Algunas heridas cierran a medida que el tiempo va pasando. Dejan su marca en la piel. Al principio si las tocas, arden fuertemente y si el viento sopla sobre tu piel, el dolor se agudiza. Por esa razón, es el momento en que tu herida y tu piel, necesitan de la lluvia. Suaves gotas de frescura que se posan en esas marcas que el tiempo deja, para aliviar tanto ardor inoportuno. Así cuando el reloj pasa irremediablemente con la lentitud que tanto te desvela, notarás que la herida esta cerrando, que ya el viento no te provoca ese ardor que se te hacía insoportable, y que las gotas de lluvia seguirán dando frescura. Dejando correr un poco más el reloj, ves que el tiempo sólo ha dejado una leve marca, pero que todo lo que te hacía sufrir de dolor se ha borrado. Y te das cuenta que las gotas de lluvia, el tiempo, el viento y la paciencia del corazón sólo se hallan en las pieles más curtidas. No sentir dolor es como jamás haber amado. No disfrutar del tiempo y del viento es como creer que nunca te irás de mi lado. No amar la lluvia es como decir que no confió en lo que la vida me enseñó. Creo que no hay forma que hoy pueda caminar por la vida sin poder amar la lluvia y apreciar los efectos del viento sobre la piel. Creo que no hay forma que deje de soñar con vos ni de ser un niño en medio de la selva. Y no dejo de pelear por lo imposible, porque todo lo posible se agotó.