“Y me pongo loco,
fantaseo con el mar,
de irme nadando,
de volverte a tocar.
Y me pongo manco,
manos de inutilidad,
dejé allá mi sangre,
y hoy me tengo que inventar...
¡Si soy argentino!”
Mi país es un horrible recuerdo de la niñez, asusta pensarlo pero no se puede olvidar. Es un permanente estado de locura que irradia vitalidad por cada uno de los poros de su piel. Es desastrosamente inquieto, cambia incansablemente, en cada puesta de sol su armazón adquiere una postura diferente, pero sólo algunos siguen ese camino, otros simplemente se mantienen firmes en la proa del barco que siempre parece que está por hundirse.
Mi país es puro escombro, pero ante mis ojos es un bello palacio estilo francés, una orquesta a los pies de un genial balcón estilo Gaudí, tramos de una autopista desierta con pastos verdes sin nada más que gotas de lluvia a donde centrar nuestra atención. Es una extraña mezcla de sensaciones este querido rincón del mundo.
Mi país es el lugar a dónde millares de desconocidos vienen a buscar esa aventura que la vida jamás podrá enseñarles, dónde la pasión se escurre en el más pequeño de los callejones, dónde los oídos sienten que ya no dan más porque no soportan tanta vida al mango.
Recuerdo cuántas veces te quise dejar, a veces añoro las noches en que finalmente te abandoné. Dónde tuve las fuerzas necesarias para demostrarte que sólo eras pasado y que nada teníamos ya para entregarnos el uno al otro. Pero es inentendible, no puedo dejarte, y juro que a veces hasta me da mucha gracia decirlo. Irremediablemente imperfecta, sos cumbia villera de día y rock del millón por las noches. Sos Cortázar y Borges en algún cafetín de Buenos Aires y sos Maradona pegándole a la pelota de trapo en algún descampado en medio de la nada.
Como una rubia de minifalda que va cruzando la 9 de Julio medio en bolas, a las nueve de la mañana esquivando bocinazos, piropos y chiflidos que vienen de los taxis y camiones. Como esa morocha de metro ochenta, de jeans y zapatos de taco, que camina por el barrio aceptando las miradas con una sonrisa sin igual. Es esa mezcla de culturas y de razas que hace que nunca te quiera dejar. No sólo es por la rubia o por la morocha, ni por la cumbia ni por el rock.
Recuerdo haberte dejado llorando desconsoladamente. Te recuerdo llorándome porque te dejaba para nunca más volver, y me recuerdo empapado en lágrimas arriba de un avión pensando en cuánto iba a necesitar de vos cuando ya estuviéramos demasiado lejos, y lo innecesario de llegar a ese extremo, aun cuando sabés que no hay fútbol ni rock como el de acá.
Si quisiera seguir hundiéndome seguiría viviendo acá. Pero mi sangre aquí está, y ese imán no se puede rechazar tan fácilmente. Son partes que se atraen mutuamente. Porque no quise seguir llorando por mail, ni soñando a través de postales, ni añorando que nos volvamos a dejar en medio de un mar de sueños rotos, es que seguiré hundiéndome con calma aquí en este caos. Todo es muy volátil en un desierto que siempre está en llamas. Todo es desesperante cuando los aeropuertos siempre están desbordados. Mi sueño sigue estando acá y todo lo que consiga afuera siempre lo traeré conmigo, porque de hecho eso hicieron mis bisabuelos.