Cuando abrió los ojos eran las seis de la mañana de un día gris, salió de la cama que compartía con sus dos hermanos, se puso un par de zapatillas que dejaban sus dedos sentir el frío del alba. Se acomodó el pelo, puso su cara cerca del fuentón rojo y con sus manos echó un poco de agua a su rostro para despabilarse. Luego se puso un pullover de lana, unos guantes negros, y un gorro que olía burdel de mala muerte. Aún dormido, mientras caminaba por su casa de chapas, esquivaba los pozos del piso de tierra que el pobre viejo aún no lograba terminar. La humedad se trepaba a las paredes, y se mezclaba con el olor insoportable que emanaba del baño. Da unos cuantos pasos y se sienta en la mesa de tres patas que se encuentra pegada a la pared de chapa para que no se termine de desarmar. A su lado están las brazas que anoche calentaron el mismo guiso de arroz que su paladar sabe probar durante toda la semana. Allí pone la pava y calienta un poco de mate cocido. Le da unos tragos, respira hondo, resopla, se golpea el pecho, abre los ojos cada vez más, y luego se levanta. Patea la silla, y luego la levanta. Saluda a sus dos hermanos, le da un beso a su mamá. Debajo de su cama toma la pistola calibre 22 que le habían conseguido unos amigos el día anterior. Se la calza dentro del pantalón, detrás de la cintura. Le da un último trago al mate cocido y enfila hacia la puerta. Al salir a la calle, mira al cielo en busca del sol. Se siente defraudado y dirige su mirada al piso. Empieza a caminar, arrastrando las piernas y siguiendo con la mirada la tristeza de sus pies helados. Pasa por el alambrado que separa su rancho del resto, esquiva los charcos que le aparecen interminables, empieza a sentirse agitado y frena su marcha. Se incorpora a una posición bien erecta, toma aire profundamente, resopla y resopla. Recobra un poco el aliento y vuelve sobre sus pasos. Habiendo recorrido ya unas cuantas cuadras, los ranchos ya comienzan a desaparecer, las calles de tierra se vuelven de pavimento, y los autos ya no andan a los tumbos. Recorre el atajo que siempre lo lleva hacia el andén del tren. Usando un boleto viejo, pasa delante del guarda a quién le enseña el boleto y cruza el molinete sin que nadie note su trampa. Apura el paso y a los empujones se mete en el último vagón, allí las almas de trabajadores incansables se mezclan con los buscavidas, las caras de desesperanza y sueños sin cumplir van rumbo a la rutina del desamparo.
Cerca de las ocho de la mañana se baja en la estación de Retiro, se une a la muchedumbre y se pierde de vista. Se sienta en las escalinatas justo a la salida, pide un par de monedas para el colectivo a un hombre de traje azul impecable. Este hombre sin mirarlo a los ojos se las da contra su propia voluntad.Toma las monedas y se dirige a la parada que está a unos metros de donde se encontraba. Se mezcla en la larga fila. Se sube al colectivo y se va hacia el asiento del fondo, allí se sienta. Cruza los brazos contra su pecho y recuesta su cabeza contra el vidrio, cierra los ojos y duerme un largo rato. Al abrir sus ojos decide que es hora salir de cacería. Se baja en una esquina del barrio de Belgrano y comienza a caminar. Medio al pasar se mete en un pequeño almacén. Detrás del mostrador había un joven atendiendo y su novia sentada sobre sus piernas. Al sacar el arma comenzó a sentir la primer gota de sudor caer por su frente, mostró al joven toda su furiay estampó la pistola contra el vidrio del mostrador. La cara de la pobre pareja se desdibujó, se les congeló la risa. Les pidió toda la plata que tuvieran, relojes y también algo de yerba para llevar a casa. Ante la inmovilidad de ellos, pegó un salto y se puso detrás de ambos y los apuntó directo a la cabeza de a uno por vez, y finalmente posó el arma en la sien del joven. Ante el llanto desesperado de la joven, él reacciono dándole un fuerte culatazo y la chica se desplomó en el piso. Su novio seguía inmóvil, como habiendo perdido noción de realidad y no lograba reaccionar.
Recibe un fortísimo golpe en la nariz y así parece reaccionar. Le pide de rodillas por su vida y la de su novia. Pero eso no le importó a quién hoy tenía la vida de ambos en sus manos. Pegó un grito desgarrador y le suplicó que le entregara todo lo que estaba pidiendo, de lo contrario no contarían la historia. El joven ve a su novia desparramada en el piso desangrándose, y entre llantos e insultos se dirige a la caja para sacar los pocos pesos que tenían en ese momento. Se los entrega en mano y le ruega que los deje en paz. Jura por su madre que ya no tienen nada más para entregarle pero el otro chico le retruca diciendo y maldiciendo a toda la familia del pobre desgraciado que si no le da todo lo que tiene los fusilará a ambos. El chico con el arma en mano comienza a avizorar el final, cree que todo se le fue de las manos y que no tendrá más remedio que llevarse la vida de dos jóvenes inocentes. Apretando los dientes, con la mandíbula marcada y la mirada firme de un general, pone el dedo en el gatillo y apunta a la chica que aún yacía en el suelo. Cuando parecía que ya no había vuelta atrás en su decisión, por la puerta del almacén aparece a los gritos un policía con el arma en la mano temblorosay apuntando al ladrón. El chico reacciona con rapidez y toma del cuello al joven que estaba retirando el dinero que había escondido debajo de la caja. Se para justo detrás de él utilizándolo como escudo y exige amenazando al policía que arroje el arma. No sintiendo la necesidad de arriesgar su vida, el hombre de uniforme azul arroja el arma y se pone de rodillas mirando al mostrador. En ese instante el joven gatilla el arma y le da en medio del pecho al policía. Éste cae desplomado. En la desesperación del frenético instante y sólo pensando que no piensa pasar la vida entre rejas, su instinto de supervivencia le dice que debe matar a la pareja y escapar sin demora. Pone de rodillas al joven justo delante de su novia y los fusila a ambos. Primero a él y luego a ella. Sin culpa, sin dolor y sin rencor destrozó vidas, corazones e ilusiones. Se llevó todo el dinero,y arrastró consigo todo esa sensación de mundo injusto e ira sin control para deshacerse de tres ignotos actores de reparto. La crudeza de su andar no les dejó nada.Salpicado en sangre pega un salto sobre el mostrador y se dirige hacia la puerta. Huyó del pequeño almacén tan rápido como lo que tardó en llevarse tres almas al cielo. Sus piernas no lograban coordinar los movimientos de tan rápido que desapareció. Su cabeza no encontraba en la culpa un motivo para arrepentirse. Desde el momento en que se convirtió en un asesino no lograría entrar en razones. Así sus piernas lo llevaron hasta un parque ubicado a unas pocas cuadras del lugar del crimen. Al llegar, camina aún con el arma en la mano y se queda inmóvil.En el corazón del parque, parado sobre el verde césped, levanta la mirada y el sol se le vuelve a negar. Entonces se deja caer resignado porque ya no sabe hacia dónde correr. Y tampoco sabe de qué se está escapando si lo que más quiere es perderse en este mundo para no ser encontrado nunca más. Abre su boca, siente el frio del caño en sus labios. Aprieta sus dientes contra el metal y siente un suave escalofrío que le trepa por la espalda hasta la nuca. Sus labios dibujan alivio, por su nariz sale su último respiro, que a pesar de ser el último fue el más profundo.Luego cierra sus ojos para no volver a abrirlos nunca más y jala el gatillo. El estruendo ahuyenta a los cientos de actores de reparto que suelen habitar el parque. Se despidió del mundo sin decir adiós y sin pedir perdón a nadie porque no creyó que nadie mereciera su comprensión. Y no será el último en decir adiós de esa manera.
En el barrio y en el potrero que solíamos jugar todo se esfumó, todo se perdió en el tiempo y duró tan poco, fue tan efímero que casi no lo recuerdo. El tiempo se escapó de mis manos y no lo pude retener. Fue como sentir que la arena se escapaba entre mis dedos mientras la utopía era no perder la aspereza de cada gramo. Y así hoy es que vuelvo a abrir los ojos para ver con nostalgia que el potrero no es más potrero y el barrio ya no es tan barrio. Duele que sea así.
Hace ya unos cuantos años que no piso aquel potrero en el que pasaba las horas de mi infancia entre patadas y caños, entre puteadas y abrazos de gol con caño incluido. Éramos capaces de patear las piedras con tal de pisarlo y armar un buen picadito. Recuerdo como soplaba el viento y hacía volar la tierra. Los arcos armados con troncos de árboles que cada tanto desaparecían para servir de leña a algún desafortunado muerto de frío durante los días de invierno, y la pelota improvisada con lo que hubiera a mano en ese momento. Nada nos frenaba de querer ser un Maradona. Rodeados de eucaliptus, perros abandonados, algún que otro chalet de brilloso aspecto contrastando con las casas de chapa y tronco.
Así y gracias al barrio aprendí a mezclarme con los pibes del potrero, fui parte de su mundo mezcla de pobreza casi desesperante, trabajo a destajo por un pedazo de pan y alegría futbolera.
En la tarde que llegué al barrio con mi familia, después de tanto deambular por la ciudad, al fin se cumplía el sueño de mis viejos de la casa propia. Justo enfrente estaba el querido potrero. Así esa misma tarde, miré por la ventana y había unos pibes jugando un partidito. Todos vivían en las casas de chapa que había a la vuelta de casa. Sergio era uno de esos. Es él quién no puedo olvidar. La primera vez que nos cruzamos casi nos matamos a trompadas de no ser por su hermano Cristian, creo que él salvó mi vida. Pero al día siguiente no había vestigios del más mínimo rencor, y desde ese instante Sergio fue un gran amigo. Nunca voy a entender por qué razón fuimos tan amigos, a pesar de las diferencias de clase de nuestras familias, y mucho menos entenderé por qué razón divina me quiso como a un hermano. Pero él fue mi defensor incondicional en cada picado que jugamos, en cada día que pasaba tenía a alguien que daba la vida por mí.
Mi infancia en el barrio tiene que ver con él. El dolor de volver cada vez menos tiene que ver con que ya nada es lo mismo. Ver que las casas de chapa y madera ya no están no marca el progreso, sino el olvido. Que los eucaliptos ya no están, que se pueda ver a lo lejos a través de la ventana de mi habitación, y ver que el viento trae más tierra y más angustia de la que debería si esos árboles estuvieran, me dan la sensación que el barrio esta despoblado. Que el potrero ya no exista, no quiere decir que se hayan robado por millonésima vez los arcos de madera o que no haya más piedras que patear, se me hace a la idea que lo pibes de antes llorábamos por patear una pelota después de tanto trabajo y los de hoy muerden el encierro con un gran goce interno. Se me hace que salir a patear las calles del barrio era un rito ineludible después de patear un rato. Pero todo se acalla cada vez más temprano, y el polvo del potrero todavía tiene las huellas de mi última gambeta, o tal vez la sangre de mi rodilla de tanta zambullida en pos de demostrar que era uno más de ellos. El silencio que recorre las calles del barrio, ya me da la sensación de pueblo fantasma. El vacío que veo desde mi cuarto en las horas del picadito me hiela la sangre. Ver que esos árboles ya no están me desarma con una facilidad asombrosa. Sergio se fue hace ya más de diez años y con él barrio y el potrero descansancon impaciencia. Muertos de ganas que aparezca otro pibe como él, que le dé un poco más de vida a todo esto que ya no tiene sentido, están los pides del hoy. Y quizás muertos de miedo están ahí agazapados, porque ya no creen en el sentido de la vida y la felicidad sin el encierro que se les impone en su vida cada día más fuertemente.
El barrio ya no es barrio, es pueblo fantasma. El potrero ya no es potrero, es sólo viento, polvo y cardos volando. Es olvido y huellas que no se logran borrar. La vida les entrega en mano más arena repleta de utopías y caminos grises sin un solo árbol para tapar su visión simplista de existencia cuasi innecesaria.
Sergio se fue lejos porque no soportó su pobreza. Yo me escapé porque no soporté mi verdad. Se me hace difícil saber que dejé la arena escapar tan rápido y fácilmente que ya no la quiero volver a sentir. Si algún día nos volvemos a encontrar picadito mediante ya no será utopía atrapar el tiempo. Quizás así el barrio y el potrero retomarán el color que alguna vez supieron tener. Quizás así la vida de ambos recuerde esa infancia que hoy nadie es capaz de vivir. Me gusta pensar que ese pibe que moría por patear la pelota y vaguear buscando historias, hoy anda por el mundo trabajando incansablemente por la vida tanto como lo hacía antes. Me gusta tener la seguridad que me recuerda porque dejé la huella que muy pocos dejan en el lomo de un amigo.
Cuando volvamos quizás ya no haya barrio ni potrero ni arcos. Pero siempre habrá un chalet brilloso para recordar tanta inocencia. Siempre habrá una casa de chapa y tronco donde contar goles de antología.