Que contar de ese hombre alto, a veces flaco, de anteojos grandes que ven mucho más de lo que sus queridos vecinos creen. Que decir
de ese tipo que acumuló de todo a su paso. Que podría yo agregarle a quienes lo
ven de vez en cuando pateando las calles de la falda, que ellos no sepan. Es
que allá en el barrio todos saben todo de todos. Supongo que lo único que no ha
podido acumular son zapatos, ya que tiene los mismos mocasines desde que tengo
uso de razón. Eran esos que veía llegar volando desde la puerta de mi
cuarto hasta mi espalda, cuando no se le permitía dormir la tan merecida siesta
de la tarde. Sagrada de por sí, pasadas las doce treinta horas del mediodía en
la ventosa ciudad, las persianas metálicas de los mercaditos caen tan rápido
como los párpados de sus dueños al desplomarse en sus camas. El rechinar de los
resortes provocan un concierto de desconciertos mientras el vientos no para de
soplar y la tierra se mete entre las rendijas de las puertas y ventanas de
madera de esta hermosa esquina de Belgrano. Y ya no podía pasar nada más,
persianas a media asta, moscas en silencio dando vueltas por la casa buscando
donde esconderse, poca luz y mucho sueño.
Dormir la siesta soñando despertar
alrededor de las cuatro de la tarde para volver a arrancar el motor es una
bendición de estos barrios, de estos lados, de las pequeñas y tantas veces
maldecidas ciudades del sur bonaerense, de los pueblos grandes. Mientras el
grandote gruñón de ojos verdosos y patas grandes camina y todos quieren
saludarlo, pero nadie se anima, la tarde ya comienza a despertarse. Todo empieza
otra vez en las oficinas de la calle Alsina. Que vendo y arreglo máquinas de oficina y
de escribir, calculadoras y todo tipo de artefactos que tengan que ver con la
computación –aunque si mal no recuerdo todavía no existían las
computadores, y nadie sabía arreglarlas-, que suma sur que alsina y que
brandsen al noventa, y me imagino que el pobre loco quería mandar todo a la concha de
su madre pero no se animaba, no podía porque todos sabían en el rioba que a sus
veintipico ya había acumulado seis enormes críos. Dos pibas altas y flacas,
estudiosas, muy hermosas. Cuatro pibes, medio animales, poco estudiosos, y
todos ellos pata flaca y pie grande. Mientras los queridos
niños hijos del gran acumulador crecían, las deudas aumentaban
proporcionalmente a su altura y apetito insaciable. Se acumulaban las facturas
vencidas que Marce cajoneaba para que Monito no las encontrara pero finalemente
aparecían y la calculadora... la calculadora nunca cerraba las cuentas como el
pobre Marcelito hubiera querido. Cómo laburaba el pobre viejo. ¡Cómo
laburaba! Si había algo que no se podía negar ahí en el barrio era la pobreza. Es que en
aquellos años dorados entre la transición alfonsinista de la hiper-hiper
inflación y las patillas del riojano con el uno a uno y todos a viajar por el
mundo menos nosotros que entre los ocho integrantes y los no se cuantos perros y
gatos que había acumulado no aparecía nunca la manera de meterse todos juntos
en un bondi y rajarnos aunque más no sea a monte hermoso en las tan ansiadas
pero nunca logradas vacaciones familiares. Con la excepción de aquel fallido
arranque dominical donde nos vimos viajando apretados en la Rambler modelo
sesenta y pico con rumbo a Pehuen-Co; pero si mal no recuerdo nunca llegamos
porque el motor no soportó tanto calor y ahí nos quedamos. Creo que el viejo
también nos orquestó un viajecito todos juntos –menos Monito- a ver la nieve a
Sierra de la Ventana, zona montañosa cercana a la ciudad del viento y de la
tierra, donde parecía que por primera vez en cincuenta años estaba cayendo agua
nieve y el Marce quería que viésemos nevar, asique todos arriba de nuevo y
allá fuimos. Llegamos, pero ya no había casi nieve, y entonces decidimos volver. Y así
creo que el recuento de vacaciones familiares llega a su fin. Pero Brandsen
noventa y el motor gasolero, y las deudas, y el flaco largo tenía en su mamá
Marta a su ángel guardián. Hermosa madre, tan simpática y amorosa que uno pensaba
-¿que había pasado con la genética en
este caso? Matafuego en mano llegaba la abuela para traer un poco de alivio a
tanto laburo, tanto transpirar y los lentes empañados que ya no daban más de
los nervios. Y allá anda Mono que limpia de acá para allá, que sube y baja, que va y
viene al mercado cien veces por día, que anotame esto y mañana o pasado paso a
pagarte, y el desayuno, el almuerzo, la leche de la tarde y la cena. Que de los
cuatro guachos no hay ni uno que diga estoy lleno mamita ya no doy más. Que un
plato de arroz con pollo, que dos que tres y hasta que no rasque la olla y le
saquemos brillo los pibes no paran. Así se fueron acumulando deudas, hijos,
amigos que le fue dando el radbi, y los amigos de los hijos que se fueron
volviendo sus propios hijos, y tuvo seis, siete, ocho, nueve, diez, ¡interminables! Todos antes y después de entrenar a la esquina de Belgrano y Rojas, y así no entra nadie más acá. Los gritos de las pobres hijas que no pueden
estudiar, ¡que se vayan a la mierda estos pibes, que son unos vagos y vienen a
romper las bolas acá! Cuanta razón, pobres mujeres. ¡Pobre la madre! ¡que
paciencia la pucha digo! diría alguien que ya no recuerdo, pero que lo decía, lo
decía.
No puedo dejar de mencionar la cantidad de cuñadas y cuñados
que acumuló. Once de ellos, creo que eran nueve mujeres y dos hombres. Y no
sólo que los fue acumulando a los cuñaditos y cuñaditas sino que los hospedó,
les dio de comer, los protegió y asi se ganó el cariño y el respeto de todas
las hermanas y hermanos de su querida Monito. Y que la choda no, que Marisa,
que Coquito, que la choda que Maricha, ¡que quilombo la putísima madre! Lo pienso
y les hago un monumento a los dos. Me hago otro monumento para mí y otro para
mis hermanos. En medio de la 9 de Julio o en la Plaza Rivadavia, pero nos
merecemos un monumento. De Alsina a Brandsen noventa, y antes la fallida abogacía.
Y menos mal que falló con lo de la abogacía porque sino tendría un padre
abogado, y dicho por mi mismísimo padre los abogados son todos garcas, con
perdón de todos los abogados pero eso lo dijo él. Y si hubiera sido abogado no
hubiera tenido seis hijos, y hubiéramos sido probablemente familia de clase alta,
sin problemas económicos, sin abuela apaga incendios, sin amigos del radbi, sin
radbi y lo más probable sin nuestra amada Monito. Que sería de todos nosotros
sin Monito, su orden, su sangre, su obstinada paciencia para enseñarnos
matemáticas, limpiar seis pañales a la vez, hacer ocho platos de comida
repletos, y la comida vegetariana para las pibas porque si ellas eran especiales
y tenían un trato especial, bien merecido lo tenían y que carajo. Pero las máquinas
de escribir, las Olivetti, y las teclas desparramadas y Luis Yuin, y después
las calculadoras, y las computadoras que nadie sabía arreglar pero el loco se
las ingenió y subsistió, y le metió y siguió y dale para adelante. Y la
mudanza, y que la casa de las esquina no se termina más. QueTata que Estelita. Que Omarcito que Longoni. Y Mono de acá para
allá con los críos, que Pehuen-Co, que el campo de Marti, hasta que volvimos y ahí
nos quedamos. Y después la crisis, y que cerramos el negocio del abuelo que
Marcelito heredó y bancó como pudo. Después Coca-Cola y Arpolar, y las
escaleras, los cableados por todo el país, las alturas y encima se le ocurrió
la Copa Patagonia y cada vez más libros y más amigos. Ken Pope, Mariano y
Peteto, ¡pero qué quilombo! Y Mono en medio de todo este bardo. Que los viajes,
que los libros, los asados de los jueves, y los lunes en la uñón, así vivíamos
en esta hermosa esquina de La Falda.
Hace frío, la estufa no da abasto para tanta casa, las
frazadas se acumulan una encima de la otra, porque el frío azota en esta ciudad
y no tiene piedad. El viento te sopla en la cara mientras caminas rumbo a la
escuela treinta y nueve, unas diez cuadras rutinarias que eran una plegaria
sostenida. El aire helado de las siete de la matina te vuelven los pómulos
cartón, la cara es todo un espasmo consumado de sufrimiento y libros
encerrados. De esas ganas enamoradas de seguir durmiendo calentito pero a
levantarse que son las siete y me cago en todo lo que se mueve, porque soy un
niño y no quiero tener obligaciones, ninguna. Pero como decirle a semejante
loco que no me quiero levantar, si yo ya tenía bien sabido que se venía el
zapato volando. Hubiera sido conveniente una revuelta entre los cuatro para
negarnos a ir a la escuela y seguir durmiendo, pero eso significaba quedarse
sin comer, sin el radbi, sin ir a jugar un picadito con el Sergio, el Quequi,
el Cristian, el Farol y el Casco, algunos delincuentes más de la esquina de los
marginados. ¿Que será de ellos, que será del picado?
Los libros ahí están. Por todos lados, por toda la casa. Apilados
en el escritorio, llegando por correo desde Francia, en Buenos Aires, en el
avión, pero sobre todo arriba del escritorio apilados hasta el riesgo de
derrumbe. Acumulador de libros, de papeles, de anotaciones, de cosas en los
cajones, de archivos en la computadora, de cuentos, de historias. Acumulador de
desorden inordenable. Acumulador de oficios: reparador de máquinas, instalador
de redes de internet, entrenador de radby, reunidor en la unión, sereno de obra
en construcción, y cuando podía era visitador de Fosatti (el de los ojos verdosos) para tomar unos mates y escuchar sus consejos. Y yo me acuerdo de sus ojos y de la enorme jaula llena
de pájaros. Mientras todo eso pasaba, traducía al español al intraducible de
James Joyce, no una, sino dos veces, dos libros. Acumuló cuentos, porque El olor
de los Jazmines no tiene nada que envidiarle ni a la Maga ni a Manú, ni a Borges.
Y cuando hablo de Borges hablo del escritor, pero también tuvimos en casa un
Borges muy especial. Parte de la acumulación de mascotas que monito con su
manera tan especial de querer a todos sus hijos, quiso engrosar el número y
adoptó más hijos. No, tampoco estoy hablando de los amigos de sus hijos. Hablo de
sus otros hijos las mascotas. ¡Fueron tantos! Sombra y Neblina, Otto el perro
mudo, Apu el flacucho ingobernable. Y estaba Dante, el perro ciego y diabético, que fue
criado y amado como si lo hubiera parido. ¡Que ganas de sacarte a pasear de
nuevo perro grandote y gruñón. El tiempo volaba, que Bahía que la moto que Choroi y no se que
carajo de excusas, nosotros sabemos seguir para adelante.
Es cierto, las acumulaciones son interminables, y siguen. Porque
Merito Travel y El Cuenco del Plata, y Nueva Zelanda, Francia y su biblioteca,
y encima se viene otro hijo más, se viene Ulises. Y yo no se como mierda hace
la pobre Monito para soportar tanto. Que los nietos están llegando y no paran,
y mono ya tiene tres en brazos y se viene otro y no se como carajo va a hacer
la pobre santa. Lo bueno es que de la esquina de Belgrano y Rojas, estos
animales que fue acumulando el loco, no nos iremos jamás. Y habrá que seguir
acumulando sueños, recuerdos y emociones, porque así es el camino de vuelta a
casa, una suerte de paseo irrepetible, viento fresco y narices frías.