domingo, 15 de mayo de 2016

Cuentos dentro de Cuentos


¿Qué pasaría si el diablo fuese el bueno de la película? Pensaba fuertemente mientras mi madre me arrastraba en esta silla en la que estoy postrado desde que nací. En este inmundo espacio del mundo en que estoy confinado a vivir. Tullido y marchitado como esa flor que se descose al calor del sol de verano. El hilo de mi baba recorría un sinuoso camino de desconciertos, que pasaban por la comisura de mis labios, haciendo escala en el lóbulo de mi oreja izquierda. Finalmente se sentaba en la base de mi cuello. Algunas veces tenía la suerte que el pañuelo de Solita se apresurara y me secara un poco el dolor. La silla se arrastra en medio del vagón de tren que viene repleto. En la manija izquierda, llevo atada una soga con un tachito que pide ‘ayuda por favor’. Allí suenan algunas monedas mientras paseo y soy admirado por todos. Mamá me hace una caricia cada tanto, y si entra un billete mayor a diez pesos siento la presión de su mano en mi cráneo, olfateo una cena digna y el amor de sus manos se hace fuerte.
No puedo moverme, no puedo hablar, no logro conjugar las palabras como quisiera. No puedo caminar, mis piernas se enroscan y hacen que mis músculos me absorban y se entrelacen. Los dedos de mis manos se encierran, no logro que se aflojen, no puedo acariciar. Apenas puedo ver, y mi cuello no permite movimientos bruscos.
El pasillo es muy largo, y sigo pensando en aquella frase que se me cruzó por la mente hace un par de vagones atrás. Pero no puedo profundizar, me cuesta pensar en otra cosa que no sea salir de aquí, de esta maldita silla, de la absurda pobreza, de librar de esta esclavitud a mamá.
¿Cómo hacer para no soñar? Mientras tanto, pensaba y pensaba.
La mesa del bar constaba de cuatro integrantes. Todas ellas muy femeninas. Tono aburguesado, escote en redondeado, bolso de raquetas, zapatillas blancas llenas de polvo de ladrillo, y tomando el té. Planeando hábilmente una cena donde la cantidad de familias no era el problema, como tampoco lo era el dinero que eso iba a costar. Tampoco era un problema importante decidir la localía, pues todas ellas estaban dispuestas y encantadas en recibir a todos los que decidieran asistir al agasajo que se estaba gestando. Mientras se ponían de acuerdo, el tema oscilaba entre los problemas conyugales y lo difícil que era hacer que la mucama no faltase a trabajar día por medio. Cuando volvían al tema original, y ya con el té medio frío, la resolución era la siguiente: las cuatro estaban dispuestas a ser anfitrionas, las cuatro estaban firmemente felices de realizar el agasajo a sus familias y amistades, pero ninguna quería cocinar. ¿Y cómo hacemos? Mientras tanto una decía a todas: -Yo te agasajo, te trato de diez, te sirvo, te llevo y te traigo, soy la mejor para agasajar, pero no te cocino nada. ¡No puedo, no me gusta! Concluyó Cachi enérgicamente. Y el resto de las chicas, a pura risa.
Nada resuelto, en fin, todo seguía igual pasando del quinto al sexto vagón, un par de monedas más al tacho y mamá también me había anoticiado que un hombre de piel oscura y sombrero blanco había puesto un billete de 50 y le había dado su bendición. Mamá seguro que le sonrió dulcemente y siguió llevándome a través del pasillo del tren. Y un nuevo hilo de baba comienza a nacer y espero que Solita esta vez lo agarre porque el último no lo secó y el cuello me quedó inmundo y no sé cómo decírselo para que no se sienta mal.
En la puerta de la gran casona de San Isidro estaban las cuatro bellezas del club de tenis. Estaban Achi, Cachi, Pachi y Chachi. Todas despampanantes. Bustos hermosamente rellenados con siliconas, pelos rubios brillosos, bocas plastificadas y labios carnosos. Recibían ellas a todos los invitados, uno por uno, beso en la mejilla y palmadita en la cola para algunos. Para otros besitos, y para otros sólo entregaban la mano para ser besadas. Nada relevante en realidad. Frialdades típicas de la clase alta argentina. Mucho caviar, mucho champagne. Se hablaba mucho de religión, del papa, del presidente, de la soja, y de los bancos. Ah, bueno también de los famosos ceos, o si i ous o algo así. Bandejas de plata, mesa kilométrica. Sillas con ribetes dorados. Tres cubiertos a la derecha del plato. Tres cubiertos a la izquierda del plato. Tres platos uno encima del otro. Arriba el más pequeño y más hondo, debajo de éste el siguiente ya un poco más playo, menos profundo que el anterior. Y el de abajo del todo, playo por completo, con un círculo plateado que lo contorneaba, y de un blanco profundo. De repente todos a la mesa. Todos de pie, hasta que las mucamas le acerquen la silla para que puedan pegar el sucio culo al tapiz del fondo. Sin ánimo de ofenderles, nada en la mesa me sonó jugoso como para comentarlo, todo superficial, muy discutible.
Con las patas llenas de barro, saliendo de la plaza. Pertenezco a ese submundo de los olvidados. Soy parte de los que no tienen derechos. Vivimos donde nadie quiere estar. Juntos a las vías del tren, a la orilla de los ríos, al pie de la montaña, debajo de las autopistas, pegado a los basurales, cerca de las pestilentes fábricas multinacionales. Allí estaremos siempre. Donde haya un río que desborde ante la primera lluvia. Donde rebrote el cáncer ante el primer vertido de desechos al agua. Ahí cuando el tren descarrille y la autopista se desplome, ahí estaremos poniendo todo lo que tenemos para ser víctimas de un desastre. Somos los pobres, los marginales, los ladrones, los asesinos, los violadores. El cáncer de este país, la caca del culo del mundo. Lo que nadie quiere ver. Lo que nuestros amos no quieren aceptar. La podredumbre y la patada en los huevos de los ricos. ¡Y lo bien que estaría el mundo sin nosotros! Todos sería tan pero tan fácil.
Noveno vagón, tengo tanto desconcierto. Cuesta avanzar, y más cuando la gente no se corre del medio. La vieja, pobrecita con sus sesenta y pico de vida y otros tanto mendigando para poder comer, anda arrastrando mi silla y mi alma para que yo aguante. Esquivando, pidiendo permiso, agradeciendo, maldiciendo, del andén al vagón y del vagón al andén. Del andén al barrio y del barrio a la cama. Mamá desarropándome, con toda la dulzura de que te puede dar quien te trajo al mundo. Secando mi baba, limpiando mi cuerpo desnudo con un trapo mojado y tibio. Luego me seca, me perfuma y me deja por un rato. Mientras ella cocina, yo pienso. Y vuelvo a pensar. Esas miradas de horror al verme pasar, esos rostros que ven, pero no quieren ver. Soy el hijo bobo del pueblo, soy la cascarria que nadie quiere tener en sus brazos. ¿Seré más útil muerto que vivo para ellos? ¿Lo seré en realidad? ¿Soy realmente un discapacitado?
Mientras tanto, Achi, Cachi, Pachi y Chachi, rebalsan de alegría, el champagne empieza a surtir efecto y ellas no paran de hablar. Una boludez atrás de la otra. Los chicos andan por ahí, perdidos en el enorme caserón. Las mucamas de una punta a la otra de la mesa, tráeme, llévame, subime, déjame, sácame, y la concha que los parió. Los hombres de la casa, ya se han apartado de la mesa, se mudaron a una sala contigua al comedor, repleta de libros de medicina, de marketing, de historia, de política, grandes autores, tomos de libros que pesan toneladas. Los sillones todos de un cuerpo amplio, aterciopelados, ubicados en forma de rombo; en el medio una mesa con vasos para whisky. Dos botellas de estilo, etiqueta negra ultra gold. Una hielera de plata y una campana. La campana suena, la mucama ingresa a servir a los muchachotes. Pone uno, dos y hasta tres cubos de hielo en cada vaso, vierte lentamente el whisky sobre el hielo y los entrega uno por uno. El dueño de casa, da la orden para que Ester se retire, ella da media vuelta y en silencio cierra la puerta. Del lado de afuera de la sala, apoyada contra la pared allí espera ser llamada. Los muchachos hablan de negocios, de dinero, ¡lo único que les importa en la vida, es el dinero! Y cuánto más puedan amasar mucho mejor. Y el resto que se joda. ‘Nosotros laburamos y estudiamos, le dedicamos nuestra vida al dinero y a cuidar nuestra fortuna’. Nada despreciable.
Y para colmo de males llueve. Las gotas caen como mazazos sobre mi cabeza. Me pongo a resguardo del agua debajo del alero de una parada de bondi. Guardo el cartón que me protege del frío debajo del asiento de la garita. Tengo una frazada para taparme, pero como prefiero que no se moje, la dejo adentro de mi bolsito. Se acerca un pibe que labura en un mac donalds de la zona, y me trae dos hamburguesas que iban a ir a parar a la basura, me las entrega envueltas en papel madera y adentro de una cajita feliz. Me sonríe, y me dice -‘quédate por acá y en un ratito te alcanzo un café calentito para el pecho, que hace un fresco que ni te digo’-. No me alcanzan las manos para abrazarlo, pero como tengo el corazón curtido y la soledad y el desamor del prójimo que sufro a diario me lo prohíben, no lo hago, me rehúso. Simplemente tomo la cajita y lo palmeo en el hombro antes que se vaya. Soy tan pobre, tengo tan poco, pero tan poco, que ni se imaginan. No podrán entenderlo jamás. Sin dudas que la pobreza duele, pero más nos duele el abandono de nuestros hermanos. La gente hace que no nos ve, pero estamos. Somos millones y cada vez somos más.
Último bocado que viene de la mano de mamá, desde el plato a mi boca sin escalas. Un trozo de carne caliente bañado en salsa y acompañado por unas papas con zanahoria y zapallo. De vuelta, la servilleta limpia mis labios, y mi barbilla. Mamá me canta una canción, la misma que me canta hace sesenta años, esa que sabe que me gusta, esa que sabe que me hace llorar. Ella la canta tan pero tan bien y con una voz tan fina que me rompe de la emoción. Luego me abraza muy fuerte. Toma las manijas de la silla y me lleva hasta mi cama y en el camino sigue balbuceando: - “Niño, deja ya de joder con la pelota…Niño que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca…” y sigue… Y me recuesta en la cama nuevamente, me tapa, me besa y se aleja mientras termina la canción. Su voz se pierde allá a los lejos, pero sigo oyendo su hermosa vos.
- “Nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj, que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós”- … Mis ojos se cierran, y finalmente la oigo romper en un llanto. Pero está muy lejos, no me puedo mover, no puedo hablar, no la puedo consolar. Apenas si puedo llorar.
Una vez y hace muchos años leí algo que escribió un viejo amigo. El loco de Erdosain, aquel ladrón y estafador que dejó estas marcas en mi piel, las grabó cuando yo era apenas un adolescente y nunca jamás las olvidé. Y mejor que lo ponga yo en mis propias palabras va a ser lo que lo replique idénticamente al querido loco. Dijo algo así: - ‘¿Quiénes van a hacer la revolución social, sino los estafadores, los desdichados, los asesinos, los fraudulentos, toda la canallada que sufre abajo sin esperanza alguna?’-  Y luego sentenció: ¿Quiénes lo van hacer sino ellos? ¿Los ricos y los políticos, que están hasta el cuello de la mierda que fueron juntando? Después de todo lo que Erdosain había escrito y yo había leído, pensé que no había mucho más para escribir, excepto que pensé y dije: tenemos dos opciones o hacemos la revolución ya mismo o estamos cagados.