lunes, 11 de julio de 2016

Kagemuya


‘Welcome to the city of Kagemuya’ rezaba un cartel oxidado en la entrada sur de la ciudad. El carro avanzaba arrastrado por unos caballos mal alimentados, flacuchos y con una danza de moscas insoportable alrededor de su pescuezo. El cartel bailaba de norte a sur sostenido por unas cadenas que apenas soportaban su peso. El chirrido incordioso, el viento y la tierra que soplaban dificultaba enormemente el progreso de los potros. Las moscas no se daban por vencidas, avivadas por el inmenso calor que arrasaba la mitad sureña. ‘Nadie es el dueño de la verdad, de las almas ni del viento’ decía Ramón mientras juntaba chatarras al costado de la ruta para vender allá en el norte donde todo es distinto. Pasó su mano suavemente en el rostro de ‘Tornado’ el potro que más adoraba, subió al carro nuevamente y arremetió con un par de latigazos al lomo de ‘Tormenta’ la yegua que se bancaba todo, y sin demora se fue.
El lado sur de la city estaba abarrotado de pobreza, laburantes mezclados con exiliados, sodomitas, convictos, ladrones, matones, y todo aquello que la gente bien, de la zona norte no quiere tener cerca. La ciudad vivía dividida por el Río Sogma, éste tenía unos dos kilómetros de ancho, y para poder cruzarlo la gente del sur debía utilizar el ferry ‘La Esperanza’ que pertenecía a una de las tantas empresas del dueño de la ciudad, el Juez Grieta. El pasaje de ida y vuelta costaba unos veinte Rupianes, que convertido a dólares daba un total de tres y monedas. Pero claro, eso equivalía al ochenta por ciento de lo que cobraba diariamente Ramón por vender la chatarra del otro lado del río, un setenta de lo que le pagaban a Nicote por cruzar la merca de un lado a otro, o un setenta y cinco aproximado de lo que cobraba Susú por limpiarle la casa y la mierda a la mansión del jefe narco que vivía justo al lado del enorme country que estaba habitada por el alcalde. En el country había varias casas de huéspedes, un hangar para avionetas y una pista de aterrizaje privada de unos tres kilómetros de largo. Había además un garaje con lujosos autos de todas las épocas, entre todos, resaltaba una Ferrari roja modelo ’96 y un Ford color negro que el juez le había comprado a otro millonario, que a su vez éste lo había adquirido a manos del ex presidente Perrón.  El country era visitado a diario por putas del lado del sur, un desfile interminable de hermosas yeguas morenas, voluptuosas y muy gentiles.
Al amanecer, los laburantes despiertan, se siente en el aire el olor a leña ardiendo, se ceban los mates de mano en mano, el humo sale de las pequeñas chimeneas improvisadas. Un buen abrigo para Ramón, un gorro de lana y un poncho para enfrentar el madrugón. El carro comienza su recorrido diario hacia el norte. El costado de la ruta está desierto, el camino desolado. La salida de la ciudad y un cartel que lo despide con un graffiti inmenso ‘this city is blind’. Pero los paredones kilométricos muestran los sentimientos de la gente. Pintadas por dónde se mire, ‘la iglesia fue hecha para que los ricos pidan perdón por las atrocidades que cometen contra los pobres’; ‘el sur tiene aguante’; ‘Magneto era una cagada como banda, y Magnetto un sorete mal cagado’; ‘Nemen vamos a ir por vos’. Todos esos gritos sin voz, sin nadie que los escuche, parecen sólo gritos, pero tiempo al tiempo que todo llega le dijeron a Miembro y desapareció del norte y ya nadie sabe por dónde anda.
En el lado norte, entre las calles Panamá y Bahamas vive el Alcalde, el Ingeniero Nemen (tocate el huevo izquierdo que es capicúa y yeta). Una hermosa zona residencial con caminos sinuosos, grandes mansiones dispersadas en enormes terrenos, mucho verde y mucha seguridad. La milicia bien firme custodiando grandes personajes. Dos mansiones hacia el lado oeste, vive el señor Gordona, dueño del fútbol durante décadas, dueño de los clubes y de los sueños de los muchachos y muchachas del lado sur. Ahí en el costado sur del Sogma, ¡si no fuera por el fútbol que sería de todas esas almas!, y en algo tienen que creer para poder vivir. Algo tiene que llenar ese vacío. Gordona, gordo mafioso, como Troyano tan jodido como un virus, otro de los gordos mafiosos que lideran el ránking de corruptos, pero que en la tv aparecen como salvadores de la patria y nunca aparecen manchados, aun desbordando de mugre. Pero no se preocupen, porque ‘Pochito’ como le dice la ‘Susú’ al Ramón, se la aguanta. El tipo banca la que venga y tira del carro con sus dos potros desvencijados. Parece que llega a duras penas pero llega, siempre llega y siempre está. Todos los día a las cuatro de la madrugada arriba, y la mujer siempre fiel. Siempre al lado, tirando con él. Cebando unos buenos mates. Subiendo al ferry hasta las pelotas de laburantes para cruzar de un lado al otro, todos parados, sin lugar, viajando peor que el ganado. Bajando como zombis, a los empujones, matándonos para llegar a tiempo para lavarles el orto, servirles la mesa, contarles los millones, lustrarles los autos de lujos, allanarles el camino. Como zombis autómatas, todos los días lo mismo a la misma hora y en el mismo lugar. Las mismas caras de decepción.
Al atardecer todo ha pasado, la vuelta a casa cruzando el río cambia el color del día. Se escucha un grupo de pibes entonando una birra con un poco de rock. Otros pibitos jugando un picadito en una canchita improvisada. Por las calles angostas de las pequeñas villas sale cumbia de la buena. Sale olor a torta fritas. El olor de la pobreza contagia el sentido más humano de los días.
Allá en el ‘Pozo’ (así le dicen al norte del otro lado) hay una gran universidad y una catedral nacional que se ubica justo al lado de la alta casa de estudios. Rodeados de grandes parques y campos deportivos para que el linaje heredero de todos los millonarios no pierda el rumbo y se conviertan en grandes deportistas e imagen de los niños de toda la ciudad. Un gran monasterio de interminables habitaciones se encuentra tres calles abajo paralelo a la calle donde vive el gerente de bancos de Kagemuya, el Dr. Gostañan. El mismo que ayer salió almorzando con el gran dinosaurio televisivo: Miss Mirth Bertrand, con ese pomposo apellido que da ganas de meterle la sopa de cangrejo por la argolla y toda la tira de sushi por el orto. En fin, en ese almuerzo el doctor honoris causa de la Kameguya University, había declarado que tenía unos cuantos millones de dólares enterrados en el monasterio (no declaró exactamente cuántos) como todos los ciudadanos. Ah! Pero cierto que eso es normal, y lo dice por televisión delante de millones de habitantes, de los cuales el noventa y nueve por ciento de éstos no tienen ni un puto mango para llegar a fin de mes. Pero el tipo te lo dice igual y se te caga de risa en la cara.
Allá en el pozo la letra ‘k’ ha sido eliminada del diccionario y la sola utilización de una palabra que la incluya significará la prisión de manera sistemática. La nueva ley decretada por el HCD (Honorable Consejo de Delirantes) implica conscripción absoluta a los ‘K’. Por ejemplo; en el norte no se pide por kilo, se piden gramos o unidades. Las distancias a recorrer se han pasado a millas, los kioscos ya no son tal, sino que se han transformado en ‘drugstores’, que es más acorde con los tiempos que estamos viviendo. La erradicación ‘k’ ha sido animal, el honorable juez Grieta los persigue por toda la ciudad y han quedado pocos ya. Los que se mantienen en pie están exiliados en algún caserón de ‘La Farsa’ (así los llaman los sureños). Todos los ejemplares del ‘Kamasutra’ han ido a parar a la hoguera. Karina Rattolini y Karina Jota, han sido deportadas junto a sus amantes Máximo Kitchnete y el ‘Kili’ Gonzálvez respectivamente. Cuentan por la villa que la madre de Maxi anda viajando permanentemente de norte a sur en un yate privado, y que es parte de lo poco que queda del perronismo.  Hay mucha tristeza además por el exilio del enorme futbolista ‘kili’, ya que había sido el último gran goleador K del torneo de la ‘FAFA’. Hasta el mismísimo ‘Papa’ ha pedido al Alcalde que reconsidere su decisión pero la Gran Corte de Supremos del Norte ha hecho ‘no a lugar’ a la petición del santo padre de la iglesia. La velocidad de banda ancha de internet se ha pasado a megabytes y han prohibido a las empresas (incluso al mismo Magnetto) vender los servicios en kilobytes. El kiwi ya no se vende más y en su lugar la palta ha repuntado mucho su producción y venta. Se han prohibido los servicios deportivos de kayaks en el Sogma. Es imposible conseguir visados a ‘Kenya’, ‘Hong Kong’, ‘Kazajstán’, ‘Kuwait’. Se han confiscado de las librerías todos los textos del gran ‘Kafka’. El Karaoke es un terrible insulto a la alta sociedad y los militares han sido enviados a patrullar las calles del sur por si se arma alguna ‘kermesse’ con ‘karaoke’ ya que si algún ciudadano osara u osase emprender tal empresa, será enviado a los Tribunales y seguramente sentenciado de por vida a trabajos forzados. Las boletas de la luz llegan a los hogares con mediciones en tetrawatts ya no existe el kilowatt. Todos los kinesiólogos y ocupaciones derivados de la misma han sido enviados a realizar cursos de actualización y se les ha entregado el nuevo título de licenciados en terapias físicas y cognitivas.
Nuestros días últimamente son así, la corrupción ‘k’ nos está matando. La televisión y los diarios nos llenan todos los días de nuevas historias. Estamos condenados a la letra ‘k’. Mientras tanto el norte y todas sus empresas se adueñan de todo. Cuando despertemos y juntemos fuerzas, y recordemos aquello que nos gritan los paredones iremos por todos ustedes. Con Ramón a la cabeza. Pero atenti, que en los principales matutinos locales, sobre todo en el ‘Florín’ y ‘La Pasión’ han salido a decir que la banda ‘K’ por excelencia, Kapanga ha decidido fusionarse con Bandana, conformando así Bandanga. Anunciando nuevos shows en boliches de bailanta del sur, como la disco Keops que debió cambiar su nombre, y provisoriamente se llama Beops . También ambos diarios mencionan que Kobe Bryant y Kyle Minogue fueron detenidos en el aeropuerto y deportados nuevamente a sus países de origen. Los shows fueron cancelados y se avisa que no serán reprogramados.
Dicen que el Alcalde saldrá a hablarle al pueblo en un discurso que será de antología, dónde nos dirá que las cosas se solucionan con amor, con felicidad y que tenemos que tratar de unirnos para salir adelante todos juntos como sociedad, con alegría. Fuerza Kagemuya, todavía tu humilde nombre resiste.

Las políticas trascienden a los hombres y a los nombres, y no pueden borrar ni olvidar lo que ha pasado ¡He dicho!

domingo, 15 de mayo de 2016

Cuentos dentro de Cuentos


¿Qué pasaría si el diablo fuese el bueno de la película? Pensaba fuertemente mientras mi madre me arrastraba en esta silla en la que estoy postrado desde que nací. En este inmundo espacio del mundo en que estoy confinado a vivir. Tullido y marchitado como esa flor que se descose al calor del sol de verano. El hilo de mi baba recorría un sinuoso camino de desconciertos, que pasaban por la comisura de mis labios, haciendo escala en el lóbulo de mi oreja izquierda. Finalmente se sentaba en la base de mi cuello. Algunas veces tenía la suerte que el pañuelo de Solita se apresurara y me secara un poco el dolor. La silla se arrastra en medio del vagón de tren que viene repleto. En la manija izquierda, llevo atada una soga con un tachito que pide ‘ayuda por favor’. Allí suenan algunas monedas mientras paseo y soy admirado por todos. Mamá me hace una caricia cada tanto, y si entra un billete mayor a diez pesos siento la presión de su mano en mi cráneo, olfateo una cena digna y el amor de sus manos se hace fuerte.
No puedo moverme, no puedo hablar, no logro conjugar las palabras como quisiera. No puedo caminar, mis piernas se enroscan y hacen que mis músculos me absorban y se entrelacen. Los dedos de mis manos se encierran, no logro que se aflojen, no puedo acariciar. Apenas puedo ver, y mi cuello no permite movimientos bruscos.
El pasillo es muy largo, y sigo pensando en aquella frase que se me cruzó por la mente hace un par de vagones atrás. Pero no puedo profundizar, me cuesta pensar en otra cosa que no sea salir de aquí, de esta maldita silla, de la absurda pobreza, de librar de esta esclavitud a mamá.
¿Cómo hacer para no soñar? Mientras tanto, pensaba y pensaba.
La mesa del bar constaba de cuatro integrantes. Todas ellas muy femeninas. Tono aburguesado, escote en redondeado, bolso de raquetas, zapatillas blancas llenas de polvo de ladrillo, y tomando el té. Planeando hábilmente una cena donde la cantidad de familias no era el problema, como tampoco lo era el dinero que eso iba a costar. Tampoco era un problema importante decidir la localía, pues todas ellas estaban dispuestas y encantadas en recibir a todos los que decidieran asistir al agasajo que se estaba gestando. Mientras se ponían de acuerdo, el tema oscilaba entre los problemas conyugales y lo difícil que era hacer que la mucama no faltase a trabajar día por medio. Cuando volvían al tema original, y ya con el té medio frío, la resolución era la siguiente: las cuatro estaban dispuestas a ser anfitrionas, las cuatro estaban firmemente felices de realizar el agasajo a sus familias y amistades, pero ninguna quería cocinar. ¿Y cómo hacemos? Mientras tanto una decía a todas: -Yo te agasajo, te trato de diez, te sirvo, te llevo y te traigo, soy la mejor para agasajar, pero no te cocino nada. ¡No puedo, no me gusta! Concluyó Cachi enérgicamente. Y el resto de las chicas, a pura risa.
Nada resuelto, en fin, todo seguía igual pasando del quinto al sexto vagón, un par de monedas más al tacho y mamá también me había anoticiado que un hombre de piel oscura y sombrero blanco había puesto un billete de 50 y le había dado su bendición. Mamá seguro que le sonrió dulcemente y siguió llevándome a través del pasillo del tren. Y un nuevo hilo de baba comienza a nacer y espero que Solita esta vez lo agarre porque el último no lo secó y el cuello me quedó inmundo y no sé cómo decírselo para que no se sienta mal.
En la puerta de la gran casona de San Isidro estaban las cuatro bellezas del club de tenis. Estaban Achi, Cachi, Pachi y Chachi. Todas despampanantes. Bustos hermosamente rellenados con siliconas, pelos rubios brillosos, bocas plastificadas y labios carnosos. Recibían ellas a todos los invitados, uno por uno, beso en la mejilla y palmadita en la cola para algunos. Para otros besitos, y para otros sólo entregaban la mano para ser besadas. Nada relevante en realidad. Frialdades típicas de la clase alta argentina. Mucho caviar, mucho champagne. Se hablaba mucho de religión, del papa, del presidente, de la soja, y de los bancos. Ah, bueno también de los famosos ceos, o si i ous o algo así. Bandejas de plata, mesa kilométrica. Sillas con ribetes dorados. Tres cubiertos a la derecha del plato. Tres cubiertos a la izquierda del plato. Tres platos uno encima del otro. Arriba el más pequeño y más hondo, debajo de éste el siguiente ya un poco más playo, menos profundo que el anterior. Y el de abajo del todo, playo por completo, con un círculo plateado que lo contorneaba, y de un blanco profundo. De repente todos a la mesa. Todos de pie, hasta que las mucamas le acerquen la silla para que puedan pegar el sucio culo al tapiz del fondo. Sin ánimo de ofenderles, nada en la mesa me sonó jugoso como para comentarlo, todo superficial, muy discutible.
Con las patas llenas de barro, saliendo de la plaza. Pertenezco a ese submundo de los olvidados. Soy parte de los que no tienen derechos. Vivimos donde nadie quiere estar. Juntos a las vías del tren, a la orilla de los ríos, al pie de la montaña, debajo de las autopistas, pegado a los basurales, cerca de las pestilentes fábricas multinacionales. Allí estaremos siempre. Donde haya un río que desborde ante la primera lluvia. Donde rebrote el cáncer ante el primer vertido de desechos al agua. Ahí cuando el tren descarrille y la autopista se desplome, ahí estaremos poniendo todo lo que tenemos para ser víctimas de un desastre. Somos los pobres, los marginales, los ladrones, los asesinos, los violadores. El cáncer de este país, la caca del culo del mundo. Lo que nadie quiere ver. Lo que nuestros amos no quieren aceptar. La podredumbre y la patada en los huevos de los ricos. ¡Y lo bien que estaría el mundo sin nosotros! Todos sería tan pero tan fácil.
Noveno vagón, tengo tanto desconcierto. Cuesta avanzar, y más cuando la gente no se corre del medio. La vieja, pobrecita con sus sesenta y pico de vida y otros tanto mendigando para poder comer, anda arrastrando mi silla y mi alma para que yo aguante. Esquivando, pidiendo permiso, agradeciendo, maldiciendo, del andén al vagón y del vagón al andén. Del andén al barrio y del barrio a la cama. Mamá desarropándome, con toda la dulzura de que te puede dar quien te trajo al mundo. Secando mi baba, limpiando mi cuerpo desnudo con un trapo mojado y tibio. Luego me seca, me perfuma y me deja por un rato. Mientras ella cocina, yo pienso. Y vuelvo a pensar. Esas miradas de horror al verme pasar, esos rostros que ven, pero no quieren ver. Soy el hijo bobo del pueblo, soy la cascarria que nadie quiere tener en sus brazos. ¿Seré más útil muerto que vivo para ellos? ¿Lo seré en realidad? ¿Soy realmente un discapacitado?
Mientras tanto, Achi, Cachi, Pachi y Chachi, rebalsan de alegría, el champagne empieza a surtir efecto y ellas no paran de hablar. Una boludez atrás de la otra. Los chicos andan por ahí, perdidos en el enorme caserón. Las mucamas de una punta a la otra de la mesa, tráeme, llévame, subime, déjame, sácame, y la concha que los parió. Los hombres de la casa, ya se han apartado de la mesa, se mudaron a una sala contigua al comedor, repleta de libros de medicina, de marketing, de historia, de política, grandes autores, tomos de libros que pesan toneladas. Los sillones todos de un cuerpo amplio, aterciopelados, ubicados en forma de rombo; en el medio una mesa con vasos para whisky. Dos botellas de estilo, etiqueta negra ultra gold. Una hielera de plata y una campana. La campana suena, la mucama ingresa a servir a los muchachotes. Pone uno, dos y hasta tres cubos de hielo en cada vaso, vierte lentamente el whisky sobre el hielo y los entrega uno por uno. El dueño de casa, da la orden para que Ester se retire, ella da media vuelta y en silencio cierra la puerta. Del lado de afuera de la sala, apoyada contra la pared allí espera ser llamada. Los muchachos hablan de negocios, de dinero, ¡lo único que les importa en la vida, es el dinero! Y cuánto más puedan amasar mucho mejor. Y el resto que se joda. ‘Nosotros laburamos y estudiamos, le dedicamos nuestra vida al dinero y a cuidar nuestra fortuna’. Nada despreciable.
Y para colmo de males llueve. Las gotas caen como mazazos sobre mi cabeza. Me pongo a resguardo del agua debajo del alero de una parada de bondi. Guardo el cartón que me protege del frío debajo del asiento de la garita. Tengo una frazada para taparme, pero como prefiero que no se moje, la dejo adentro de mi bolsito. Se acerca un pibe que labura en un mac donalds de la zona, y me trae dos hamburguesas que iban a ir a parar a la basura, me las entrega envueltas en papel madera y adentro de una cajita feliz. Me sonríe, y me dice -‘quédate por acá y en un ratito te alcanzo un café calentito para el pecho, que hace un fresco que ni te digo’-. No me alcanzan las manos para abrazarlo, pero como tengo el corazón curtido y la soledad y el desamor del prójimo que sufro a diario me lo prohíben, no lo hago, me rehúso. Simplemente tomo la cajita y lo palmeo en el hombro antes que se vaya. Soy tan pobre, tengo tan poco, pero tan poco, que ni se imaginan. No podrán entenderlo jamás. Sin dudas que la pobreza duele, pero más nos duele el abandono de nuestros hermanos. La gente hace que no nos ve, pero estamos. Somos millones y cada vez somos más.
Último bocado que viene de la mano de mamá, desde el plato a mi boca sin escalas. Un trozo de carne caliente bañado en salsa y acompañado por unas papas con zanahoria y zapallo. De vuelta, la servilleta limpia mis labios, y mi barbilla. Mamá me canta una canción, la misma que me canta hace sesenta años, esa que sabe que me gusta, esa que sabe que me hace llorar. Ella la canta tan pero tan bien y con una voz tan fina que me rompe de la emoción. Luego me abraza muy fuerte. Toma las manijas de la silla y me lleva hasta mi cama y en el camino sigue balbuceando: - “Niño, deja ya de joder con la pelota…Niño que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca…” y sigue… Y me recuesta en la cama nuevamente, me tapa, me besa y se aleja mientras termina la canción. Su voz se pierde allá a los lejos, pero sigo oyendo su hermosa vos.
- “Nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj, que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós”- … Mis ojos se cierran, y finalmente la oigo romper en un llanto. Pero está muy lejos, no me puedo mover, no puedo hablar, no la puedo consolar. Apenas si puedo llorar.
Una vez y hace muchos años leí algo que escribió un viejo amigo. El loco de Erdosain, aquel ladrón y estafador que dejó estas marcas en mi piel, las grabó cuando yo era apenas un adolescente y nunca jamás las olvidé. Y mejor que lo ponga yo en mis propias palabras va a ser lo que lo replique idénticamente al querido loco. Dijo algo así: - ‘¿Quiénes van a hacer la revolución social, sino los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos, toda la canallada que sufre abajo sin esperanza alguna?’-  Y luego sentenció: ¿Quiénes lo van hacer sino ellos? ¿Los ricos y los políticos, que están hasta el cuello de la mierda que fueron juntando? Después de todo lo que Erdosain había escrito y yo había leído, pensé que no había mucho más para escribir, excepto que pensé y dije: tenemos dos opciones o hacemos la revolución ya mismo o estamos cagados.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Everyday

“¡¿Y cómo olvidar? ¿Y qué pensar cuando se aleja ese vagón?!”

Siete a.m. Boca pastosa, mal aliento. Desconcierto. Madrugón. Luz tenue y sol saliente. Desorden, camas medio vacías. Pierna izquierda al piso. Movimiento espasmódico, intento de salto, fallido. Tropiezos, dedo meñique choca contra borde de puerta. Dolor y llanto. Pero hay que seguir. Agua helada en la cara, rostro desangelado. Ponerse las ropas, atarse los cordones de los zapatos. Corbata y nudo. Café tibio, pan de ayer sin nada que lo acompañe. Salir apurado, mochila pesada. Velocidad. Tren, bondi y finalmente llegar. Gente, gente y más gente. Ruidos, sordos ruidos. Esquivar, chocar, pero seguir sin mirar atrás. Subir las escaleras, saludo. Buen día señor, buen día señorita. Pequeñas oficinas, un pequeño lugar, sentarse. Escritorio y desorden. Muchas horas sentado. Otra taza de café. El teléfono ya empieza a sonar. No para. No atiendo. Escribo. Resuelvo, atiendo. Portaretratos de hermosas cosas del pasado. Pasado que ya no pasa, pasado que ya me pesa. Cuadros y notas al pie. Pilas de hojas con cosas para hacer. Hacer hoy, y mañana, y pasado. Buen día jefe. Si jefe. Cómo no jefe. Enseguida señor. No hay tiempo. No existe el yo. Trabajo. Almuerzo rodeado de personas, charlas sin sentido. Comida vacía. Apuros. Tengo mucho que hacer. Otra taza de café. Vuelvo a mi silla. Más papeles que me esperan. El teléfono que no para. Si señor, bueno señor. Necesito descanso, camino por los pasillos. Voy y vuelvo. A la deriva por unos instantes. Encuentro el rumbo y la razón. Vuelvo en sí. Computadoras, notas, planillas, pedidos, ruidos, discusiones. Y finalmente seis de la tarde. Sol anaranjado cayendo a los lejos. Gentío. No lo soporto. Camino inverso. Muerto del sueño. Bondi y tren. Camino. De vuelta a casa. Me saco mis ropas. Sofá y tv. Caigo. Necesito paz. Estoy lejos nuevamente. Perdido. Ducha caliente. Cena fría. Soledad. Cama vacía. Luna llena, blanca y redonda saliendo a lo lejos. Dormir. Abrazar la almohada. Volver a empezar. Todo otra vez. Todo igual que ayer. Y que anteayer. Infinitamente igual. Acostumbrarse a sufrir. A ser siempre el mismo. A hacer siempre lo mismo. Tedioso dolor. Innecesario. Salir siempre a morir cada día un poco más. Si jefe bueno jefe. No hace falta. Me duele. Que hacer, que hacemos. ¿Vivimos?¿Morimos?¿Resistimos? El tren se fue, ella se fue. Todos se fueron. Y vos que estas ahí, esperando. Esperando un milagro. Y vos que solo estás, solo vas. Solo. Todos los días solo.

Siete a.m otra vez. Reloj que chilla. Vueltas en la cama. Almohada que aplasta cabeza. Otra vuelta más. Salto de la cama. Boca inmunda. No puedo ni tragar. Pierna izquierda toca el piso. Luego la derecha. Pasos inestables. Baño. Chorros de orina por todos lados. No la emboco. No entiendo nada de la vida. Agua fresca en la cara. Pasta de dientes y cepillo de acá para allá. Boca fresca. Revivir. Vestirse. Zapatos, medias, traje. Corbata y nudo. Café calentito y tostadas con dulce. Sol saliendo lentamente. Cielo límpido. Salir y caminar. Bondi y tren. Esquivar, esquivar, no hay choques, no miro atrás. Desorden y ruidos. Odiar densamente los ruidos. Amando el mar. Extrañando la montaña. Los paraísos vacíos. Vuelvo en sí. Alguien tocando una guitarra, aislado del mundo. Gorra en el piso, esperando el mango. Mango no llega, la gente no presta atención. A la gente no importarle nada. Sueños vencidos, no se renuevan. Cayendo en picada, y caemos. Llegar al trabajo. Mas de veinte años haciendo la misma mierda, todos los días. Pero no me puedo salir. Mierda. Misma mierda. Seguridad me frena en la puerta. Buen día señor. Si señor. Telegrama personal. Telegrama de despido. Pero mi jefe. Y mi jefe. Nadie me avisó. ¿Y las razones? ¿Razones? Yo señor sólo cumplo órdenes. Órdenes. Malditas órdenes. Malditos señores que sólo cumplen órdenes. Malditas órdenes. Perdone señor, usted no puede ingresar. Mis cosas, quiero retirarlas. Perdone, disculpe. Aquí tiene. Caja con cosas. Portaretratos de aquellos hermosos tiempos. Pasados tiempos. Libros. Lapices. Calculadora. Lámpara. Carpeta. Foto con mi ex mujer. No pesa nada. Pero son veinte años allí dentro. Y me entregan una caja y ni una disculpa. Ni una razón. Decepción. Media vuelta y regreso a casa. Temprano. Raro. Regresar temprano. Veinte años. Una caja. Ni una sola razón. Ni una excusa. Perdón y chau. Tomá tu caja y tu telegrama. Tomá tu vida y rajá de acá. Matones, malditos matones. Señores que sólo cumplen órdenes. Soretes. Tren y bondi. Vuelvo sordo. Vuelvo muerto. Arrepentido. Arrugado. Desarroparse. Chau nudo. Chau pantalón. Adiós zapatos negros a medio lustrar. Caigo en mi cama. Boca fresca. Cabeza que gira, el cieloraso se mueve, me recuerda aquellas borracheras de juventud. No puedo pensar. Desmayo. Años desalojados en segundos. Toda una vida de esfuerzo, nada a cambio. Telegrama de mierda. Sueño. Pesado sueño. Muero.

Siete a.m nuevamente. Chillando el despertador, revivo. Boca asquerosa. Sin aliento. Desnudo. Pienso. No tengo obligaciones. Duermo nuevamente. Ya veré que hago. No pienso. No quiero pensar. Vuelvo a caer.


Once a.m. Pie izquierdo llega al piso primero. Luego el derecho. Camino mareado. Agua fresca en el rostro. Pasta, cepillo y dientes limpios. Desayuno. Pienso. ¿Y ahora qué hago con mi vida? Empezar de nuevo. Demasiado tarde. Decepciones. Se pasa la vida. Pasó el tren. Ella se fue. Mi trabajo se fue, yo que tanto me había aferrado a eso, un día me patearon el culo y quedé en medio de la vida. Arrodillado. No tengo nada. No más nada. Muero. Ya no respiro. Vacío. Todo está vacío. ¿Y ahora quién va a velar este corazón?