miércoles, 19 de octubre de 2011

Cuentos desafinados (La temporada)

No encontré una temporada en tus ojos en que no te haya sentido fatal. Mi cuerpo se esfumó y se alejó del tiempo, un tiempo que no me perteneció jamás. Xan, desorientado y muerto de frío, la abrazó para siempre. Aquí es que comienza en la vida de ellos dos, una temporada que carece de tiempo, de distancias, en donde abunda la ausencia de lo irreal.
Fue un amor que duró para siempre, aunque en la realidad se haya acabado. Ni el olvido, ni los descuidos, ni siquiera el insípido desamor puede dejar de alentarme a seguir creyendo que ellos dos siguen juntos, abrazados de todo lo que los rodea. Aferrados al bien y al mal con todas las ganas, porque así fue su amor.
Una temporada en que Xin y Xan estuvieron por encima de todo lo demás. Durante ese tiempo incierto, soñaron que el verano arrasaba con todo. Soñaron con lluvias interminables en tardes del color del otoño, con brisas del invierno que se sobreponen al deseo de ser lo que no son. Esos recuerdos, de aquellas tardes imborrables, son las que veo caer en las lágrimas de Xin. Veo en Xan un poco más, algo de incertidumbre, y muchos deseos de que la lluvia arrastre todo lo que dejó en pie.
Recuerdo las marcas de sus pies en la arena mientras paseaban por la orilla de un mar inquieto y presos de los vientos suaves que nunca saben en qué sentido soplan. No logro comprender aun sus manos, ni sus ojos. Imagino con alguna certeza que Xan, de alguna manera sabe de eso mucho más de lo que yo pueda entender.
No podría explicar mucho, en este momento sigo pensando en ellos. Son dos personas con las que sueño eternamente desde que puedo soñar, en cierto modo. No debo esconder eso, ellos seguramente están soñando conmigo, con encontrarme y pasear juntos bajo la lluvia. Mucha lluvia, ellos aman la lluvia tanto como yo. Si tan sólo aquella tarde fría en que Xin se desplomó sobre los hombros de Xan hubiera llovido, seguramente todo sería muy distinto. Pero no hay nada que reprocharles a ninguno de los dos, aunque es muy triste verlos separados, o juntos y un tanto distanciados. Sinceramente me confunden, ni tan cerca ni tan lejos. Opuestos, pero no tan distintos.
No existe la dimensión del tiempo, tampoco existe el espacio, y mucho menos existo yo. Sólo quiero darle vida a un personaje que no es tal, darle el alma al espacio que es de todos, y sólo te quiero ver a vos. Pero qué decir del tiempo, y mejor no hablar más de la lluvia, ni mucho menos de aquellas tardes en que pisaba la arena mojada, con la cara empapada y muerto de ganas de verlos a mi lado otra vez.
Prometo nunca más creer en el tiempo, ni en los comienzos ni los finales. Amaré las temporadas, las tardes de lluvia con un breve color otoñal, la brisa fresca del invierno, y sobre todas las cosas a vos. Solamente a vos, Xin, sólo a vos, aunque no sepa dónde estarás después de mañana.

viernes, 14 de octubre de 2011

Cuentos desafinados (El inicio)

Todo era un infierno en medio de la ciudad, ardían las bocinas, los cruces peatonales, los cruces de palabras y el cemento que tenía un extraño parecido al mar caliente del verano.
Allí, y en medio de todo ese ardor, ella estaba sentada leyendo “Cien años de soledad” y hamacaba su rodilla sobre su otra pierna. Pero nada la conmovía, estaba tan sumergida en un mundo mezcla de irreal con ideal, opuesto al de todos esos incordiosos que atraviesan las grandes ciudades a diario, que no pude quitarle los ojos de encima. En ese instante, mientras ella buceaba en su lectura, yo buceaba en su falda y me movía lentamente hacia sus rodillas y más abajo también.
Mis ojos levaron anclas y se fueron un poco más arriba, allí donde su escote se mezclaba con su mentón. Luego descubrí su sonrisa que atravesaba su boca de lado a lado, y cuando ya estaba tan sumergido que desconfié de la realidad, Xin levantó su rostro. Todo el colectivo enmudeció, o en realidad, creo que lo que sucedió es que se terminó el mundo para mí. De repente la vi abrazada a su libro y sonriéndome con ganas, llena de verdades y cosas simples. Esas que tanto yo amo, esas de las cuales Xan no pudo dejar de sentirse de rodillas.
Qué decir del destino en estos casos, cuando ves la vida pasar delante de tuyo y de repente ella ya no está más. Que más pedirle a la vida que volver a verte un año después, cuando ya ninguno de los dos eran los mismos, pero la esencia del fuego no se había extinguido aun.
Xin se hizo presente una tarde de inmenso frío y cuando la calma de la gran ciudad sonaba con extraña paciencia. Algo estaba pasando pero nadie podía saber qué era. No era fácil de entender la paz que habitaba en la ciudad. Era difícil entender para Xan verla pasar nuevamente a su lado. Esa hermosa mujer que era Xin caminaba solitaria, con manos en el bolsillo y mirando al cielo combinando la esperanza y la desesperación, como clamando al cielo algo que había perdido y que lloraba por recuperar. Xan la vio pasar por su lugar más común y sintió las ganas enormes de acompañarla en ese camino tan habitual para él.
Juro que en ese momento hubiera querido ser él, juro que la hubiera tomado de la espalda de la misma forma en que él la tomo. No hubo lugar para palabras sabias, ni presentaciones ingratas. Ella se echó a llorar sobre sus hombros desconsoladamente, de a ratos paraba, respiraba muy hondo mirando al cielo con desprecio y volvía a la carga con más llantos desoladores. Sorpresivamente Xan seguía firme allí, parado en medio de la nada, temblando del frío, ramificando sus ganas de alejarse, pero firme porque su corazón marcaba la ilusión de soñar y hacer soñar. Por qué debo decirlo claramente, si no somos capaces de hacer soñar a otro, como podemos esperar soñar algo y hacerlo valer.
En fin, supongo que el inicio del vals llega hasta aquí. Debo admitir también, que no todo es tan así como he dicho con anterioridad. Es decir, no todos los comienzo son brillantes ni todos los finales catastróficos. Simplemente pasa que no estamos preparados para aceptar el final, y mucho menos aun, estamos listos para volver a empezar. O al menos, sin alguien que ponga su hombro y nos enseñe a soñar.

Cuentos desafinados (El Final)

Desde el final que se aproxima, hasta que realmente ocurre, todo nos suena devastador. Pues, he aquí el final, un final que tanto se hace desear e inexorablemente se hace presente, e inunda de dudas todo el espacio que nos rodea. Y desde el final hacia el futuro, todos creemos que ya no hay más nada. Pero esto no es real, no me cabe la menor duda. Desde aquí parado, veo sobre mis espaldas el final, la cara absurda en tiempo presente y el horror de un futuro oscuro y entumecido.
Xin, me comentó aquella noche en que el final comenzaba a gestarse, que todas las flores se marchitan. Algunas dan vida a otras flores nuevas. Otras, sólo mueren pero no dejan nada para la posteridad. Luego de escucharla, mi rostro enmudeció. Pero supe que algo de razón había detrás de esas palabras, y por suerte para mi,  comprendí que algo se marchitaba.
Como toda mujer, ella quiso amar en ese momento y en ese lugar, sin miramientos, sin lujos y sin desprecios. Una hermosa flor de estación, como las llamo yo. Seguramente que habrá otras flores que se entreguen de por vida, a marchitarse y volver a nacer en otra  flor, en otro color, pero con un sentido común. Pero Xin y Xan son antagonismos puros, de ahí que cuando se tuvieron mutuamente, la mano de una marchitó la flor de su amor.
Y antes de comenzar a contar la historia de estas dos bellas personas, quiero avisar, que si bien todos los comienzos son brillantes, los finales también lo pueden ser, si entregamos a esa flor la posibilidad de buscar otro jardín para crecer. Entonces la promesa de volver a ese jardín que tanto quisimos cuidar, para cortar esa flor roja que seguiremos amando de por vida, será más que palabras soplando con el viento.
Un cuento desafinado, es la historia de ellos dos (Xin y Xan), en dónde el final está siempre presente, donde en realidad el final nunca se sabe si realmente es último o será uno más. Por esa razón quizás, es que he decidido contarlo al principio y poco a poco, desentrañar esta madeja de hilos que es nuestra vida, revolcada entre historias que nunca  se dejan llevar por el olvido. Se van desvaneciendo, se ausentan, y aparecen en medio de la neblina más densa, con inmensa calma. Así dejan de ser final para volver a ser comienzos.