viernes, 9 de julio de 2010

Medley confuso –Verborrágico-

La sangre corría mansa por su pecho. Las venas de su cuello parecían grandes autopistas que se ramificaban hasta alcanzar la eternidad. Finalmente acomodó sus manos debajo de la cabeza y cruzó las piernas. Alguien encendió un cigarrillo y lo puso en su boca cumpliendo su último deseo.
Ya las palabras habían dejado de correr por su cuerpo frágil y ensangrentado, y es que alguien ya se había cansado de escucharlo. Y es que para la gente común su razón se deshilachaba entre palabra y palabra, entre copa y copa, entre el día y la noche. Pero en su brillante mente expositiva, habitaba un caótico mundo de fantasía. Era un bello paisaje habitado por demonios, hadas, duendes, sirenas, dioses griegos. Era según él lo recreaba en su imaginación, un mundo subacuático, infinito. Logro creer estar viviendo dentro ese mundo en que sólo él podía habitar. Jamás pensó que caminara por el barrio de La Boca, nadaba en él, buceaba, conversaba con los peces más extraños que podían vivir en ese submundo. Cuando sentía que se ahogaba dentro de su mundo, escapaba nadando desde la barra del bar hasta la cama y allí dormía evitando sufrir la asfixia de ser un pez distinto. Aunque allí también sufría de asfixia. Así, claramente todos los caminos lo llevaban a terminar sumergido en sus fantasías. ¡Qué bella forma de escapar de todo!
Era brillante. Discursivo. Reflexivo. Pero siempre terminaba por sofocarse.
En su ideología había una teoría sobre las personas: decía, -“sólo hay dos personas que me resultan inteligentes: aquellas que hablan hasta que les arde el paladar de tanto hablar pero que uno no puede dejar de escucharlos, por el simple hecho que hacen fluir el discurso de una forma maravillosa, se abstraen del mundo y van creando tanta fantasía que por más que nos suene a mentira, amamos creerles porque nos cambian la visión del mundo. Y después están aquellos que hablan muy poco, casi nada, aquellos que tienen contadas las palabras que han pronunciado durante el día, pero la dureza y la veracidad de las mismas hacen que uno se rinda ante tal hallazgo, claramente lo considero la forma más bella de seducir”.
Así es que todo este relato a mi me suena fantasioso, me abstrae y logra que yo mismo pueda crear mi propio mundo en donde todo lo que existe sea lo que yo quiero, lo que yo espero y así ya no quiero volver.
Su as en la manga fue su simpleza, su peor demonio el desamor. Su eterno rival la muerte de su madre a quien jamás pudo olvidar. De ella no había heredado más que dinero y un sinfín de dolores, los propios y los de su madre. Pero aun así la extrañaba y eso lo llevaba a recrearla en su imaginario cotidiano. No es fácil entender lo que por su cabeza corría, ni las ideas ni las certezas –certezas que las más de las veces podrían resultarnos absurdas-.
Por cierto que tenía la ventaja de ser joven, adinerado y extremadamente culto. También es cierto que era un incomprendido solitario. La misma soledad que lo hacía vivir consumido por la confusión y la vil necesidad de penetrar permanentemente en su propia Atlantis (ese mundo submarino que tan brillante fue al construir). ¿Una genialidad? Confusa la respuesta. Pero, ¿qué mejor que intentar salir de una batalla imaginando un paraíso?
Por el momento la confusión de su historia sigue aquí. Corre por la brisa del barrio, mientras los peces intentar respirar en el mundo real, el sólo respira bajo el agua y por eso es que está tendido en el piso del pequeño bar mientras sus personajes mitológicos –algunos- y precarios –el resto- admiran la proeza de ver al hombre disfrutar su último rayo de luz aun sabiendo que no habrá más verborragia.