las luces del lugar. Por momentos tuve la sensación que no reía de nada de lo que decíamos, sino que se burlaba y largaba carcajadas cuando se veía a sí mismo en aquella ventana.
Llegada la hora en que los camareros empiezan a mirarte con ganas de decirte cuanto te odian por hacer que su turno de trabajo se haga sofocante, y mientras barrían el piso golpeando adrede cuanta silla se les cruzara en el camino, noté que era hora de despedirme de aquel extraño amigo y prometernos beber algunas copas más para poder entender un poco sobre nuestras vidas. Saludé a Kim mientras guardaba algo de mi último trago para que el camino de regreso a casa no fuera tan tedioso y solitario. El joven Kim me saluda sin comprender demasiado y yo me dirijo hacia la puerta de salida, pero volteo la vista justo antes de salir y veo que una joven se le acerca con la seguridad que había hallado la presa justa para pasar una noche de lujuria.
Una semana más tarde regreso al mismo bar y allí estaba él. Sentado exactamente en el mismo banco y con la misma bebida en sus manos, mirando la madera de la barra y luego la ventana, con la seguridad de que algún alma bondadosa se sentaría a soportar sus bromas y su discurso incoherente. Hacia allí me dirigía yo, con toda la curiosidad de querer saber más sobre este extrañísimo personaje que había logrado destrabar mi amor por la soledad.
Le di un abrazo, pero creí que él no me recordaría asique le recordé mi nombre. Resulta que no sólo se acordaba de mi nombre sino que recordaba cada cosa que hablamos. Sin pausa, me relató sobre lo que le había ocurrido después que yo me había retirado del bar aquella noche que nos conocimos. Me habló sobre un nuevo amor en su vida, uno más entre más de cien por lo menos. Pero Kim siempre se sentía enamorado, creo que noté su miedo a la soledad. Prefería decirse enamorado con locura a sentirse despreciado y solitario dentro del palacio en el que vivía.
El encuentro con él se hizo rutina, semana tras semana a la misma hora y en el mismo lugar sabía que nos veríamos sentados en aquella esquina de la barra del bar. Lo que pasaba en aquellas noches era insignificante en todo sentido para quien hubiera tenido la desgracia de vernos interactuar, pero para nosotros era como un escape a algo nuevo. Y me refiero con seguridad que para Kim yo me había convertido en su fiel confidente y él para mí era una sombra oscura que no lograba encontrar la imagen real que la proyectaba. Había generado en mi curiosidad una asombrosa paciencia.
Una de las últimas noches que nos vimos (la anteúltima para ser más preciso), me hizo unas preguntas que me revelaron su cruel verdad. Tomó su copa de vino, la acercó a su boca y me dijo con la voz quebradiza:
Kim- ¿Vos alguna vez creíste en mí realmente? ¿O solo te divierte escuchar las barbaridades y mentiras que un borracho solitario como yo te pueda brindar? Ante semejante pregunta quise ser lo más sincero que pude y le clave la verdad en en medio de la sien.
Le dije: -Mira Kim, lo que me acercó a ti aquella noche en que nos conocimos fue tu gracia y tu soledad, nada más y nada menos que eso. Pero no fui capaz de ver nada más que eso dentro de ti. Lo único que quizás ahora pueda comprender de ti es la razón por la que nunca me miraste a los ojos mientras conversábamos, no fuiste capaz de hacerlo hasta este instante. Si no miras a los ojos no podrás lograr que nadie crea en ti.
Kim- Sabes que ocurre, yo no puedo tener espejos en mi casa, no puedo verme reflejado en ningún lado porque caigo en un terrible infierno de inseguridades del que sólo podré salir embriagándome hasta adormecer mi odio a mí mismo. Y resulta que cuando te vi entrando al bar por primera vez, creí verme a mí mismo y no lo soporté. Igualmente me diste la fuerza suficiente como para creer que podía emerger de la oscuridad de mi palacio y enfrentarme al mundo tal cual creo que tú has logrado hacerlo¡Pero no puedo, simplemente no puedo!
Kim en aquella noche no estaba ebrio, y abrió un mar de lágrimas en medio de todas sus amantes que deambulaban cerca de él en aquel momento. Yo quise consolarlo con un par de burdas frases de convento pero no tuve éxito, e inesperadamente me pidió que lo dejara solo y que nos volviéramos a ver la semana próxima.
Por último, dijo: Kim- No te aflijas querido amigo, ahora puedes ver quien es en verdad este patético personaje del mundo oscuro de la alta sociedad, no hay nada que puedas hacer ya por mí. Pero debo agradecerte tu sinceridad y las horas de alegría que has regalado a este corazón azotado por el tiempo y la desolación. Quisiera confesarte algo. Tú sabes que yo aun no he visto a pesar de los más de veinte años que trabaja en mi palacio a mi sirvienta Ramona, bueno pues, hoy la he visto. Quizás sea esa la razón por la que me has visto así. Pero no comprendo la razón por la cual ella ha dejado debajo de mi cama un gran espejo con bordes y ribetes dorados.
No importa eso ya, déjalo así. Te pido que vuelvas la semana que viene, todo será como antes pero hoy necesito de mi soledad rutinaria. Pese a todo esto, intenté quedarme pero no hubo caso. Me pidió muy amablemente que me fuera y no quise ser descortés por lo cual tomé mi abrigo y salí del bar muy de prisa.
En el trayecto de regreso a mi hogar me fui pensando muy profundamente en cómo podría ser el paso del tiempo y de las horas para un ser tan frágil como Kim. Tengo la plena seguridad que sus horas se quemaban al ritmo que puede quemarse en la hoguera un leño verde y húmedo. En cierto sentido sus horas dolían demasiado y era difícil entender como lograba sobrevivir ante semejante adversidad. Quizás entonces deba admitir que a pesar de creerlo frágil en algún lugar de su corazón guardaba una fortaleza inmensa para soportar soledades y desamores, algo que una persona como yo jamás lograría soportar. Luego me puse a pensar en el regalo que le había hecho Ramona, no lograba captar la razón de regalar un espejo. Supongo que esa respuesta debería hacérsela a ella o a Kim. Mi cabeza comenzaba a sentirse pesada y decidí dejar de pensar tanto. Así tan sólo me dejé llevar por mis pasos para llegar a desplomarme en mi cama y dormir. No quise ni pensar en cómo estaría Kim, asique dejé que la semana siguiera su cauce y esperé verlo en la noche del viernes.
Al abrir la puerta del bar, y con la ansiedad de ver como estaba él, sentí la inmensa decepción de no verlo sentado junto a la ventana, pero supuse que quizás había preferido sentarse en otro lugar asique le pregunte al camarero si lo había visto, y él me dio la terrible noticia de que Kim, según los chismes del pueblo había desaparecido sin dejar rastro. Me atreví a preguntarle si sabía al menos dónde vivía él y si me podía informar cómo ubicar a Ramona para que ella me contara qué era lo que había sucedido con Kim en realidad. El camarero me indicó que fuera por la mañana apenas asome el sol y que Ramona podría estar en el palacio. Despues de eso, abandoné el lugar y me volví a mi casa muy triste, pero con la sensación de que nada malo había pasado con mi querido amigo.
Al amanecer camine las calles de empedrado, subiendo la gran cuesta que me llevaría hacia el palacio. Con mi último aliento golpeo con fuerza el gran portal del palacio. Rápidamente Ramona abre y me llama por mi nombre, algo que me resultó sospechoso o al menos intrigante.
Me invitó a sentarme en el salón principal en un lujoso sillón justo frente a un cuadro de bordes y ribetes dorados. Y sin que yo le hiciera pregunta alguna comenzó a hablar sin parar.
Ramona: -¡Mira, mira lo que le ha sucedido a mi querido amo!, ¡se ha mirado por primera vez en su vida al espejo y ha quedado preso dentro de él! Yo quería que se sanara, por esa razón es que se lo regalé, creí que si lograba ver quien era él en realidad su corazón sanaría para siempre. Pero paso todo lo que él temió durante su corta y triste vida. Al pararse frente al espejo, lo vi sorprendida como sonreía, lo vi tocarse su rostro, lo sentí amándose a sí mismo. Luego Kim extendió su mano tratando de tocar el centro del espejo, creo que quiso sentir que era él lo que reflejaba el vidrio y no otra persona. Pero apenas tocó el vidrio, su mano se hundió como si hubiera tocado una fuente de agua cristalina. Yo sentí pánico y traté de decirle que quitara la mano pero no me quiso hacer caso y metió el brazo más y más adentro, y cuando abrí los ojos en un segundo mi amo estaba allí dentro formando parte de un bello cuadro, sonriendo y dejando caer su última lágrima.
La pobre sirvienta no cesaba en su llanto al punto que ya molestaba.Yo no logro comprender todavía por qué razón estoy aquí dentro, sin poder moverme, ni tampoco por que el sillón en el que me creí sentado está vacío y solamente puedo reír o llorar o ambas. Pero sólo eso.
Todavía me pregunto que hay en la vida que nos hace seres tan especiales y distintos del resto. Todavía me pregunto qué quiso decir Kim cuando brindó conmigo por la belleza del ser humano y la triste felicidad. Todavía me queda comprender que rápido puede la vida misma acabarse y enviarnos un destino inesperado. Pero acabo de comprender a donde nos llevan cuando morimos.