A y B se conocieron una noche furiosa llena de alcohol. Tanto A como B pensaron que lo que aquella noche se había encendido se apagaría esa misma noche, pero no fue así. B se enamoró de A apenas ambos sucumbieron en las llamas de la cama, A aun no lo sabe. B supo que A estaba enamorada de C, y así las esperanzas se esfumaron al ritmo del candombe loco. A no quiere dejar de ver a B, se siente a gusto con él, se divierte. B añora el momento en que A abandone a C y se desmaye de amor en sus brazos. Pero tanto A como B saben muy bien que eso no va a pasar y para colmo B no tiene fuerzas para pelear por algo que ya sabía perdido de antemano. Sin embargo no quiere dejar de ver a A y quizás A tampoco quiera y algún día caiga en la tentación de encender el fuego sagrado de esa pasión sin control, pero sabe muy bien también que está jugando con un corazón roto, el corazón roto de B se olfatea a la legua que huele a sangre de heridas sin sanar y su aliento huele a soledad.
B aceptó dejar de ver a A, A sabe que no se puede seguir así, conoce las llagas del amor sin coronas y sabe el ardor de los desamores. Supo oler bien su soledad a distancia, quiso seguir amando a C. Para B no vale la pena, ya no vale llorar por amor en tiempos de guerra. A siguió amando a C por años y B no logra olvidarla.
El amor en realidad es una ecuación demasiado simple que nosotros complicamos a menudo. Lo simple de esto es saber que A es igual a B y que B es igual a C, pero el truco está en saber que la simpleza de la vida se esconde detrás de la más compleja ecuación. B supo bien que A ama a C, dio un par de pasos a la izquierda para probar a si mismo que en algún lugar del tiempo la ecuación dejará un lugar para su letra. Y de mas esta decir que lo bueno es saber cuándo parar, pero más aun es saber que el tiempo esconde cosas que nadie es capaz de ver a lo lejos. Cuanto más cerca estemos mejor. El fuego de aquella noche sigue encendido para vos.