¿Qué pasaría si
el diablo fuese el bueno de la película? Pensaba fuertemente mientras mi madre
me arrastraba en esta silla en la que estoy postrado desde que nací. En este
inmundo espacio del mundo en que estoy confinado a vivir. Tullido y marchitado
como esa flor que se descose al calor del sol de verano. El hilo de mi baba
recorría un sinuoso camino de desconciertos, que pasaban por la comisura de mis
labios, haciendo escala en el lóbulo de mi oreja izquierda. Finalmente se sentaba
en la base de mi cuello. Algunas veces tenía la suerte que el pañuelo de Solita
se apresurara y me secara un poco el dolor. La silla se arrastra en medio del
vagón de tren que viene repleto. En la manija izquierda, llevo atada una soga con
un tachito que pide ‘ayuda por favor’. Allí suenan algunas monedas mientras
paseo y soy admirado por todos. Mamá me hace una caricia cada tanto, y si entra
un billete mayor a diez pesos siento la presión de su mano en mi cráneo,
olfateo una cena digna y el amor de sus manos se hace fuerte.
No puedo
moverme, no puedo hablar, no logro conjugar las palabras como quisiera. No
puedo caminar, mis piernas se enroscan y hacen que mis músculos me absorban y
se entrelacen. Los dedos de mis manos se encierran, no logro que se aflojen, no
puedo acariciar. Apenas puedo ver, y mi cuello no permite movimientos bruscos.
El pasillo es
muy largo, y sigo pensando en aquella frase que se me cruzó por la mente hace
un par de vagones atrás. Pero no puedo profundizar, me cuesta pensar en otra
cosa que no sea salir de aquí, de esta maldita silla, de la absurda pobreza, de
librar de esta esclavitud a mamá.
¿Cómo hacer para
no soñar? Mientras tanto, pensaba y pensaba.
La mesa del bar
constaba de cuatro integrantes. Todas ellas muy femeninas. Tono aburguesado,
escote en redondeado, bolso de raquetas, zapatillas blancas llenas de polvo de
ladrillo, y tomando el té. Planeando hábilmente una cena donde la cantidad de
familias no era el problema, como tampoco lo era el dinero que eso iba a
costar. Tampoco era un problema importante decidir la localía, pues todas ellas
estaban dispuestas y encantadas en recibir a todos los que decidieran asistir
al agasajo que se estaba gestando. Mientras se ponían de acuerdo, el tema
oscilaba entre los problemas conyugales y lo difícil que era hacer que la
mucama no faltase a trabajar día por medio. Cuando volvían al tema original, y
ya con el té medio frío, la resolución era la siguiente: las cuatro estaban
dispuestas a ser anfitrionas, las cuatro estaban firmemente felices de realizar
el agasajo a sus familias y amistades, pero ninguna quería cocinar. ¿Y cómo
hacemos? Mientras tanto una decía a todas: -Yo te agasajo, te trato de diez, te
sirvo, te llevo y te traigo, soy la mejor para agasajar, pero no te cocino
nada. ¡No puedo, no me gusta! Concluyó Cachi enérgicamente. Y el resto de las
chicas, a pura risa.
Nada resuelto,
en fin, todo seguía igual pasando del quinto al sexto vagón, un par de monedas
más al tacho y mamá también me había anoticiado que un hombre de piel oscura y
sombrero blanco había puesto un billete de 50 y le había dado su bendición.
Mamá seguro que le sonrió dulcemente y siguió llevándome a través del pasillo
del tren. Y un nuevo hilo de baba comienza a nacer y espero que Solita esta vez
lo agarre porque el último no lo secó y el cuello me quedó inmundo y no sé cómo
decírselo para que no se sienta mal.
En la puerta de
la gran casona de San Isidro estaban las cuatro bellezas del club de tenis.
Estaban Achi, Cachi, Pachi y Chachi. Todas despampanantes. Bustos hermosamente
rellenados con siliconas, pelos rubios brillosos, bocas plastificadas y labios
carnosos. Recibían ellas a todos los invitados, uno por uno, beso en la mejilla
y palmadita en la cola para algunos. Para otros besitos, y para otros sólo entregaban
la mano para ser besadas. Nada relevante en realidad. Frialdades típicas de la
clase alta argentina. Mucho caviar, mucho champagne. Se hablaba mucho de
religión, del papa, del presidente, de la soja, y de los bancos. Ah, bueno
también de los famosos ceos, o si i ous o algo así. Bandejas de plata, mesa
kilométrica. Sillas con ribetes dorados. Tres cubiertos a la derecha del plato.
Tres cubiertos a la izquierda del plato. Tres platos uno encima del otro.
Arriba el más pequeño y más hondo, debajo de éste el siguiente ya un poco más
playo, menos profundo que el anterior. Y el de abajo del todo, playo por
completo, con un círculo plateado que lo contorneaba, y de un blanco profundo.
De repente todos a la mesa. Todos de pie, hasta que las mucamas le acerquen la
silla para que puedan pegar el sucio culo al tapiz del fondo. Sin ánimo de
ofenderles, nada en la mesa me sonó jugoso como para comentarlo, todo
superficial, muy discutible.
Con las patas
llenas de barro, saliendo de la plaza. Pertenezco a ese submundo de los
olvidados. Soy parte de los que no tienen derechos. Vivimos donde nadie quiere
estar. Juntos a las vías del tren, a la orilla de los ríos, al pie de la
montaña, debajo de las autopistas, pegado a los basurales, cerca de las
pestilentes fábricas multinacionales. Allí estaremos siempre. Donde haya un río
que desborde ante la primera lluvia. Donde rebrote el cáncer ante el primer
vertido de desechos al agua. Ahí cuando el tren descarrille y la autopista se
desplome, ahí estaremos poniendo todo lo que tenemos para ser víctimas de un
desastre. Somos los pobres, los marginales, los ladrones, los asesinos, los
violadores. El cáncer de este país, la caca del culo del mundo. Lo que nadie
quiere ver. Lo que nuestros amos no quieren aceptar. La podredumbre y la patada
en los huevos de los ricos. ¡Y lo bien que estaría el mundo sin nosotros! Todos
sería tan pero tan fácil.
Noveno vagón,
tengo tanto desconcierto. Cuesta avanzar, y más cuando la gente no se corre del
medio. La vieja, pobrecita con sus sesenta y pico de vida y otros tanto
mendigando para poder comer, anda arrastrando mi silla y mi alma para que yo
aguante. Esquivando, pidiendo permiso, agradeciendo, maldiciendo, del andén al
vagón y del vagón al andén. Del andén al barrio y del barrio a la cama. Mamá
desarropándome, con toda la dulzura de que te puede dar quien te trajo al mundo.
Secando mi baba, limpiando mi cuerpo desnudo con un trapo mojado y tibio. Luego
me seca, me perfuma y me deja por un rato. Mientras ella cocina, yo pienso. Y
vuelvo a pensar. Esas miradas de horror al verme pasar, esos rostros que ven,
pero no quieren ver. Soy el hijo bobo del pueblo, soy la cascarria que nadie
quiere tener en sus brazos. ¿Seré más útil muerto que vivo para ellos? ¿Lo seré
en realidad? ¿Soy realmente un discapacitado?
Mientras tanto,
Achi, Cachi, Pachi y Chachi, rebalsan de alegría, el champagne empieza a surtir
efecto y ellas no paran de hablar. Una boludez atrás de la otra. Los chicos
andan por ahí, perdidos en el enorme caserón. Las mucamas de una punta a la
otra de la mesa, tráeme, llévame, subime, déjame, sácame, y la concha que los
parió. Los hombres de la casa, ya se han apartado de la mesa, se mudaron a una
sala contigua al comedor, repleta de libros de medicina, de marketing, de
historia, de política, grandes autores, tomos de libros que pesan toneladas.
Los sillones todos de un cuerpo amplio, aterciopelados, ubicados en forma de
rombo; en el medio una mesa con vasos para whisky. Dos botellas de estilo,
etiqueta negra ultra gold. Una hielera de plata y una campana. La campana
suena, la mucama ingresa a servir a los muchachotes. Pone uno, dos y hasta tres
cubos de hielo en cada vaso, vierte lentamente el whisky sobre el hielo y los
entrega uno por uno. El dueño de casa, da la orden para que Ester se retire, ella
da media vuelta y en silencio cierra la puerta. Del lado de afuera de la sala,
apoyada contra la pared allí espera ser llamada. Los muchachos hablan de
negocios, de dinero, ¡lo único que les importa en la vida, es el dinero! Y
cuánto más puedan amasar mucho mejor. Y el resto que se joda. ‘Nosotros
laburamos y estudiamos, le dedicamos nuestra vida al dinero y a cuidar nuestra
fortuna’. Nada despreciable.
Y para colmo de
males llueve. Las gotas caen como mazazos sobre mi cabeza. Me pongo a resguardo
del agua debajo del alero de una parada de bondi. Guardo el cartón que me
protege del frío debajo del asiento de la garita. Tengo una frazada para
taparme, pero como prefiero que no se moje, la dejo adentro de mi bolsito. Se
acerca un pibe que labura en un mac donalds de la zona, y me trae dos
hamburguesas que iban a ir a parar a la basura, me las entrega envueltas en
papel madera y adentro de una cajita feliz. Me sonríe, y me dice -‘quédate por
acá y en un ratito te alcanzo un café calentito para el pecho, que hace un
fresco que ni te digo’-. No me alcanzan las manos para abrazarlo, pero como
tengo el corazón curtido y la soledad y el desamor del prójimo que sufro a
diario me lo prohíben, no lo hago, me rehúso. Simplemente tomo la cajita y lo
palmeo en el hombro antes que se vaya. Soy tan pobre, tengo tan poco, pero tan
poco, que ni se imaginan. No podrán entenderlo jamás. Sin dudas que la pobreza
duele, pero más nos duele el abandono de nuestros hermanos. La gente hace que
no nos ve, pero estamos. Somos millones y cada vez somos más.
Último bocado
que viene de la mano de mamá, desde el plato a mi boca sin escalas. Un trozo de
carne caliente bañado en salsa y acompañado por unas papas con zanahoria y
zapallo. De vuelta, la servilleta limpia mis labios, y mi barbilla. Mamá me
canta una canción, la misma que me canta hace sesenta años, esa que sabe que me
gusta, esa que sabe que me hace llorar. Ella la canta tan pero tan bien y con
una voz tan fina que me rompe de la emoción. Luego me abraza muy fuerte. Toma
las manijas de la silla y me lleva hasta mi cama y en el camino sigue
balbuceando: - “Niño, deja ya de joder con la pelota…Niño que eso no se dice,
que eso no se hace, que eso no se toca…” y sigue… Y me recuesta en la cama
nuevamente, me tapa, me besa y se aleja mientras termina la canción. Su voz se
pierde allá a los lejos, pero sigo oyendo su hermosa vos.
- “Nada ni nadie
puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj, que decidan
por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós”- …
Mis ojos se cierran, y finalmente la oigo romper en un llanto. Pero está muy
lejos, no me puedo mover, no puedo hablar, no la puedo consolar. Apenas si
puedo llorar.
Una vez y hace
muchos años leí algo que escribió un viejo amigo. El loco de Erdosain, aquel
ladrón y estafador que dejó estas marcas en mi piel, las grabó cuando yo era
apenas un adolescente y nunca jamás las olvidé. Y mejor que lo ponga yo en mis
propias palabras va a ser lo que lo replique idénticamente al querido loco.
Dijo algo así: - ‘¿Quiénes van a hacer la revolución social, sino los
estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos, toda la canallada
que sufre abajo sin esperanza alguna?’- Y luego sentenció: ¿Quiénes lo van hacer sino
ellos? ¿Los ricos y los políticos, que están hasta el cuello de la mierda que
fueron juntando? Después de todo lo que Erdosain había escrito y yo había
leído, pensé que no había mucho más para escribir, excepto que pensé y dije: tenemos
dos opciones o hacemos la revolución ya mismo o estamos cagados.
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