domingo, 13 de septiembre de 2015

Placeres incompletos

Que debería pasar para que el círculo del placer se complete, y no quede dando vueltas dentro de un infinito plan de desasjustes. Nada parece ser más claro, el placer debe ser completo. No sirve de nada para nuestra autoestima dejarlo a medio hacer. No me interesa un carajo, si el placer mismo llega al 99% de su pureza. El placer por placer es siempre al cien por cien o simplemente es un callejón sin salida. Pensemos juntos lo siguiente: un café desacafeinado, un vaso de vino fino tinto servido en una taza de té. Me voy aun más lejos y afirmo: un asado sin chorizo y morcilla, con un asqueroso trozo de pechuga de pollo en la parrilla. Un flan descremado con dulce de leche light, un vaso de cerveza helada sin alcohol. ¿Y entonces para qué? Para que mierda queremos todo eso si en realidad no lo disfrutaremos. Podríamos pensar en tener 57 autos de colección encerrados en un garage, limpiar cada uno de ellos todos los días, lustrarlos hasta el hartazgo, abrir la puerta para mostrarlos al mundo, y volver a cerrarla. Otra vez me pregunto ¿para que carajo? Estúpido como ese cardo que pasa rodando en medio del viento y la tierra del pueblo que duerme. Tener mucho pero mucho pero mucho dinero, y muy pero muy bien guardado en una cuenta de un banco suizo, y un día de repente: ¡Noc, Noc! La parca toca tu puerta. Vos te vas y tu platita la disfrutará otro. ¡Y nunca has ido a un recital de rock! Estar en medio de una inmensa multitud, sentir que realmente sos nadie, y absolutamente nadie, pero estás vivo. La música sale desde el escenario, se sube a tus pies y trepa eléctricamente por tus venas y te hace vibrar. Te desarma, te da el lujo de verte a vos mismo desnudo, de hacerte sentir igual de humano y miserable que el resto de miles de almas que te presionan. Te sentís absolutamente vivo. La vida y la religión reinando en tu vida, te deja incompleto. La religión no es sana, ninguna, cualquiera que sea ésta. Nada de eso existe en realidad, la pureza está en otro lado. ¡¿Por qué no puedo yo ir a rezarle a mi dios a una plaza?! ¿¡Velar a la persona que más amo en la vida frente a una playa y soltar sus cenizas al viento! ¿¡Y así como así decirle adiós y nada más!?
Ya no se si existirá, pero no podría existir el barrio sin el almacén ni la peluquería. Ni un club sin socios que toman un cafecito en el bar. Minimalismos podrían ser: un sandwich de milanesa sin mayonesa y con pan de salvado ¡Si eso último está totalmente incompleto! ¿Quién pudiera? Pero me deprime de sobremanera, prefiero no pedirlo y seguir de largo. Más desubicado que un McDonalds en Cuba, ¡pero claro! Si todo llega en la vida, ¿no Don Ñembro? ¿Y la política sin corrupción? No, imposible ya no sería política en si mismo sino más bien una charla de café entre amateurs del arte de hacer el mal. ¿Cómo se hace en el primer mundo con los chorros y las muertes de personas inocentes? ¡¿Realmente pensamos que eso sólo pasa en este maldito país?! Ahhh, claro. Siendo claros, y no ciegos, si miles de niños llegan al mundo por día, lo lógico es que otros tantos se vayan, y no hablamos ya sólo de niños. Muertes por hambre, por guerras, por drogas, por enfermedades crónicas e irreversibles, por amor, por desgano, por intentar cruzar la frontera. Fronteras que no debieran existir porque son tan o más malignas que las religiones. Todo lo que separa, lo que divide o clasifica debiera desaparecer. El mal, es el mal y sino fuera así sería también totalmente incompleto. Placer de unos y locuras para otros, pero no se hace el mal a medias. Así podrá aparecer la felicidad como reina única de la fiesta de pocos, pero miremos un poco más, y ella debería estar lista para todos. Ya no para unos pocos. Y es que todo, absolutamente todo lo que pasa alrededor es parte de algo que nos toca. La felicidad aparece como el suero para el enfermo, gota a gota te alimenta y te mantiene vivo ¡Pero sólo es una gota! Si, claro pero te mantiene vivo. Y no es poca cosa.

Quiero volver al inicio de todo el asunto. Esa gota que te mantiene vivo, es ese café de la mañana con dos hermosas medialunas y mucha cafeína. Un hermosa copa de vino fino tinto. Una cerveza helada con alcohol y algún amigo de ocasión. Un pedazo de cielo en medio del campo abierto. Una banco, una plaza, un rayo de sol y un libro ¡Un asado completo sin pollo por favor! Un flan cargado de crema y con dulce de leche, hasta explotar. Un sillón con lugar para dos. El cine un martes al mediodía y la sala completamente vacía, sólo para mí. Saludar a mi barrio cada tanto. La familia, los amigos y todos nuestros amores, sin discriminarlos, un día para cada una de ellas. La felicidad como cosa simple, el mal como cosa juzgada y elemental del mundo. Y todo lo demás también.

domingo, 29 de marzo de 2015

La Orquesta del Acumulador

Que contar de ese hombre alto, a veces flaco, de anteojos grandes que ven mucho más de lo que sus queridos vecinos creen. Que decir de ese tipo que acumuló de todo a su paso. Que podría yo agregarle a quienes lo ven de vez en cuando pateando las calles de la falda, que ellos no sepan. Es que allá en el barrio todos saben todo de todos. Supongo que lo único que no ha podido acumular son zapatos, ya que tiene los mismos mocasines desde que tengo uso de razón. Eran esos que veía llegar volando desde la puerta de mi cuarto hasta mi espalda, cuando no se le permitía dormir la tan merecida siesta de la tarde. Sagrada de por sí, pasadas las doce treinta horas del mediodía en la ventosa ciudad, las persianas metálicas de los mercaditos caen tan rápido como los párpados de sus dueños al desplomarse en sus camas. El rechinar de los resortes provocan un concierto de desconciertos mientras el vientos no para de soplar y la tierra se mete entre las rendijas de las puertas y ventanas de madera de esta hermosa esquina de Belgrano. Y ya no podía pasar nada más, persianas a media asta, moscas en silencio dando vueltas por la casa buscando donde esconderse, poca luz y mucho sueño.
Dormir la siesta soñando despertar alrededor de las cuatro de la tarde para volver a arrancar el motor es una bendición de estos barrios, de estos lados, de las pequeñas y tantas veces maldecidas ciudades del sur bonaerense, de los pueblos grandes. Mientras el grandote gruñón de ojos verdosos y patas grandes camina y todos quieren saludarlo, pero nadie se anima, la tarde ya comienza a despertarse. Todo empieza otra vez en las oficinas de la calle Alsina. Que vendo y arreglo máquinas de oficina y de escribir, calculadoras y todo tipo de artefactos que tengan que ver con la computación –aunque si mal no recuerdo todavía no existían las computadores, y nadie sabía arreglarlas-, que suma sur que alsina y que brandsen al noventa, y me imagino que el pobre loco quería mandar todo a la concha de su madre pero no se animaba, no podía porque todos sabían en el rioba que a sus veintipico ya había acumulado seis enormes críos. Dos pibas altas y flacas, estudiosas, muy hermosas. Cuatro pibes, medio animales, poco estudiosos, y todos ellos pata flaca y pie grande. Mientras los queridos niños hijos del gran acumulador crecían, las deudas aumentaban proporcionalmente a su altura y apetito insaciable. Se acumulaban las facturas vencidas que Marce cajoneaba para que Monito no las encontrara pero finalemente aparecían y la calculadora... la calculadora nunca cerraba las cuentas como el pobre Marcelito hubiera querido. Cómo laburaba el pobre viejo. ¡Cómo laburaba! Si había algo que no se podía negar ahí en el barrio era la pobreza. Es que en aquellos años dorados entre la transición alfonsinista de la hiper-hiper inflación y las patillas del riojano con el uno a uno y todos a viajar por el mundo menos nosotros que entre los ocho integrantes y los no se cuantos perros y gatos que había acumulado no aparecía nunca la manera de meterse todos juntos en un bondi y rajarnos aunque más no sea a monte hermoso en las tan ansiadas pero nunca logradas vacaciones familiares. Con la excepción de aquel fallido arranque dominical donde nos vimos viajando apretados en la Rambler modelo sesenta y pico con rumbo a Pehuen-Co; pero si mal no recuerdo nunca llegamos porque el motor no soportó tanto calor y ahí nos quedamos. Creo que el viejo también nos orquestó un viajecito todos juntos –menos Monito- a ver la nieve a Sierra de la Ventana, zona montañosa cercana a la ciudad del viento y de la tierra, donde parecía que por primera vez en cincuenta años estaba cayendo agua nieve y el Marce quería que viésemos nevar, asique todos arriba de nuevo y allá fuimos. Llegamos, pero ya no había casi nieve, y entonces decidimos volver. Y así creo que el recuento de vacaciones familiares llega a su fin. Pero Brandsen noventa y el motor gasolero, y las deudas, y el flaco largo tenía en su mamá Marta a su ángel guardián. Hermosa madre, tan simpática y amorosa que uno pensaba -¿que había pasado con  la genética en este caso? Matafuego en mano llegaba la abuela para traer un poco de alivio a tanto laburo, tanto transpirar y los lentes empañados que ya no daban más de los nervios. Y allá anda Mono que limpia de acá para allá, que sube y baja, que va y viene al mercado cien veces por día, que anotame esto y mañana o pasado paso a pagarte, y el desayuno, el almuerzo, la leche de la tarde y la cena. Que de los cuatro guachos no hay ni uno que diga estoy lleno mamita ya no doy más. Que un plato de arroz con pollo, que dos que tres y hasta que no rasque la olla y le saquemos brillo los pibes no paran. Así se fueron acumulando deudas, hijos, amigos que le fue dando el radbi, y los amigos de los hijos que se fueron volviendo sus propios hijos, y tuvo seis, siete, ocho, nueve, diez, ¡interminables! Todos antes y después de entrenar a la esquina de Belgrano y Rojas, y así no entra nadie más acá. Los gritos de las pobres hijas que no pueden estudiar, ¡que se vayan a la mierda estos pibes, que son unos vagos y vienen a romper las bolas acá! Cuanta razón, pobres mujeres. ¡Pobre la madre! ¡que paciencia la pucha digo! diría alguien que ya no recuerdo, pero que lo decía, lo decía.
No puedo dejar de mencionar la cantidad de cuñadas y cuñados que acumuló. Once de ellos, creo que eran nueve mujeres y dos hombres. Y no sólo que los fue acumulando a los cuñaditos y cuñaditas sino que los hospedó, les dio de comer, los protegió y asi se ganó el cariño y el respeto de todas las hermanas y hermanos de su querida Monito. Y que la choda no, que Marisa, que Coquito, que la choda que Maricha, ¡que quilombo la putísima madre! Lo pienso y les hago un monumento a los dos. Me hago otro monumento para mí y otro para mis hermanos. En medio de la 9 de Julio o en la Plaza Rivadavia, pero nos merecemos un monumento. De Alsina a Brandsen noventa, y antes la fallida abogacía. Y menos mal que falló con lo de la abogacía porque sino tendría un padre abogado, y dicho por mi mismísimo padre los abogados son todos garcas, con perdón de todos los abogados pero eso lo dijo él. Y si hubiera sido abogado no hubiera tenido seis hijos, y hubiéramos sido probablemente familia de clase alta, sin problemas económicos, sin abuela apaga incendios, sin amigos del radbi, sin radbi y lo más probable sin nuestra amada Monito. Que sería de todos nosotros sin Monito, su orden, su sangre, su obstinada paciencia para enseñarnos matemáticas, limpiar seis pañales a la vez, hacer ocho platos de comida repletos, y la comida vegetariana para las pibas porque si ellas eran especiales y tenían un trato especial, bien merecido lo tenían y que carajo. Pero las máquinas de escribir, las Olivetti, y las teclas desparramadas y Luis Yuin, y después las calculadoras, y las computadoras que nadie sabía arreglar pero el loco se las ingenió y subsistió, y le metió y siguió y dale para adelante. Y la mudanza, y que la casa de las esquina no se termina más. QueTata que Estelita. Que Omarcito que Longoni. Y Mono de acá para allá con los críos, que Pehuen-Co, que el campo de Marti, hasta que volvimos y ahí nos quedamos. Y después la crisis, y que cerramos el negocio del abuelo que Marcelito heredó y bancó como pudo. Después Coca-Cola y Arpolar, y las escaleras, los cableados por todo el país, las alturas y encima se le ocurrió la Copa Patagonia y cada vez más libros y más amigos. Ken Pope, Mariano y Peteto, ¡pero qué quilombo! Y Mono en medio de todo este bardo. Que los viajes, que los libros, los asados de los jueves, y los lunes en la uñón, así vivíamos en esta hermosa esquina de La Falda.
Hace frío, la estufa no da abasto para tanta casa, las frazadas se acumulan una encima de la otra, porque el frío azota en esta ciudad y no tiene piedad. El viento te sopla en la cara mientras caminas rumbo a la escuela treinta y nueve, unas diez cuadras rutinarias que eran una plegaria sostenida. El aire helado de las siete de la matina te vuelven los pómulos cartón, la cara es todo un espasmo consumado de sufrimiento y libros encerrados. De esas ganas enamoradas de seguir durmiendo calentito pero a levantarse que son las siete y me cago en todo lo que se mueve, porque soy un niño y no quiero tener obligaciones, ninguna. Pero como decirle a semejante loco que no me quiero levantar, si yo ya tenía bien sabido que se venía el zapato volando. Hubiera sido conveniente una revuelta entre los cuatro para negarnos a ir a la escuela y seguir durmiendo, pero eso significaba quedarse sin comer, sin el radbi, sin ir a jugar un picadito con el Sergio, el Quequi, el Cristian, el Farol y el Casco, algunos delincuentes más de la esquina de los marginados. ¿Que será de ellos, que será del picado?
Los libros ahí están. Por todos lados, por toda la casa. Apilados en el escritorio, llegando por correo desde Francia, en Buenos Aires, en el avión, pero sobre todo arriba del escritorio apilados hasta el riesgo de derrumbe. Acumulador de libros, de papeles, de anotaciones, de cosas en los cajones, de archivos en la computadora, de cuentos, de historias. Acumulador de desorden inordenable. Acumulador de oficios: reparador de máquinas, instalador de redes de internet, entrenador de radby, reunidor en la unión, sereno de obra en construcción, y cuando podía era visitador de Fosatti (el de los ojos verdosos) para tomar unos mates y escuchar sus consejos. Y yo me acuerdo de sus ojos y de la enorme jaula llena de pájaros. Mientras todo eso pasaba, traducía al español al intraducible de James Joyce, no una, sino dos veces, dos libros. Acumuló cuentos, porque El olor de los Jazmines no tiene nada que envidiarle ni a la Maga ni a Manú, ni a Borges. Y cuando hablo de Borges hablo del escritor, pero también tuvimos en casa un Borges muy especial. Parte de la acumulación de mascotas que monito con su manera tan especial de querer a todos sus hijos, quiso engrosar el número y adoptó más hijos. No, tampoco estoy hablando de los amigos de sus hijos. Hablo de sus otros hijos las mascotas. ¡Fueron tantos! Sombra y Neblina, Otto el perro mudo, Apu el flacucho ingobernable. Y estaba Dante, el perro ciego y diabético, que fue criado y amado como si lo hubiera parido. ¡Que ganas de sacarte a pasear de nuevo perro grandote y gruñón. El tiempo volaba, que Bahía que la moto que Choroi y no se que carajo de excusas, nosotros sabemos seguir para adelante.

Es cierto, las acumulaciones son interminables, y siguen. Porque Merito Travel y El Cuenco del Plata, y Nueva Zelanda, Francia y su biblioteca, y encima se viene otro hijo más, se viene Ulises. Y yo no se como mierda hace la pobre Monito para soportar tanto. Que los nietos están llegando y no paran, y mono ya tiene tres en brazos y se viene otro y no se como carajo va a hacer la pobre santa. Lo bueno es que de la esquina de Belgrano y Rojas, estos animales que fue acumulando el loco, no nos iremos jamás. Y habrá que seguir acumulando sueños, recuerdos y emociones, porque así es el camino de vuelta a casa, una suerte de paseo irrepetible, viento fresco y narices frías. 

sábado, 21 de febrero de 2015

Teoría inicial sobre el caos

Hoy se calcula que diariamente mueren al menos unas seis mil personas en América del Sur, y yo he iniciado una teoría sobre las causas del caos que esto provoca en las vidas de todos nosotros. Es difícil poder explayarse sobre este tema, y como toda teoría debería haber un planteamiento de hipótesis o al menos una pregunta que nos lleve a investigar las posibles  respuestas (quizás miles de respuestas a una insignificante pregunta). Pero quizás aún más difícil sería poder armar un marco teórico que no me lleve al naufragio tempranero y darle un final modesto a mi teoría. Cuando digo tempranero es porque considero que al fin y al cabo todos naufragamos, y mi idea al menos es que esto suceda más tarde que temprano. Se entiende o al menos yo lo hago, que dentro de ese marco teórico deberían estar contenidas y definidas las palabras claves de mi pregunta, para lo cual posteriormente tendría que meterme en la imposible tarea de diseñar un trabajo de campo, teniendo además que sofocarme en la repugnante misión de convertir en números mis pensamientos, y eso puede convertirme lentamente en un ser aún más despreciable del que ya soy. Por eso es que no quisiera acercarme demasiado a los números.
¡Salí de acá gato de mierda!- Perdón eso no entra dentro de la teoría. En fin, daré mi primer paso y diré a mis pobres lectores lo que pienso: intento explicar lo inexplicable mientras le aplico un chut en medio del lomo al gato que estaba metiendo su lengua en mi taza de café, algo que se repite hasta el hartazgo y que no consigo sacar de sus manías y costumbristas actos psicóticos.
¿De qué hablo cuando hablo del caos? Es que estamos asistiendo –pienso yo- al final del amor puro, lo que a su vez lleva a que haya más caos, más desorden, más lluvias, más inundaciones, y donde no haya excesos de lluvias por la furia que provoca que se rompan los designios del señor, serán sequías extremas, insolaciones, hambrunas, desnutriciones, pobreza extrema y absurda, asesinatos y violaciones. Es el caos dentro del caos, a eso quería llegar yo. En parte debo darle este crédito al gato, pero prefiero aún no darle mucho más que eso, por ser un animal de costumbres, ellos siempre operan con gran habilidad dentro del caos.
Ahora me tocaría respetar la metodología de la investigación y plantear la pregunta, definir mis palabras claves, hacer una introducción y esbozar el marco teórico con cierto orden, pero como mis lectores lo entenderán, tanto el gato como yo, operamos mucho mejor dentro del caos. Mejor si es un caos dentro del caos. Por el momento, simplemente diré que el caos es culpa de la tecnología, especialmente la telefonía celular, el wifi, las apps, el 3g y el 4g, los chats, las computadoras (aunque ya nadie las usa, porque ya ni eso necesitamos); es ahí dentro donde opera el caos, donde como una gato sin dueño me iría por los tejados –dice Joaquín- en busca del amor sutil (amor en polvo, o amor instantáneo lo llamo yo) que nos sale por los poros y se termina en la primera eyaculación precoz. Todos los designios hechos en virtud del amor por los dioses griegos se van por los caños cuando pasa que Marcos le rompe el corazón a Olivia para irse con Juana, a quien conoció a través del celu usando una app nueva que te dice a quien tenés al lado en el subte y si te gusta apretás un corazón y si ella también lo aprieta, chau chau, se armó una cama hermosa y a llorarle a Joaquín -que rara vez se equivoca-. Así se desarma lo que estaba planeado desde el comienzo de los tiempos, se desatan las tormentas, tornados, ciclones, tsunamis y todo lo que haya, porque si no para que mierda los griegos o los teotihuacanos, o cualquier dios que quieran creer que haya existido, se tomó tanto tiempo en armar las parejitas año por año, fecha por fecha y ciudad por ciudad, millones de millones de combinaciones como talladas a mano para que aparezca un boludo a cagarnos la vida con los celulares y que nos puedan encontrar cuando no queremos que nos encuentren o al menos que no estaba pensado que nos veamos. Claro que la culpa no es de Marcos, ni de Juana, mucho menos del gato o mía, que ya me encuentro desesperado por explicar lo inexplicable. Así las cosas, para cada cagada, cada infidelidad, cada muerte por amor, un dios se vuelve loco, se toma un whisky, y desata las tormentas más terribles.
¡Timbre de mierda! Inoportunismo pelotudo de los pelotudos que ofrecen sus inoportunas visitas sin siquiera tener la decencia de avisarle al pobre pelotudo que los recibe. En este caso, paso de seguir siendo tan pelotudo y seguiré pretendiendo que es posible explicar mi débil teoría sobre el caos. Dicen que allá por la Segunda Guerra Mundial los alemanes fueron vencidos por los aliados gracias a la aparición de la primera máquina. Un invento que era capaz de decifrar los códigos alemanes durante las comunicaciones. El nazismo sería finalmente vencido por las fuerzas aliadas, millones de vidas fueron salvadas pero otros tantos millones de vidas fueron destrozadas. Más caos dentro del caos. Y si eso no fue el verdadero caos, este se parece bastante. No en su esencia más visible y carnal. Pero claro, hoy esas guerras no existen. Hoy las guerras se pelean online, se escriben a través de los periódicos que provocan una mentira que genera otra mentira, y la bola de nieve nos va aplastando y metiendo uno por uno, y así vamos hundiéndonos en el caos barranca abajo y sin control. Mientras tanto, vos no estás, no sé a dónde carajo te fuiste un sábado a la tarde para nunca más volver. Me dejaste, entonces yo me voy por ahí creyendo lo que siempre creí. Que no puedo serte fiel, que estoy hecho para engañarte a cada momento y en todos lados, pero no puedo resistirme a volver.
Volviendo a la esencia del caos, las máquinas, los celulares, las guerras virtuales, los pelotudos inoportunos, los solitarios que viven despojados de amores pero que recurren siempre en el mismo error, como un perro que intenta mascarse su propia cola y da vueltas en círculos, y con final anunciado terminamos diciéndole -¡perro pelotudo deja de dar vueltas!-. Bueno, creo que de manera muy gráfica acabo de definir nuevamente el caos. Definido el caos, en menor o mayor medida, debo avanzar a definir la palabra teoría. Creo que es un concepto mucho más dócil, más definible que por sí mismo cae siempre en el mismo lugar. Debemos aceptar que una teoría es el verso que creamos en nuestras mentes para intentar entender lo inentendible, es decir inventamos teorías para protegernos, para pensar que lo que pensamos es lo correcto. Luego, pasado el tiempo todas las teorías se derrumban porque apareció alguien más brillante que nosotros planteando una con más verso y sustento, y la nuestra cae al mar del olvido.
Yo ahora creo que mi teoría se está viniendo abajo, y antes de que eso pase prefiero cerrar una idea. Y si después de haberla concluido, se derrumba, me importará un carajo porque al menos ya habré contado lo que me pasa. Redondeando, creo que estamos viviendo en pie de guerra, estamos acechados por millones de posibilidades por segundo, y el amor de verdad quedó lejos, allá por la Segunda Guerra, cuando Marta se tuvo que rajar de España porque moría de hambre y se vino para América del Sur (bien al sur) con una pequeña maleta repleta de sueños. Aquí conoció a un tal Jorge Luis que trabajaba en una panadería, porque casualmente una mañana muerta de hambre y de frío, salió a buscarse la vida en otro mundo, en otra vida. Pero eso ya no existe, hoy tenemos chat, watsap, 3g y wifi en todos lados, pero no vemos al de al lado como solíamos hacerlo. En realidad creo que nos estamos quedando ciegos de tanta guerra, tanta pelea y tantas mentiras. Hay que salir, hay que desenroscarse de una buena vez para ver el sol, y si el pronóstico me dice que va a llover, aún mejor, porque la lluvia es la bendición más ignorada que existe, pero es una bendición al fin. Salgamos un poco más, caminemos la ciudad, sentémonos un buen rato a leer a Cortázar en un banco en una plaza cualquiera, dibujemos círculos con los pies, levantemos hojas secas, y apaguemos todo de una puta vez. Amen.