Algunos de los casos más
misteriosos e irresolutos de todos los tiempos son tan cotidianos que ni por
vergüenza ajena nos damos cuenta que están ocurriendo. Nos hacemos los boludos,
pasando de lado, mirando de reojo por las dudas, pero en realidad nos
convencemos que no pasa nada de nada. ¡Ah, sí sí claro! Me refiero a algunas
cositas tan molestas y propias de todos los días, que pretendemos no conocer su
existencia. Perdón, más aun, somos de esos que decimos con gran convicción
prosiguiendo con una risa muy socarrona: “¡No! Jamás, a mi eso si que no me
pasa”. Pero que quieren que les diga, no les creo nada. Pasemos a ver cada caso
en particular:
La misteriosa desaparición de las
lapiceras de todos los escritorios del país. Por día, contando las casas de
familias, las oficinas, las verdulerías y carnicerías, las remiserías (de
capital y conurbano), las boleterías, etc., se esfuman de su lugar alrededor de
10 millones de lapiceras. El 70% son azules porque con ellas firmamos cheques,
facturamos, escribimos cuentos que valdrán fortunas cuando hayamos muerto, etc.;
el 25% son de color negro, que en líneas generales sirven sólo como suplentes
de las de color azul, o en casos extremos para hacer crucigramas o
autodefinidos en el baño de la oficina o de casa. Sólo el 5% son de color rojo
o verde, ya que son utilizadas por el gremio docente únicamente con el fin de
cagarnos la vida y martirizarnos con nuestros errores. Ortográficos,
ideológicos, cognoscitivos, psicológicos, o si estos errores no existiesen, nos
los inventan y los remarcan letra por letra en color (rojo o verde) poco común,
para que se resalte, de manera que no exista forma que pase al descuido de
quien lo quiera corroborar. Es un error. Resaltemos eso con color rojo o verde,
repasando varias veces por el mismo lugar, apretando bien la punta contra el
papel una y otra vez.
Ahora bien, si el tímido lector de
este relato fuera o fuese un ávido oficinista de micro centro, sabrá bien que
haber olvidado la lapicera azul encima del folio 585 del libro 10.790, que se
encuentra en el piso 27, torre 3, del box rojo sin número, comandado por la
Sra. Rosa Susana Ruiz de Soloqueda que tiene una edad aproximada (no declarada
en ninguna de las fojas de ingreso a la entidad allá por el año ’65) 70 añitos,
no le importará porque no podrá recordar nada de lo sucedido. Creerá, casi como
en un sueño que ha dejado su lapicera, en el escritorio azul, de la secretaria
de recepción en la entrada del edificio. Justo allí donde ella, la bella y
voluptuosa secretaria, día tras día, le da ese saludo tan cordial y sexual en
su pronunciar que lo hace pensar toda la jornada laboral en sus tetas, y en
menor medida en las hermosas rodillas descubiertas debajo de ese sagrado
escritorio donde solamente el gran jefe afronta el reto de sentarse.
No hay que olvidar la maratónica falta
de lapiceras al volver de colegio, si el pibe lleva 6, de las cuales 3 son
azules, dos negras y una roja (verde), con suerte vuelve una. Solitaria quedará
la roja (o verde) en el camino de regreso a casa, a eso de las 5 de la tarde, metida
dentro de la cartuchera de mazinger z o de los thundercats o de barbie, o del superhéroe
que nos toque adorar. Nadie conocerá jamás el paradero oficial de las restantes
5, 2 seguramente por aburrimiento se habrán metido de un zarpazo inesperado a
idolatrar a algún otro héroe inoportuno. De las otras 3, solamente una habrá
sido lo suficientemente valiente como para saltar hasta la latita forrada con
papel araña rosado, que adorna sobriamente el escritorio de la maestra, allí junto
al pizarrón negro que con orgullo se asume al frente de nuestra educación.
No quisiera olvidar a aquellos
inspectores de colectivos que cuando éramos apenas niños, pasaban asiento por
asiento a pincharnos el boleto, pero es que ya están muy lejos en la memoria. Pero
quien sabe también, esas lapiceras bic, en que otras aventuras habrán sido
capaces de afrontar.
Ciertamente, hoy las marcas
abundan, las hay de las que vienen de China o Hong Kong, que suelen ser las más
descuidadas, pero también están las americanas que pueden llegar a valer hasta más
que un perro de raza. Pero esto ya es otra historia, y ahora lo que importa es
que no olvidemos lo que nos pasa a diario, que no dejemos que se nos pierdan
aquellos momentos de nuestra infancia. Que no se pierdan tan abruptamente que
ya no sean mas parte de nuestra vida. Nuestra mente, nuestro pasado, la
historia, el fulbito del barrio, el lemon pie de la abuela, los amigos que nos
vieron llorar y crecer, el colectivo con inspector pincha boletos, los dibujos
que se repasan una y otra vez hasta el cansancio en un banco en alguna escuela,
la lapicera que pasa más de un millón de veces por el mismo contorno, casi que
hasta se queda seca y sedienta, mareada y confundida. No quisiera que olvidemos
lo que tenemos, lo que tuvimos, todo lo que nos ha hecho ser lo que somos. Hay instantes,
flashes, que nos pueden llevar hasta lugares desconcertantes. Pobre el que
olvida todo lo que le pasó cuando chico, porque no se puede mirar para adelante
sin ganas de volver para atrás aunque más no sea para jugar un rato en el jardín,
en el patio de ladrillos o en la manzana de enfrente.