La verdad es que verdaderamente todo se confunde cuando se la nombra. La verdad te deja mal parado cada vez que la escuchas pero a la vez te deja el alivio que te da un beso de mamá en la frente para luego poder dormir plácidamente en tu lecho. Lo que tiene un significado verdadero para mí, para vos no es tan así. De hecho alguien puede decirte que te ama, y al día siguiente decirte que no, pero quién puede discutir que realmente no lo sentía así. La realidad nos dice que la verdad está escondida en algún lugar gustosa por ser encontrada.
Convive de manera necesaria con la mentira al punto que son grandes amigas, casi inseparables. Todos buscan que sea así, nadie quiere que ellas se peleen. Esto es tan cierto que si lo pensamos profundamente encontraremos que detrás de una verdad habrá una mentira agazapada, como escondida detrás de sus largas piernas. Sus largas piernas, tan suaves y refinadas, se roban nuestra atención, que sólo vemos el camino que recorren sin mirar que hay detrás de ellas. Nos vemos fascinados por su majestuoso andar, pero olvidamos que la mentira está lista para atacar en el momento menos esperado. Y cuando menos lo esperamos, cuando más indefensos estamos, la mentira pega un zarpazo y nos voltea, dejándonos malheridos, casi moribundos ante el súbito ataque. Aquí comienza la batalla sangrienta entre la verdad y la mentira a la que somos insignificantes espectadores y en la cual no nos convendrá participar, de lo contraria de casi moribundos terminaremos en la morgue sin siquiera tener el derecho a un digno entierro. Ya no depende de nosotros la victoria de una sobre otra, sino que será una batalla entre la majestuosidad del bello andar de la verdad y la ferocidad de las garras de la mentira quienes decidan el pleito. Aunque no habrá jueces, lo cierto es que necesariamente habrá un vencedor y también habrá quienes se alíen a la mentira en caso de ser proclamada vencedora y no habrá nadie que acompañe a la verdad si resultara salir victoriosa de tan desigual combate. La verdad no podrá buscar entre nosotros un aliado, si logra vencer en la batalla, será un solitario vencedor y no encontrará en nosotros la mirada cómplice que ya estando moribundos no seremos capaces de entregar.
La mentira y la verdad reinan en nuestra conciencia, son una monarquía absolutista casi una dictadura a la cual estamos resignados a padecer la furia de un rey sin compasión alguna y la belleza de una reina que intenta disuadir con sus encantos tanta maldad. La pelea es constante, al punto que por momentos pareciera que reina la mentira y que la belleza de la verdad no podrá sobreponerse, y cuando pareciera no haber salida, resurge la bella reina para tomar el control de tanta fragilidad.
Frágil, es nuestra conciencia, frágil es la verdad y la mentira, frágil lo que se siente en el momento de la batalla. Y es frágil, porque al menos yo quiero y deseo con una lágrima austera que la belleza triunfe tanto en mi cabeza como en el mundo que vivimos.