Desesperado, vio a lo lejos un camino, denso, escondido entre una inmensa neblina que cubría los vértices de sus ojos hasta el centro de su nariz. A ambos lados, izquierda y derecha, era muy poco lo que su imaginación podía divisar. Sus manos sentían un hormigueo extraño e intenso que no había manera de frenar. Sus pies estaban congelados, se habían tornado de un color morado, con tintes de azul oscuro. Sólo por algunos instantes sentía que éstos aun eran una parte del cuerpo que le pertenecía, pero luego inexorablemente perdía esa sensación de pertenencia. Bajo esta circunstancia, en medio de la bruma, la llovizna, y la oscuridad, y aun sin poder sentir sus pies, decidió ir en busca de ese camino que logró ver a lo lejos. Minutos más tarde, se vio de rodillas, frente al final del camino. Ese final, ese último lugar, era una playa. La costa, la arena, el sol anaranjado cayendo y escondido entre las nubes grises, condensadas con el vapor de los buques, en sintonía eterna con el sonido de pequeñas olas jugando en la rompiente.
La desesperación del hombre puesto en sus rodillas, suplicando que el final nunca lo encuentre. El final del camino en su máximo esplendor, enseñando que la belleza aparece en momentos inesperados y casi siniestros. El hombre envuelto en llamas, frente a un mar en calma, en la orilla de un camino sin salidas.
En aquel momento, al abrir sus ojos, y con la vista nublada en llantos, se dio cuenta que en realidad los camino son muy angostos para los crueles y que se ensanchan desmedidamente para los humildes. A su lado veía como algunos intentaban sortear caminos angostos, pero llenos de egos crueles, y que inexorablemente terminaban cayendo al mar porque no podían atravesar esos caminos. Para el resto, para los mortales, sabemos que el camino es largo, pero que siempre habrá un lugar para todos.
En el filo del atardecer, intentó pensar alguna razón que lo hiciera ponerse de pie. Es sola la razón, el amor y las ganas de luchar aun estando vencido, hicieron que sintiera de repente sus pies, que su corazón comenzara a regar sangre a sus manos. Sintió que el incomodo hormigueo se evaporaba. Los dedos de sus pies retomaron un color marrón piel. El cielo comenzó a abrirse en el atardecer, se transformó en una paleta de colores azules, anaranjados, rojizos, grises. El sonido de los buques silbando bajito y a lo lejos. El sudor de la orilla salpicando con suavidad. La claridad de las cosas que van retomando el color que soñamos cada día al despertar, porque el color se lo pone uno mismo, y nadie más. Y al último suspiro de amor, con la sangre en la boca, y el corazón en la mano, confiar en crear algo más, algo nuevo. Convertir el amor en un negocio, poder de vivir de ello, poder vivir de vos.
Ser algo más que una persona cruel cayendo al mar por caminos sin espacios. Ser más, querer más, y confiar ciegamente en que si pudiéramos convertir este amor en un negocio, en algo parecido a una gran empresa, no necesitaríamos más que vernos para mantenernos con vida.