Es desesperante sin dudas, ver todo ese papel en blanco sobre una mesa llena de polvo y abandono. Tan desesperante como es ver esa cama vacía y revuelta, o como sentir que suena un teléfono que nadie piensa atender. El rencor que provoca todo ese sonido que es nada más que vacío. Vacíos, que sobre el final de los tiempos serán sólo ecos. Ecos, que se van estrellando de un lado a otro de estas paredes blancas hasta desvanecerse en algún rincón del corazón. El corazón, que en ciertas ocasiones sólo ofrece las crudas reacciones del instinto animal del pequeño ser humano que soporta con heroísmo aquellos ecos, aquellos vacíos, las tristes e impiadosas imágenes del papel en blanco y el teléfono que no para de sonar en lugares donde habita la soledad.
Sentado a la mesa, el ser humano espera ser capaz de llenar esa hoja con palabras sabias y tener la fuerza necesaria para soplar el polvo que la recubre desde que la perdió.
Perdido en medio de una habitación de paredes blancas que carecen de cuadros, rodeados de un sinfín de ventanas de todas las formas, pero en dónde la salida es única e ineludible. Allí, no sólo deberá escoger el hombre la salida en donde suena la mejor música o la que tenga la mejor forma, deberá salir por donde su pequeño cuerpo entre sin excesos.
Es cierto y hasta suena lógica que haya sólo una salida, pero en ciertas habitaciones las puertas brillan por su ausencia. También es lógico creer que el papel en realidad no está en blanco, sino que las palabras que le daban vida aquel papel han caído en el olvido. Poseer un papel lleno de mentiras y de olvido, de palabras cargadas de ilusiones que ya no ilusionan ni buscan el amor eterno como era su audaz pretensión, lo vuelve blanco e insulso. La mentira o el desamor, sea cual fuere la razón, desarma y borronea las cartas del pasado. Pero la ilusión vuelve el papel a la vida, lo deja en blanco. Renace el olvido, desaparece el polvo, y las palabras buscan aliarse entre sí para armar una historia nueva y más brillante que la anterior. En todas las ventanas la música es hermosa, pero el final del camino esta sólo detrás de una de ellas, y es casi imposible escoger la correcta sin equivocarse un número infinito de veces.
Es cierto y hasta suena lógica que haya sólo una salida, pero en ciertas habitaciones las puertas brillan por su ausencia. También es lógico creer que el papel en realidad no está en blanco, sino que las palabras que le daban vida aquel papel han caído en el olvido. Poseer un papel lleno de mentiras y de olvido, de palabras cargadas de ilusiones que ya no ilusionan ni buscan el amor eterno como era su audaz pretensión, lo vuelve blanco e insulso. La mentira o el desamor, sea cual fuere la razón, desarma y borronea las cartas del pasado. Pero la ilusión vuelve el papel a la vida, lo deja en blanco. Renace el olvido, desaparece el polvo, y las palabras buscan aliarse entre sí para armar una historia nueva y más brillante que la anterior. En todas las ventanas la música es hermosa, pero el final del camino esta sólo detrás de una de ellas, y es casi imposible escoger la correcta sin equivocarse un número infinito de veces.
Olvidar sin rencores, volver a escribir sobre el mismo papel, un verso diferente y más real. Elegir una nueva salida, que quizás sea la última. Absorber los golpes y convertir los ecos en canciones. Transformar los papeles en blanco en poesías, y olvidar lo anterior, que con seguridad en el tiempo no tan lejano será sólo cenizas.