sábado, 15 de diciembre de 2012

Para No Olvidar


Algunos de los casos más misteriosos e irresolutos de todos los tiempos son tan cotidianos que ni por vergüenza ajena nos damos cuenta que están ocurriendo. Nos hacemos los boludos, pasando de lado, mirando de reojo por las dudas, pero en realidad nos convencemos que no pasa nada de nada. ¡Ah, sí sí claro! Me refiero a algunas cositas tan molestas y propias de todos los días, que pretendemos no conocer su existencia. Perdón, más aun, somos de esos que decimos con gran convicción prosiguiendo con una risa muy socarrona: “¡No! Jamás, a mi eso si que no me pasa”. Pero que quieren que les diga, no les creo nada. Pasemos a ver cada caso en particular:
La misteriosa desaparición de las lapiceras de todos los escritorios del país. Por día, contando las casas de familias, las oficinas, las verdulerías y carnicerías, las remiserías (de capital y conurbano), las boleterías, etc., se esfuman de su lugar alrededor de 10 millones de lapiceras. El 70% son azules porque con ellas firmamos cheques, facturamos, escribimos cuentos que valdrán fortunas cuando hayamos muerto, etc.; el 25% son de color negro, que en líneas generales sirven sólo como suplentes de las de color azul, o en casos extremos para hacer crucigramas o autodefinidos en el baño de la oficina o de casa. Sólo el 5% son de color rojo o verde, ya que son utilizadas por el gremio docente únicamente con el fin de cagarnos la vida y martirizarnos con nuestros errores. Ortográficos, ideológicos, cognoscitivos, psicológicos, o si estos errores no existiesen, nos los inventan y los remarcan letra por letra en color (rojo o verde) poco común, para que se resalte, de manera que no exista forma que pase al descuido de quien lo quiera corroborar. Es un error. Resaltemos eso con color rojo o verde, repasando varias veces por el mismo lugar, apretando bien la punta contra el papel una y otra vez.
Ahora bien, si el tímido lector de este relato fuera o fuese un ávido oficinista de micro centro, sabrá bien que haber olvidado la lapicera azul encima del folio 585 del libro 10.790, que se encuentra en el piso 27, torre 3, del box rojo sin número, comandado por la Sra. Rosa Susana Ruiz de Soloqueda que tiene una edad aproximada (no declarada en ninguna de las fojas de ingreso a la entidad allá por el año ’65) 70 añitos, no le importará porque no podrá recordar nada de lo sucedido. Creerá, casi como en un sueño que ha dejado su lapicera, en el escritorio azul, de la secretaria de recepción en la entrada del edificio. Justo allí donde ella, la bella y voluptuosa secretaria, día tras día, le da ese saludo tan cordial y sexual en su pronunciar que lo hace pensar toda la jornada laboral en sus tetas, y en menor medida en las hermosas rodillas descubiertas debajo de ese sagrado escritorio donde solamente el gran jefe afronta el reto de sentarse.
No hay que olvidar la maratónica falta de lapiceras al volver de colegio, si el pibe lleva 6, de las cuales 3 son azules, dos negras y una roja (verde), con suerte vuelve una. Solitaria quedará la roja (o verde) en el camino de regreso a casa, a eso de las 5 de la tarde, metida dentro de la cartuchera de mazinger z o de los thundercats o de barbie, o del superhéroe que nos toque adorar. Nadie conocerá jamás el paradero oficial de las restantes 5, 2 seguramente por aburrimiento se habrán metido de un zarpazo inesperado a idolatrar a algún otro héroe inoportuno. De las otras 3, solamente una habrá sido lo suficientemente valiente como para saltar hasta la latita forrada con papel araña rosado, que adorna sobriamente el escritorio de la maestra, allí junto al pizarrón negro que con orgullo se asume al frente de nuestra educación.
No quisiera olvidar a aquellos inspectores de colectivos que cuando éramos apenas niños, pasaban asiento por asiento a pincharnos el boleto, pero es que ya están muy lejos en la memoria. Pero quien sabe también, esas lapiceras bic, en que otras aventuras habrán sido capaces de afrontar.
Ciertamente, hoy las marcas abundan, las hay de las que vienen de China o Hong Kong, que suelen ser las más descuidadas, pero también están las americanas que pueden llegar a valer hasta más que un perro de raza. Pero esto ya es otra historia, y ahora lo que importa es que no olvidemos lo que nos pasa a diario, que no dejemos que se nos pierdan aquellos momentos de nuestra infancia. Que no se pierdan tan abruptamente que ya no sean mas parte de nuestra vida. Nuestra mente, nuestro pasado, la historia, el fulbito del barrio, el lemon pie de la abuela, los amigos que nos vieron llorar y crecer, el colectivo con inspector pincha boletos, los dibujos que se repasan una y otra vez hasta el cansancio en un banco en alguna escuela, la lapicera que pasa más de un millón de veces por el mismo contorno, casi que hasta se queda seca y sedienta, mareada y confundida. No quisiera que olvidemos lo que tenemos, lo que tuvimos, todo lo que nos ha hecho ser lo que somos. Hay instantes, flashes, que nos pueden llevar hasta lugares desconcertantes. Pobre el que olvida todo lo que le pasó cuando chico, porque no se puede mirar para adelante sin ganas de volver para atrás aunque más no sea para jugar un rato en el jardín, en el patio de ladrillos o en la manzana de enfrente.