Viajar. Viajar lo que se dice viajar he viajado mucho, pero confieso que, en realidad, he vivido mucho más de lo que he podido viajar. Y entiéndase que he sufrido el amor en el viejo continente casi tanto como lo he sufrido en este, al sur y más al sur. Y ni hablemos de aventuras del perdido por perdido y dormir en aeropuertos. De esperarte, que vengas a buscarme, o al menos recojas mi valija, porque declaro que es sumamente complicado dormir recostado sobre una butaca (con la valija de almohada). Cierto que se sufre, que duelen las manos y el cuello, tanto o más que a un perro sin dueño. La vida, ese caminar contando moneditas, es muy de allá y muy de acá, es más de lo mismo. He viajado por despecho, he viajado por viajar, y he viajado para alejarme de todo. Pero también he vivido en el destierro, sabiendo que el rumbo perdido es un país sin destino ni un lugar donde sentir. Supe sobrevolar las ciudades en época de guerra, las he visto también renacer en tiempos de otoños grises. Conocí el verdadero sabor de la lluvia, me olvidé del sol y emprendí la vida en soledad pero en compañía de un mundo extraño. El mundo, si logras comprenderlo, es el mismo en todos lados. Las barreras las pone el idioma, la soberbia de las religiones o la intransigencia de la política, que a lo largo de toda la historia de la humanidad no ha conseguido más que dejarnos a la deriva. Ahora puedo comprender que deberíamos eliminar las fronteras, para así poder caminar libremente, si total no hay necesidad de pedirle visa a un hombre como yo. Necesitamos de la libertad para poder amar, necesito obviar las diferencias para poder encontrarte, pero con tantos obstáculos, simplemente me siento como pasajero en tránsito (lo cual sería, algo así como sediento, sin agua, con calor, y con abstinencia de lluvias). ¡UFFFFFF! Totalmente enfermo, no puedo siquiera imaginarlo.