sábado, 15 de diciembre de 2012

Para No Olvidar


Algunos de los casos más misteriosos e irresolutos de todos los tiempos son tan cotidianos que ni por vergüenza ajena nos damos cuenta que están ocurriendo. Nos hacemos los boludos, pasando de lado, mirando de reojo por las dudas, pero en realidad nos convencemos que no pasa nada de nada. ¡Ah, sí sí claro! Me refiero a algunas cositas tan molestas y propias de todos los días, que pretendemos no conocer su existencia. Perdón, más aun, somos de esos que decimos con gran convicción prosiguiendo con una risa muy socarrona: “¡No! Jamás, a mi eso si que no me pasa”. Pero que quieren que les diga, no les creo nada. Pasemos a ver cada caso en particular:
La misteriosa desaparición de las lapiceras de todos los escritorios del país. Por día, contando las casas de familias, las oficinas, las verdulerías y carnicerías, las remiserías (de capital y conurbano), las boleterías, etc., se esfuman de su lugar alrededor de 10 millones de lapiceras. El 70% son azules porque con ellas firmamos cheques, facturamos, escribimos cuentos que valdrán fortunas cuando hayamos muerto, etc.; el 25% son de color negro, que en líneas generales sirven sólo como suplentes de las de color azul, o en casos extremos para hacer crucigramas o autodefinidos en el baño de la oficina o de casa. Sólo el 5% son de color rojo o verde, ya que son utilizadas por el gremio docente únicamente con el fin de cagarnos la vida y martirizarnos con nuestros errores. Ortográficos, ideológicos, cognoscitivos, psicológicos, o si estos errores no existiesen, nos los inventan y los remarcan letra por letra en color (rojo o verde) poco común, para que se resalte, de manera que no exista forma que pase al descuido de quien lo quiera corroborar. Es un error. Resaltemos eso con color rojo o verde, repasando varias veces por el mismo lugar, apretando bien la punta contra el papel una y otra vez.
Ahora bien, si el tímido lector de este relato fuera o fuese un ávido oficinista de micro centro, sabrá bien que haber olvidado la lapicera azul encima del folio 585 del libro 10.790, que se encuentra en el piso 27, torre 3, del box rojo sin número, comandado por la Sra. Rosa Susana Ruiz de Soloqueda que tiene una edad aproximada (no declarada en ninguna de las fojas de ingreso a la entidad allá por el año ’65) 70 añitos, no le importará porque no podrá recordar nada de lo sucedido. Creerá, casi como en un sueño que ha dejado su lapicera, en el escritorio azul, de la secretaria de recepción en la entrada del edificio. Justo allí donde ella, la bella y voluptuosa secretaria, día tras día, le da ese saludo tan cordial y sexual en su pronunciar que lo hace pensar toda la jornada laboral en sus tetas, y en menor medida en las hermosas rodillas descubiertas debajo de ese sagrado escritorio donde solamente el gran jefe afronta el reto de sentarse.
No hay que olvidar la maratónica falta de lapiceras al volver de colegio, si el pibe lleva 6, de las cuales 3 son azules, dos negras y una roja (verde), con suerte vuelve una. Solitaria quedará la roja (o verde) en el camino de regreso a casa, a eso de las 5 de la tarde, metida dentro de la cartuchera de mazinger z o de los thundercats o de barbie, o del superhéroe que nos toque adorar. Nadie conocerá jamás el paradero oficial de las restantes 5, 2 seguramente por aburrimiento se habrán metido de un zarpazo inesperado a idolatrar a algún otro héroe inoportuno. De las otras 3, solamente una habrá sido lo suficientemente valiente como para saltar hasta la latita forrada con papel araña rosado, que adorna sobriamente el escritorio de la maestra, allí junto al pizarrón negro que con orgullo se asume al frente de nuestra educación.
No quisiera olvidar a aquellos inspectores de colectivos que cuando éramos apenas niños, pasaban asiento por asiento a pincharnos el boleto, pero es que ya están muy lejos en la memoria. Pero quien sabe también, esas lapiceras bic, en que otras aventuras habrán sido capaces de afrontar.
Ciertamente, hoy las marcas abundan, las hay de las que vienen de China o Hong Kong, que suelen ser las más descuidadas, pero también están las americanas que pueden llegar a valer hasta más que un perro de raza. Pero esto ya es otra historia, y ahora lo que importa es que no olvidemos lo que nos pasa a diario, que no dejemos que se nos pierdan aquellos momentos de nuestra infancia. Que no se pierdan tan abruptamente que ya no sean mas parte de nuestra vida. Nuestra mente, nuestro pasado, la historia, el fulbito del barrio, el lemon pie de la abuela, los amigos que nos vieron llorar y crecer, el colectivo con inspector pincha boletos, los dibujos que se repasan una y otra vez hasta el cansancio en un banco en alguna escuela, la lapicera que pasa más de un millón de veces por el mismo contorno, casi que hasta se queda seca y sedienta, mareada y confundida. No quisiera que olvidemos lo que tenemos, lo que tuvimos, todo lo que nos ha hecho ser lo que somos. Hay instantes, flashes, que nos pueden llevar hasta lugares desconcertantes. Pobre el que olvida todo lo que le pasó cuando chico, porque no se puede mirar para adelante sin ganas de volver para atrás aunque más no sea para jugar un rato en el jardín, en el patio de ladrillos o en la manzana de enfrente. 

sábado, 16 de junio de 2012

Conversaciones falsas con gente falsa (Lado B)


Charla entre Bekham y Shakira

Domingo rabioso, a pura resaca caminaba por calle Corrientes, y de guapo nomás me meto en el Café Tortoni. Haciendo un poco de equilibrio, y esquivando algunas mesas y sillas que enaltecían mi mal humor, o humor de domingo al mediodía, o como cuernos se llame, aterricé casi herido en una mesa lujosa y escondida. Lejos del tumulto. Es claro que era cualquier cosa menos buen humor lo que sentía. Haciendo un paneo general y una vez que comienzo a sentir mi cuerpo y recupero un poco el aliento, encuentro escondidos en el fondo del bar, dos caras muy conocidas ¡Debieran haber visto mi cara en ese momento, era para la foto del living familiar! Simplemente irresistible. Mi vida y mi domingo, de repente, se volvieron un paraíso del que no quisiera salir jamás. Y si lo estuviera imaginando, quisiera seguir soñándolo todo el domingo por lo menos. Ella, sentada tomando café solo, con ese aroma que puede enroscarte en un sueño y adormecerte hasta las fosas nasales de tan fuerte que se sentía. Él, con sus pelos rubios y tomando un té de hierbas finas, contando los dedos de sus manos, cruzándolos y descruzándolos. Ella se acomoda un poco la melena, que imagino le han despelotado la noche anterior. A él, le brillan las uñas, le relucen los zapatos negros, las gafas de sol y vaya uno a saber que más.
De espaldas a mí, piernas cruzadas, David Beckham o Beckan, ¡da igual si no sé cómo se escribe! Espero que mis amigos ingleses sepan disculparme ese tremendo error, pero es que soy una mezcla rara de boludazo de barrio y paisano come mocos. En fin, mirándolo bien creo que la pierna derecha estaba por sobre la izquierda. Más aun, se frotaba las manos, como quien espera con ansiedad la llegada de un gran banquete. Parecía raro, pero tenía una bufanda roja enroscada en el pescuezo, que no comprendo todavía como carajo podía tragar el té. Lo que no sé tampoco, es cómo lo llamarán allá en la isla esa que es tan chiquita. Si le dirán “Daví”, si será “El Davi” o será "Deivid". Porque si lo pienso bien, y me acerco a pedirle un autógrafo, no sé ni cómo llamarlo y no quiero quedar mal. No si saben ustedes, pero vieron que acá en los pueblitos chicos como esa islita, le agregan “El” a cualquier nombre masculino, y le anteponen “La” a los femeninos. Es raro pero pasa, lo aseguro.
Me fui de tema, no era eso lo que quería contar, bajo ningún aspecto. En realidad debería estar relatando con un poco más de humildad que un domingo de junio, hace no mucho tiempo, y frío y demasiado frío y resaca mediante, presencié una charla de café entre el tal Bekan y una tal Chakira o Yakira o Shackira, ¡o como cuernos sea que se escriben esos nombres raros de primer mundo! Si la verdad es más fácil ponerle Carlitos o Ramoncito. Al pedo tanto nombre artístico, si para lo que hacen...Deben estar todo el día rascándose el higo, ni hablar de ella que se debe rascar…. Mejor ni lo digo porque quedo mal, y si me escucha la colombiana y se calienta, me deportan porque se ve que anda de joda con el hijo del Presidente De la Rúa. Jodida la cosa si me escucha.
Antes de contarles lo que se decían mutuamente, antes de explayarme sobre el tema de conversación, les voy a contar lo que pidieron para almorzar. Igual vale aclarar, que si bien ellos tomaron un té y un café antes del plato principal, nosotros los argentinos debemos ser medio pelotudos porque siempre lo tomamos después de las comidas, yendo más lejos, incluso después del flancito con dulce de leche. Como para que no queden dudas que queremos siestita con la vieja. Y lo único que está permitido que se escuche en esas siestas eternas, son los lejanos ladridos de las peleas de los perros del barrio.
Ah! Si si, es cierto. ¿Qué pidieron para almorzar “la Chakira” y “el Deivid”? Bueno, según pude escuchar, y en tono medio inglés, él se pidió un pechito de tortuga con salsa de astros, bañado en crema de moco y frambuesas silvestres de La Puna. La verdad que una cagada venirse hasta el culo del mundo, meterte en el Café Tortoni para comer tortuga, moco y no sé qué corno más.
La otra, la colombiana, fue un poco más audaz: sopa de huevos de toro, acompañado de una hoja de lechuga sazonada con vellos de cerdo y cremas aromáticas del Riachuelo. Y para colmo el aroma que se me venía encima de la mesa y me arruinaba la degustación del inmenso chori pan que me estaba morfando para curar mi resaca. La verdad que sólo la odio por esa razón, por pedirse una ¡sopa de de huevos de toro con cremas aromáticas del Riachuelo! Igual, mea culpa, quien me manda a ponerme justo una mesa detrás de estos dos mocos. Todo por curioso y de paisano porfiado que soy nomas.
Mientras almorzaban, corría un reguero de silencio por todo el bar. Algunos porque no daban para más que eso, y otros porque tenían un ritmo masticatorio tan rápido que no les permitía emitir palabra alguna. Es más, estos dos guiris, se comunicaban a través de la correspondencia mutua de sonrisas y complicidades. Pero ni bien terminaron su exótico almuerzo, empezaron a salarnos a nosotros (a los porteños, a los paisanos, ¡a todos!). No dejaron ni a uno en pie.
Becan:- ¿Estos culiados viste cómo te tratan? Te llenan el culo de bifes de 800 grs., dulce de leche, medialunas, empanadas, te dan un beso en la mejilla y te mandan de vuelta inflado como un toro.
Chakira:- Decímelo a mi querido, eso me recuerda al momento terrible que pasé ayer. Ahora que me creció un poco el culito, no tengo mejor idea que ponerme un jean blanco ajustadito y salir un sábado a la mañana para “El Tigre” en el 60. No sabes las apoyadas que me pegaron esos culiados que van como ganado en esos bondis ¡¿Yo no sé cómo viven así?! Encima te apoyan descaradamente y se hacen los giles. Hay uno que va leyendo, agarrado del pasamano y apoyado por otros 20, que levantan el sobaco y te refriegan su olor a crema de cebollas por la nariz. La minita que va con sus auriculares y el telefonito ese con teclado que te deja piratear las 24 horas del día, te apoya las tetas y no le importa nada. Te digo Deiví, lujuria desmedida es poco. Es como si te ensartaran, te tiraran baldes de agua del Paraná y te dijeran te quiero, todo a la vez.
Becan:- ¡Pará! Ni lo digas nena, anda a caminar por Florida el lunes a eso de las dos de la tarde. Estos locos te pasan por arriba, y ahí si arrugás te comen crudo. A mí se me ocurrió preguntarle a un grandulón que estaba parado en una esquina con un fajo de billetes verdes y a los gritos pelados, cómo podía hacer para tomar el subte línea D, y el tipo me dice: “¡Devolvenos las Malvinas inglés de mierda, piratas corruptos, ojalá se les hunda la isla pedorra esa que tienen como país, y que nunca les pare de llover ni les salga el sol soberbios del…!” y me fui porque el tipo no paraba y todo el mundo nos miraba. De rebote la ligo con otro, que me tira un: “¡Como se los cogió el Diego papá!”.
Becan: -Mostrando su cara de ingles desorientado en medio de las pampas-  Y encima no tengo ni idea quien es el Diego, ni que son las Malvonas y menos porque me dijo pirata ¡Están todos locos acá Chaki!
Chaki:- Bueno rubio tranquilo, que no deben ser todas malas. ¿No? Seguro que las curvas no te habrán esquivado por estos pagos.
Becan:- Puede ser, no te voy a decir que la guachitas no me han dado más de una alegrón en estos días. Pero te digo algo mas, ¡qué país raro la puta madre! Un día me levanto, me voy a conocer el Obelisco, y veo gente golpeando cacerolas gritando no se qué cosas.
Chaki:- Si lo sé, es que según entiendo, andan calientes con mi suegro porque dicen que el tipo es medio siome y que les cagó los ahorros a millones de personas. Me parece que se viene jodida la cosa, me contó Antoñito que están arreglando el helicóptero para tomárselas de acá.
Becan:- ¡Ah! Me parecía. Y mirá negra que yo pensé que andaban festejando algún gol de Boca o River. Viste que dicen que estos tipos son unos enfermos del fútbol.
Becan:- Che, ya que estamos en el tema fútbol, ¿es cierto que este tal Messi es argentino? En Inglaterra dicen que el tipo tiene mi pegada, y mi gambeta ¡Yo te juro que no lo vi jugar, pero ni en pedo tiene mi facha! Además le falta experiencia, si nunca ganó nada. No lo veo con futuro, te juro. Es más, estos no vuelven a ganar un mundial de fútbol en la re putísima vida. Y lo digo con todo el deseo del mundo.
Chaki:- ¡Si loco, ojalá sea así! Te juro que si llegan a ganar un mundial no los banca nadie a estos fanfarrones. Encima fíjate una cosa, el primero que ganaron, lo ganaron a punta de pistola y de locales, y ya hace como un siglo. Y el segundo, lo ganaron con el técnico ese narigón tramposo que era capaz de cagarte la comida para hacer que no juegues, y después tenían a ese tal Maradona que de puro pedo metió un gol con la mano y otro que de orto se paso 5 ó 6 jugadores del otro equipo porque el narigón les había meado el agua y estaban todos cagándose encima.
Becan:- Si tremendos fanfarrones estos bichos. Son los mejores en todo. Tienen al mejor jugador de fútbol, inventaron el colectivo, la birome, la soda, y alguna que otra poronga más. Ah, me olvidaba tienen la avenida más ancha del mundo (para cruzarla tenés que ser atleta olímpico porque te digo que si no, ¡estás media hora para pasar de una lado a otro!).
Chakira: - ¡Esa! Pero no te olvides que Gardel era argentino, las Cataratas que dicen que es la octava maravilla del mundo. ¡Y las minas son las más lindas del mundo también!
Becan:- ¿Sabés qué Chaki? ¡Me aburrieron estos garcas! Mejor me vuelvo a mi tierra que allá no habrá sol pero seguro no hay quilombo todos los días, ni bocinazos ni puteadas, ni te cagan los ahorros, y además puedo estar delgado y en forma.¡Y a las 6 de la tarde estoy en la cama con la vieja haciendo cucharita!
Chaki:- La colombiana arregla su melena, mientras no para de reírse- Si tenés razón Devi, escuchame ¿por qué no vamos yendo? Yo tengo que ir a hacer un poco de presencia con el nabo de Antoñito y la familia, que encima ¡parece que está todo como el culo y nos vamos hoy a la tarde en helicóptero para las Islas Caimán!
Becan:- Bueno dale linda, !vámonos a la mierda! Yo me voy a tomar el avión que ya no soporta más a esta gente ni a este lugar. Y el almuerzo sabés que, ¡lo ponemos a la cuenta de tu suegro! Y que lo pague el pueblo argentino.
Terminada la incalificable charla, la negra se acomoda el pelo, se suba un poco el escote, se da un beso muy amistoso con el rubio galán inglés, y los dos enfilan sus hermosos culos para la puerta. Se despiden del lugar sin que nadie se diera cuenta de su presencia. ¿Seré yo el único boludo que conoce a estos dos giles?
**Aclaración final: Este relato carecerá de veracidad y validez, a menos que quien lo lea sea un sorprendido iluso con ganas de seguir creyendo que existe algo nuevo más allá de todo. Siendo este capítulo parte intrusa e inaceptable dentro de los grandes textos de la humanidad, se siente capaz de recordarle al mundo entero que he creado un universo paralelo del que nadie salvo mis personajes podrán rescatarme.

sábado, 26 de mayo de 2012

Puentes I

Desesperado, vio a lo lejos un camino, denso, escondido entre una inmensa neblina que cubría los vértices de sus ojos hasta el centro de su nariz. A ambos lados, izquierda y derecha, era muy poco lo que su imaginación podía divisar. Sus manos sentían un hormigueo extraño e intenso que no había manera de frenar. Sus pies estaban congelados, se habían tornado de un color morado, con tintes de azul oscuro. Sólo por algunos instantes sentía que éstos aun eran una parte del cuerpo que le pertenecía, pero luego inexorablemente perdía esa sensación de pertenencia. Bajo esta circunstancia, en medio de la bruma, la llovizna, y la oscuridad, y aun sin poder sentir sus pies, decidió ir en busca de ese camino que logró ver a lo lejos. Minutos más tarde, se vio de rodillas, frente al final del camino. Ese final, ese último lugar, era una playa. La costa, la arena, el sol anaranjado cayendo y escondido entre las nubes grises, condensadas con el vapor de los buques, en sintonía eterna con el sonido de pequeñas olas jugando en la rompiente.

La desesperación del hombre puesto en sus rodillas, suplicando que el final nunca lo encuentre. El final del camino en su máximo esplendor, enseñando que la belleza aparece en momentos inesperados y casi siniestros. El hombre envuelto en llamas, frente a un mar en calma, en la orilla de un camino sin salidas. 
En aquel momento, al abrir sus ojos, y con la vista nublada en llantos, se dio cuenta que en realidad los camino son muy angostos para los crueles y que se ensanchan desmedidamente para los humildes. A su lado veía como algunos intentaban sortear caminos angostos, pero llenos de egos crueles, y que inexorablemente terminaban cayendo al mar porque no podían atravesar esos caminos. Para el resto, para los mortales, sabemos que el camino es largo, pero que siempre habrá un lugar para todos. 

En el filo del atardecer, intentó pensar alguna razón que lo hiciera ponerse de pie. Es sola la razón, el amor y las ganas de luchar aun estando vencido, hicieron que sintiera de repente sus pies, que su corazón comenzara a regar sangre a sus manos. Sintió que el incomodo hormigueo se evaporaba. Los dedos de sus pies retomaron un color marrón piel. El cielo comenzó a abrirse en el atardecer, se transformó en una paleta de colores azules, anaranjados, rojizos, grises. El sonido de los buques silbando bajito y a lo lejos. El sudor de la orilla salpicando con suavidad. La claridad de las cosas que van retomando el color que soñamos cada día al despertar, porque el color se lo pone uno mismo, y nadie más. Y al último suspiro de amor, con la sangre en la boca, y el corazón en la mano, confiar en crear algo más, algo nuevo. Convertir el amor en un negocio, poder de vivir de ello, poder vivir de vos. 

Ser algo más que una persona cruel cayendo al mar por caminos sin espacios. Ser más, querer más, y confiar ciegamente en que si pudiéramos convertir este amor en un negocio, en algo parecido a una gran empresa, no necesitaríamos más que vernos para mantenernos con vida. 

lunes, 30 de abril de 2012

Relaciones de estación


Abrir los ojos, ese acto tan cotidiano, tan menospreciado en estas épocas. Épocas de pretender ser más y querer mucho más a costa de no saber cerrar la puerta, los ojos o las historias. Levantarse una mañana, pretendiendo cruelmente no afeitarme para ir a la oficina, o seducir a más de una mujer a la vez para no sentir el tedio de un típico día Lunes. Da lo mismo a esta altura, Gael está tirado en su cama, revolcándose de lado a lado, apretando su cabeza contra el colchón con la almohada. Siente que pierde el aliento y afloja un poco. Despegar los parpados, salir de un sueño inmenso, lleno de sabor y emoción, para escuchar un sonido repetitivo e insoportable. Mientras, suena la alarma de un reloj, y retumba como mosca en la oreja, comienza la desdicha. Saber que el día recién comienza, y entender que debe seguir a pesar de todo, que es necesario luchar. Aun así, no puede evitar pasear de un extremo a otro de su cama, y en ese sutil paseo, sueña con tener dos o quizás tres novias al mismo tiempo, fantasea con llegar tarde al trabajo y reírse en la cara de su jefe. Y a medida que el viaje se va prolongando, su sonrisa es cada vez más pronunciada, y es que a esta altura siente que ya no tiene que hacer las cosas por obligación, porque nada en el mundo le impide largar todo al mismísimo demonio y escapar. La estación de la mañana es  el duro tramo en que todo comienza, el instante supremo en que en realidad imploramos por seguir abrigados, en posición fetal, y olfateando el aroma del café que se acerca y se aleja incesantemente.
Pero pasadas las horas, el tramo se acorta, se enlentece y florecen las dudas. En la estación de la tarde, Gabi sobresale del resto. Las tardes son una pelea por llegar a la noche, la batalla de todos contra todos, o sencillamente el acto de pasar de todo y de todos. Pero ella, Gabi, mujer bella y sencilla, no existe en esta historia. Atiende un pequeño resto-bar en medio de la nada, cerca de un pueblo fantasma rodeado de montañas. Allí no existe el tiempo, no abunda el amor y se duda de todo, menos de las imágenes. Lo que se ve es lo que se siente. Es otro mundo, es otra historia. Ella conoció y luchó contra las mañanas en la gran ciudad. Se dejó doblegar un millón de veces, un sinfín de horas, y nada pudo hacer contra la estación de la mañana. Nada, nada. Porque la ciudad la obligó a sufrir contra su propia voluntad, a subir y bajar de autos, edificios, de camas, oficinas, taxis. La condenó a esperar, a hacer colas interminables, a ser atropellada por la multitud. Ahora ella, convive en otro lugar, en otro tiempo, en otro mundo. Para Gabi las tardes son un resoplo de bondad, de silencios interminables y conmovedores, sin espacio para llantos.
Al caer el sol, ya no habrá más tiempo para nadie. Comienza la estación más oscura, el lugar para los intrépidos, para los que no saben de reglas. Aquí vive Cruz, un pequeño hombre cargado de historias sin final. La noche es un lugar para unos pocos, es el momento del día (paradójicamente) al que sólo llegan los valientes, los que quieren siempre un poco más de la vida. El pequeño Cruz, se muestra impávido, la ciudad se lo deglute en cada esquina y en cada bar. En cada conversación, en cada trago que lo seduce, un vaso tras otro vaso de vino. Siente que ha sobrevivido al día, y que se merece un poco más, otra copa de vino, otra mujer, otro amor.
En la noche muere el día, en la oscuridad renacen las espinas. Todo aquello en lo que no confiamos, todo lo que no añoramos convive en la caída del sol. En  la estación de Cruz no existe el amor si no es por conveniencia, y eso él lo tiene aprendido desde sus propias heridas.
Pero hay un momento, un efímero instante de esperanza en la batalla del día a día. Ese momento, ese lugar del tiempo que todos debiéramos enaltecer, la estación del amanecer. El lugar para el amor, el lapso imperceptible donde debemos renacer. Allí, lejos, vive Luz. La dueña de todos los mares del mundo. Cada rayo, cada gota, cada lágrima, cada ir y venir, ella se hace presente. Una casa frente al mar, un barandal de madera, una silla repleta de comodidades, algo de compañía, y la vista al mar. Su propio mar, su sueño hecho realidad cada amanecer, fuera de las necesidades.
Debo contarles, que quizás, Gael supo amar a Luz, que tranquilamente podrían seguir juntos, pero ella lo dejó. Quizás, para una mujer en busca de paz, ser dueña de todos los mares del mundo era el sueño a cumplir. Pero Gael, estaba lejos de todo, lejos del reto de vivir en soledad, confinado al mundo de las necesidades y las obligaciones, el lugar de las miserias, el palacio donde el amor existe pero nadie confía en él. Del otro lado, Gabi está recordando los momentos que vivió junto a Cruz, y él se abraza a las noches y no puede alejarse de todo lo que ha construido con el tiempo.
Para cada dia, para cada tramo, para cada instante, las historias se ramifican, se entrecruzan, y se embisten unas a otras, pero lo importante es vivirlas y no dejarlas pasar sin haberlas sentido.

martes, 21 de febrero de 2012

Versículo 1

Aunque quiero decir, ya no intento. Aunque quiero callar, ya no puedo. Aunque quiera evitar, ya lo padezco. Aunque intente, diga y padezca, ya no callo ni puedo ni evito. Parecería elemental ser algo más que un pobre tipo revolcado entre emociones dispersas, y que en ese montón de mentiras y falsedades, reúsa ser algo que va más allá de un par de sensaciones siniestras.
Sé que se siente. Sé que se espera del otro, cuando en realidad eso de esperar es de aquellos que no conocen la derrota, o mejor dicho no la reconocen, porque las heridas siempre demuestran que la derrota es amigo de todos y enemigo de pocos.
Lo que se lo sé porque vivo, porque intento, porque lastimo, porque me equivoco quizás mucho más de lo que en realidad me gustaría.

jueves, 2 de febrero de 2012

Años

Hoy me siento viejo, absorbido, revolcado. Hoy veo en mis espaldas mucho menos de lo que creí haber construido.  Pero en realidad es sólo un naufragio del momento, una sequía de vejez sin edades absolutas. Es como aquel lugar del tiempo en que todo se fuerza para levantarte en brazos y hacerte sentir que el mundo es todo y para siempre un lugar de extrema belleza, donde la lágrima es algo pasajero. Ahora, viejo, añorando tiempos remotos, con la piel curtida, reseca, con las ganas desgastadas, tomo asiento en una sucia plaza del barrio. Dibujo círculos con mis pies, cuento las hojas verdes y las separo de aquellas que se ven desteñidas. Con una mano en el bolsillo, y la otra sobre mis anteojos que ayudan a conservar mis sentidos aun despiertos, observo. Todavía no se bien en realidad qué. Encierro en un momento, en esa plaza, sobre aquel banco, momentos asociados a personas, y en cierta manera guardo sólo aquellas cosas con las que fui feliz. Son muy pocas, demasiado pocas en realidad. Pero su fortaleza, y su persistencia me conmueven. El repaso en mi memoria ya las reseca como a esas hojas desteñidas. Ahora, acá, lo intento. Las refresco, las enaltezco y las lloro casi sin parar.  Ahora vuelvo a un estado más natural sobre estos días, algo que me permite sentarme aquí, y repasar mi pasado. Y claro que allá no hay nada. Me siento viejo, arrugado, desvalido. Al menos cada vez que regreso a esta plaza de barrio, a este banco desvencijado. Siento que ese momento que todos creemos que no llegará jamás ha llegado, se presentó firme, y ya no como una simple sombra uniforme. Será aliado o enemigo, será vejez o primavera. Será algo, poco o nada. Será lluvia o sólo viento. Y es que será así, y sólo será.
En el viaje, algún día te llamarán hijo, segundos más tarde, alguien te jurará su amor eterno y llorarás cuando te digan papá. Cuando vuelvas a pestañear, serás tío, y no mucho más lejos abuelo, y finalizarás siendo el viejito de una plaza cualquiera, de un olvidado barrio ubicado en una sucia ciudad. Serás viento, lluvia, ira y una porción de sueños. Pero ese momento, esa plaza, las hojas verdes y quizás la lluvia, permanecerán. Un descubrir y remojar los ojos porque el viento mucho más que el tiempo, se lleva demasiado a su paso. Ya no soy eso que fui.