En un momento del tiempo algo se rompe. En ese lapso imperceptible del tiempo nada vuelve a ser lo que supo ser. No habrá palabras que puedan rescatar ese momento del ahogo que le produce saber que lo está perdiendo. Quizás soy inoportuno y cuando menos te lo esperas, ya estaré armando mis valijas para irme a buscar otro corazón clandestino. O es que seré un insensible que se va sin que lo echen y no deja cartas de despedida.
Es tan ausente el tiempo que cuando uno lo quiere encontrar de buen humor, se nos pone muy curioso y así simplemente se va. Cuestión de costumbres dirá el tiempo si se lo preguntas. O cuestión de honor te diré yo si me lo preguntas. En todo caso la costumbre es la raíz de todos los conflictos.
Si la señora Alba, se sienta todas las tardes en la mesa de la última fila, pide un café solo con tres de azúcar, se fuma 10 cigarrillos en una hora y luego simplemente se va, es por costumbre que lo hace. Acciones encarnadas muy en lo profundo como para intentar desterrarlas.
No tengo la menor idea que es lo que ella busca, ella simplemente se sienta a tomar una café, fuma de una manera descarnada, paga la cuenta y se va. Sus ojos no dicen nada, y eso es lo más extraño de todo. Cada momento en que la observo, su mirada no tiene fondo, no hay un final en esa mirada, y así de fácil me pierdo. Me doy por vencido y sigo mi camino.
Intento luego más tarde sacar conclusiones y por costumbre llego a pensar que alguien la debe haber convencido de lo fácil que era sentarse a esperar el amor en un bar o peor aún, de lo sutil de sentarse a olvidar el amor en la soledad de un cafetín porteño. Al final de cuentas, el resultado da siempre igual. Todo en un momento del tiempo se torna una costumbre animal y nos pierde en momentos imperceptibles, llevándonos al vacío y la inseguridad de no saber regresar a tiempos mejores. Quizás algún día Alba decida olvidar.