sábado, 3 de diciembre de 2011

Los ritos del viajero (Acto I)

Viajar. Viajar lo que se dice viajar he viajado mucho, pero confieso que, en realidad, he vivido mucho más de lo que he podido viajar. Y entiéndase que he sufrido el amor en el viejo continente casi tanto como lo he sufrido en este, al sur y más al sur. Y ni hablemos de aventuras del perdido por perdido y dormir en aeropuertos. De esperarte, que vengas a buscarme, o al menos recojas mi valija, porque declaro que es sumamente complicado dormir recostado sobre una butaca (con la valija de almohada). Cierto que se sufre, que duelen las manos y el cuello, tanto o más que a un perro sin dueño.  La vida, ese caminar contando moneditas, es muy de allá y muy de acá, es más de lo mismo. He viajado por despecho, he viajado por viajar, y he viajado para alejarme de todo. Pero también he vivido en el destierro, sabiendo que el rumbo perdido es un país sin destino ni un lugar donde sentir. Supe sobrevolar las ciudades en época de guerra, las he visto también renacer en tiempos de otoños grises. Conocí el verdadero sabor de la lluvia, me olvidé del sol y emprendí la vida en soledad pero en compañía de un mundo extraño. El mundo, si logras comprenderlo, es el mismo en todos lados. Las barreras las pone el idioma, la soberbia de las religiones o la intransigencia de la política, que a lo largo de toda la historia de la humanidad no ha conseguido más que dejarnos a la deriva. Ahora puedo comprender que deberíamos eliminar las fronteras, para así poder caminar libremente, si total no hay necesidad de pedirle visa a un hombre como yo. Necesitamos de la libertad para poder amar, necesito obviar las diferencias para poder encontrarte, pero con tantos obstáculos, simplemente me siento como pasajero en tránsito (lo cual sería, algo así como sediento, sin agua, con calor, y con abstinencia de lluvias). ¡UFFFFFF! Totalmente enfermo, no puedo siquiera imaginarlo. 

lunes, 21 de noviembre de 2011

El concierto de los desesperados (Acto IV)

Soy autodestructivo pero suelo renacer en cada puerto. Amo navegar, puedo flotar con suma facilidad y no tengo la habilidad de hundirme. No sé por qué, no tengo esa respuesta. Soy náufrago de un millón de mares, me pierdo en la felicidad y me encuentro vivo en las tragedias. Suelo viajar en medio de la calma, saltar de costa a costa y arrastrarme hasta la orilla. Puedo verme allá a lo lejos, sentado en la arena mirando el horizonte, dejando el sol caer a la velocidad que intento vivir. Nada más placentero que el deseo de naufragar para volver a comenzar.
Es el momento de destruirme, renacer y desarmar mis valijas porque en este puerto hoy yo quiero quedarme. Vivir en la sensibilidad es vivir en cámara lenta pero sintiendo a la velocidad de la luz, donde tu cabeza da vueltas al ritmo de un tango mal bailado y con olor a lluvia. Y sí, es cierto, en este concierto de hoy no podía faltarme la lluvia. Es que me siento como en domingo: desordenado, de mal humor y mal gastado. De paso sigo observando a estos viejos de acá enfrente, los veo sentados y a más de 50 años de distancia pero me siento igual. Aunque con la seguridad que ya no estaré allí. Estaré, pero muy lejos de eso y muy lejos de lo que vos quisieras ver. Seré un vaso medio lleno, seré la lluvia en primavera, unas cuantas palabras de amor, y algo más que sólo promesas.
Voy a viajar con todas las ganas de llegar a ella algún día, pero ella no pienses que sos vos. Ella es alguien más, es esa figura radiante que da el sol por la tarde bajo una humilde llovizna. Ella siempre está por venir, eso lo sé. Aunque quizás no llegue nunca. Ella camina sola, opuesta a mí, en otra dirección, pero veo su disfrute en el andar. Veo sus ganas de mojar su pelo mientras camina sola por la gran ciudad en medio de más y más lluvia, porque ya no puedo vivir sin lluvia. Ella no tiene prisa, en el concierto ya no se distingue nada. Tocamos todos un poco cada melodía, nos sentimos como al despertar y bañamos el día con lo que nos toca.

viernes, 4 de noviembre de 2011

El concierto de los desesperados

Acto I
En este momento observo con delicadeza cómo desde la esquina una ambulancia comienza a entonar su himno que es todo un suplicio para mi pobre oído musical. Así, en un apuro demencial inicia la destrucción lenta de quien se debate entre la vida, la muerte, y además tendrá un tremendo dolor de cabeza en el mientras tanto. Para colmo de males, el auto que estaba delante, apura al que está delante de él, que a su vez apura al irracional de adelante, a quién pasa a su derecha e izquierda, y así sucesivamente hasta que alcanzamos el récord mundial de 200 metros de bocinas desesperadas por dejar pasar a esa pobre persona que se quiere tirar de la ambulancia porque ya no soporta el concierto. ¡Un momento no se vayan, esto no termina acá, porque el incendio sigue! ¡Esperen! ¡No se vayan! Ahora la vieja con las bolsas en la mano empieza gritar que dejen pasar, que son todos unos maleducados. Y ahora si señores que se armó el concierto, con balcones y asientos vip para la multitud que sale a disfrutar de esta masacre auditiva a la paz de esta pobre ciudad. Seguro que en el segundo acto, estos músicos se van a esmerar un poco más, porque hay mucho loco suelto. Pero yo me quiero bajar, asique frenen todo, desconecten que me quiero rajar.

Acto II
Recuerdo haberte visto hoy por la tarde, en pijamas bajando las persianas y con tu pelo ya más blanco, como si hubieras viajado en un segundo, un millón de años por sobre mi ser. Creo que ya no siento las ganas de quedarme. Cuando se apaga la vida, la banda suena en silencio. Es tarde, pero yo prefiero seguir un rato más. Espero no te asuste, espero encuentres la respuesta. En este silencioso acto, alguien se acaba de ir.

Acto III
Está por suceder.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Cuentos desafinados (La temporada)

No encontré una temporada en tus ojos en que no te haya sentido fatal. Mi cuerpo se esfumó y se alejó del tiempo, un tiempo que no me perteneció jamás. Xan, desorientado y muerto de frío, la abrazó para siempre. Aquí es que comienza en la vida de ellos dos, una temporada que carece de tiempo, de distancias, en donde abunda la ausencia de lo irreal.
Fue un amor que duró para siempre, aunque en la realidad se haya acabado. Ni el olvido, ni los descuidos, ni siquiera el insípido desamor puede dejar de alentarme a seguir creyendo que ellos dos siguen juntos, abrazados de todo lo que los rodea. Aferrados al bien y al mal con todas las ganas, porque así fue su amor.
Una temporada en que Xin y Xan estuvieron por encima de todo lo demás. Durante ese tiempo incierto, soñaron que el verano arrasaba con todo. Soñaron con lluvias interminables en tardes del color del otoño, con brisas del invierno que se sobreponen al deseo de ser lo que no son. Esos recuerdos, de aquellas tardes imborrables, son las que veo caer en las lágrimas de Xin. Veo en Xan un poco más, algo de incertidumbre, y muchos deseos de que la lluvia arrastre todo lo que dejó en pie.
Recuerdo las marcas de sus pies en la arena mientras paseaban por la orilla de un mar inquieto y presos de los vientos suaves que nunca saben en qué sentido soplan. No logro comprender aun sus manos, ni sus ojos. Imagino con alguna certeza que Xan, de alguna manera sabe de eso mucho más de lo que yo pueda entender.
No podría explicar mucho, en este momento sigo pensando en ellos. Son dos personas con las que sueño eternamente desde que puedo soñar, en cierto modo. No debo esconder eso, ellos seguramente están soñando conmigo, con encontrarme y pasear juntos bajo la lluvia. Mucha lluvia, ellos aman la lluvia tanto como yo. Si tan sólo aquella tarde fría en que Xin se desplomó sobre los hombros de Xan hubiera llovido, seguramente todo sería muy distinto. Pero no hay nada que reprocharles a ninguno de los dos, aunque es muy triste verlos separados, o juntos y un tanto distanciados. Sinceramente me confunden, ni tan cerca ni tan lejos. Opuestos, pero no tan distintos.
No existe la dimensión del tiempo, tampoco existe el espacio, y mucho menos existo yo. Sólo quiero darle vida a un personaje que no es tal, darle el alma al espacio que es de todos, y sólo te quiero ver a vos. Pero qué decir del tiempo, y mejor no hablar más de la lluvia, ni mucho menos de aquellas tardes en que pisaba la arena mojada, con la cara empapada y muerto de ganas de verlos a mi lado otra vez.
Prometo nunca más creer en el tiempo, ni en los comienzos ni los finales. Amaré las temporadas, las tardes de lluvia con un breve color otoñal, la brisa fresca del invierno, y sobre todas las cosas a vos. Solamente a vos, Xin, sólo a vos, aunque no sepa dónde estarás después de mañana.

viernes, 14 de octubre de 2011

Cuentos desafinados (El inicio)

Todo era un infierno en medio de la ciudad, ardían las bocinas, los cruces peatonales, los cruces de palabras y el cemento que tenía un extraño parecido al mar caliente del verano.
Allí, y en medio de todo ese ardor, ella estaba sentada leyendo “Cien años de soledad” y hamacaba su rodilla sobre su otra pierna. Pero nada la conmovía, estaba tan sumergida en un mundo mezcla de irreal con ideal, opuesto al de todos esos incordiosos que atraviesan las grandes ciudades a diario, que no pude quitarle los ojos de encima. En ese instante, mientras ella buceaba en su lectura, yo buceaba en su falda y me movía lentamente hacia sus rodillas y más abajo también.
Mis ojos levaron anclas y se fueron un poco más arriba, allí donde su escote se mezclaba con su mentón. Luego descubrí su sonrisa que atravesaba su boca de lado a lado, y cuando ya estaba tan sumergido que desconfié de la realidad, Xin levantó su rostro. Todo el colectivo enmudeció, o en realidad, creo que lo que sucedió es que se terminó el mundo para mí. De repente la vi abrazada a su libro y sonriéndome con ganas, llena de verdades y cosas simples. Esas que tanto yo amo, esas de las cuales Xan no pudo dejar de sentirse de rodillas.
Qué decir del destino en estos casos, cuando ves la vida pasar delante de tuyo y de repente ella ya no está más. Que más pedirle a la vida que volver a verte un año después, cuando ya ninguno de los dos eran los mismos, pero la esencia del fuego no se había extinguido aun.
Xin se hizo presente una tarde de inmenso frío y cuando la calma de la gran ciudad sonaba con extraña paciencia. Algo estaba pasando pero nadie podía saber qué era. No era fácil de entender la paz que habitaba en la ciudad. Era difícil entender para Xan verla pasar nuevamente a su lado. Esa hermosa mujer que era Xin caminaba solitaria, con manos en el bolsillo y mirando al cielo combinando la esperanza y la desesperación, como clamando al cielo algo que había perdido y que lloraba por recuperar. Xan la vio pasar por su lugar más común y sintió las ganas enormes de acompañarla en ese camino tan habitual para él.
Juro que en ese momento hubiera querido ser él, juro que la hubiera tomado de la espalda de la misma forma en que él la tomo. No hubo lugar para palabras sabias, ni presentaciones ingratas. Ella se echó a llorar sobre sus hombros desconsoladamente, de a ratos paraba, respiraba muy hondo mirando al cielo con desprecio y volvía a la carga con más llantos desoladores. Sorpresivamente Xan seguía firme allí, parado en medio de la nada, temblando del frío, ramificando sus ganas de alejarse, pero firme porque su corazón marcaba la ilusión de soñar y hacer soñar. Por qué debo decirlo claramente, si no somos capaces de hacer soñar a otro, como podemos esperar soñar algo y hacerlo valer.
En fin, supongo que el inicio del vals llega hasta aquí. Debo admitir también, que no todo es tan así como he dicho con anterioridad. Es decir, no todos los comienzo son brillantes ni todos los finales catastróficos. Simplemente pasa que no estamos preparados para aceptar el final, y mucho menos aun, estamos listos para volver a empezar. O al menos, sin alguien que ponga su hombro y nos enseñe a soñar.

Cuentos desafinados (El Final)

Desde el final que se aproxima, hasta que realmente ocurre, todo nos suena devastador. Pues, he aquí el final, un final que tanto se hace desear e inexorablemente se hace presente, e inunda de dudas todo el espacio que nos rodea. Y desde el final hacia el futuro, todos creemos que ya no hay más nada. Pero esto no es real, no me cabe la menor duda. Desde aquí parado, veo sobre mis espaldas el final, la cara absurda en tiempo presente y el horror de un futuro oscuro y entumecido.
Xin, me comentó aquella noche en que el final comenzaba a gestarse, que todas las flores se marchitan. Algunas dan vida a otras flores nuevas. Otras, sólo mueren pero no dejan nada para la posteridad. Luego de escucharla, mi rostro enmudeció. Pero supe que algo de razón había detrás de esas palabras, y por suerte para mi,  comprendí que algo se marchitaba.
Como toda mujer, ella quiso amar en ese momento y en ese lugar, sin miramientos, sin lujos y sin desprecios. Una hermosa flor de estación, como las llamo yo. Seguramente que habrá otras flores que se entreguen de por vida, a marchitarse y volver a nacer en otra  flor, en otro color, pero con un sentido común. Pero Xin y Xan son antagonismos puros, de ahí que cuando se tuvieron mutuamente, la mano de una marchitó la flor de su amor.
Y antes de comenzar a contar la historia de estas dos bellas personas, quiero avisar, que si bien todos los comienzos son brillantes, los finales también lo pueden ser, si entregamos a esa flor la posibilidad de buscar otro jardín para crecer. Entonces la promesa de volver a ese jardín que tanto quisimos cuidar, para cortar esa flor roja que seguiremos amando de por vida, será más que palabras soplando con el viento.
Un cuento desafinado, es la historia de ellos dos (Xin y Xan), en dónde el final está siempre presente, donde en realidad el final nunca se sabe si realmente es último o será uno más. Por esa razón quizás, es que he decidido contarlo al principio y poco a poco, desentrañar esta madeja de hilos que es nuestra vida, revolcada entre historias que nunca  se dejan llevar por el olvido. Se van desvaneciendo, se ausentan, y aparecen en medio de la neblina más densa, con inmensa calma. Así dejan de ser final para volver a ser comienzos.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Carta al Olvido


De verdad que no, insisto, de verdad que no quiero encontrarte. Resisto por todos los medios, apuro mis días, revuelvo el pasado, y desentierro verdades absolutas. Pero aun así no quiero encontrarte. Cierto es, que tampoco te busco. Simplemente no quiero llevarte al abismo.
Las personas mueren por encontrarte, se desviven por dejar el pasado en tus espaldas. Ellos creen que sin vos, la vida no es posible. Yo admito que en forma pasajera, como si te quisiese de amante encubierto, intento atraparte. De tanto en tanto e  irremediablemente me acero a ti. Y es que soy muy débil, y necesito el recuerdo para aprender del pasado, y estar, de alguna manera, siempre un escalón más arriba.
Yo sé que cuando ella vuelva, si logra deshacerse de tu vil compañía, caeremos los tres en la trampa. Vos, en tu forma más pura e insaciable, de lastimar todo aquello que huele a pureza y eternidad. Nosotros (ella y yo), obviaremos el pasado, y recurriremos a nuestras necesidades. Será simplemente de esta manera cómo sobre el anochecer de los deseos, caerá el amanecer de los infiernos.
Creer en vos, confiar en vos, resignfica todo lo vivido hasta el momento. Desvanece las creencias, los afectos, y hasta pienso que administra con suma frialdad los vientos y las lluvias. Enaltece las tormentas, subestimando los mares y océanos. Y envuelve, como si fuéramos parte de un ramillete de flores rojizas, todos nuestros olvidos.
Ahora que reina la calma, ahora que el viento no sopla en realidad, sino que balbucea las millones de tragedias paralelas que ocurren mientras nos peleamos por ver quién deja a quién, mientras nos gastamos en ver quién engaña a quién, aparece el alma de toda fiesta. Apareces tú, dueño de todo lo que nos pasa, a hacernos creer a nosotros dos, que ahora sí somos dueños de nuestro destino. Ahora entendemos que por sólo un momento hemos conseguido los dos (ella y yo) tenerte en el filo de la conciencia.
Ni tan lejos ni tan cerca, el amanecer es parte del día a día, esté quién esté presente o ausente. Al mundo no le importa demasiado si estamos los dos, amándonos hasta la eternidad. A este mundo, sólo le interesa que llegue la noche, que prevalezca la oscuridad, porque allí es donde habita el olvido. Y allí es donde los tres seremos felices. Lejos el uno del otro, olvidando nuestras vidas, pero pretendiendo estar lo suficientemente cerca, para probar que en realidad, tu existencia, preciado olvido, será siempre una opción fugaz en el amanecer de mi conciencia.
No existe el olvido, y ni siquiera es una opción. Cuantas más veces caiga el sol ante nuestros ojos, más cerca estaremos amor, de volvernos al camino que un día nos cruzó. 

jueves, 8 de septiembre de 2011

Historias mínimas III

Hoy el tipo madrugó como nunca antes, se afeitó al ras, perfumó sus mejillas con su mejor loción, cepilló sus dientes durante minutos interminables, humedeció tímidamente su cabello oscuro, y luego caminó hasta la habitación. Se vistió de luto, desayunó sin ninguna prisa y salió a la calle a buscar el amor que había perdido algunos años atrás.
Por las calles subía el olor del daño de las pérdidas irreparables, combinando perfectamente con su traje negro y su rostro inconmovible. Pero a cada paso que daba mientras se confundía con la inmensidad de esta ciudad sin piedad, iba dejando algo atrás. Era ir perdiendo peso a cada paso, y cuanto más caminaba, más liviano se sentía. Y el tipo caminó por las calles hasta que ya no hubo más dolor que dejar atrás. Obligado por las circunstancias caminar fue su mejor opción.
El regreso a casa, era un camino inverso. Cuanto más caminaba, su cuerpo se cargaba el dolor sobre sus espaldas, caminar de regreso lo lastimaba. Llenaba su alma de culpas. Y al abrir las puertas de su casa, sentía que el peso que cargaba ya no lo podía sostener más, y moría sin opciones.
Caminar es todo lo que la vida te puede ofrecer, y es imposible impedir lastimar y ser lastimado, y es que así estamos. Lastimando un día, para ser lastimados al otro. Esquivando el dolor para poder soportar algunos golpes pero absorbiendo los daños. Por la ciudad el tipo se confunde y nadie lo reconoce. Pero es un hombre herido, vestido de luto, recorriendo arterias, soportando la indiferencia, y seguro que ella ya no volverá. ¿Y cómo poder aceptar el miedo de no vernos nuca más?
Cada momento en que nos cruzamos, le aconsejo caminar. Porque caminar por las calles es salir a ver la realidad dejando atrás lo posible para volver a creer en lo imposible. Y porque lo imposible es soñar siempre con lograr la incansable tarea de llegar a la felicidad.
De mil maneras distintas el tipo logró caminar miles de kilómetros, infinidad de caminos, de arterias, soledades y silencios. Y finalmente comprendió mientras se desvestía, ya dispuesto a recostarse, que hay que amar para ser amado, y que los golpes son parte del camino.

martes, 16 de agosto de 2011

Papeles en blanco

Es desesperante sin dudas, ver todo ese papel en blanco sobre una mesa llena de polvo y abandono. Tan desesperante como es ver esa cama vacía y revuelta, o como sentir que suena un teléfono que nadie piensa atender. El rencor que provoca todo ese sonido que es nada más que vacío. Vacíos, que sobre el final de los tiempos serán sólo ecos. Ecos, que se van estrellando de un lado a otro de estas paredes blancas hasta desvanecerse en algún rincón del corazón. El corazón, que en ciertas ocasiones sólo ofrece las crudas reacciones del instinto animal del pequeño ser humano que soporta con heroísmo aquellos ecos, aquellos vacíos, las tristes e impiadosas imágenes del papel en blanco y el teléfono que no para de sonar en lugares donde habita la soledad.
Sentado a la mesa, el ser humano espera ser capaz de llenar esa hoja con palabras sabias y tener la fuerza necesaria para soplar el polvo que la recubre desde que la perdió.
Perdido en medio de una habitación de paredes blancas que carecen de cuadros, rodeados de un sinfín de ventanas de todas las formas, pero en dónde la salida es única e ineludible. Allí, no sólo deberá escoger el hombre la salida en donde suena la mejor música o la que tenga la mejor forma, deberá salir por donde su pequeño cuerpo entre sin excesos. 
Es cierto y hasta suena lógica que haya sólo una salida, pero en ciertas habitaciones las puertas brillan por su ausencia. También es lógico creer que el papel en realidad no está en blanco, sino que las palabras que le daban vida aquel papel han caído en el olvido. Poseer un papel lleno de mentiras y de olvido, de palabras cargadas de ilusiones que ya no ilusionan ni buscan el amor eterno como era su audaz pretensión, lo vuelve blanco e insulso. La mentira o el desamor, sea cual fuere la razón, desarma y borronea las cartas del pasado. Pero la ilusión vuelve el papel a la vida, lo deja en blanco. Renace el olvido, desaparece el polvo, y las palabras buscan aliarse entre sí para armar una historia nueva y más brillante que la anterior. En todas las ventanas la música es hermosa, pero el final del camino esta sólo detrás de una de ellas, y es casi imposible escoger la correcta sin equivocarse un número infinito de veces.
Olvidar sin rencores, volver a escribir sobre el mismo papel, un verso diferente y más real. Elegir una nueva salida, que quizás sea la última. Absorber los golpes y convertir los ecos en canciones. Transformar los papeles en blanco en poesías, y olvidar lo anterior, que con seguridad en el tiempo no tan lejano será sólo cenizas.

viernes, 8 de julio de 2011

Expreso e imaginario

He estado pensando últimamente con frecuencia que el hombre y su esencia son dos formas de expresión que han ido separándose como suele pasar entre la arena y el mar. Siento que han tomado caminos diferentes. Que si hoy el hombre es hombre lo será porque no hay más opción que existir irremediablemente existiendo. Pero luego pienso por qué razón la esencia ya no está necesariamente ligada a él, y creo que simplemente ya no está.
A aquel hombre aparentemente triste, parco, y asqueado del enemigo sin esencia pura, lo habían dejado solo, tomando una cerveza en la esquina del barrio. Y allí estaba él, sentado en el escalón de la puerta de una peluquería ya sin clientes, o merodeando solo en los potreros donde ya no hay más futbol.
Será que aquellos hombres buenos ya no se pasean más por los cien barrios porteños, o será que se pasean pero ya no son tan buenos. Quiero creer que ya no están, pero sigo viéndolos pasearse de acá para allá y están ausentes.
En definitiva tanto la esencia y el hombre como la arena con el mar, alguna vez estuvieron juntos para lentamente viajar lejos de la superficie.
Quisiera volver 20 años atrás y volverte a ver pegarle a la pelota y besar la celeste y blanca lleno de lágrimas y explotando de rabia todo en un mismo momento. Eso nadie lo hace como vos. Quisiera verte reír, verte llorar, romper las cuerdas de esa guitarra tocando un blues porque eso si que nadie lo hace como vos. A estos hombres buenos por favor no dejes de amar.

martes, 5 de abril de 2011

Mi país

“Y me pongo loco,
fantaseo con el mar,
de irme nadando,
de volverte a tocar.
Y me pongo manco,
manos de inutilidad,
dejé allá mi sangre,
y hoy me tengo que inventar...
¡Si soy argentino!”

Mi país es un horrible recuerdo de la niñez, asusta pensarlo pero no se puede olvidar. Es un permanente estado de locura que irradia vitalidad por cada uno de los poros de su piel. Es desastrosamente inquieto, cambia incansablemente, en cada puesta de sol su armazón adquiere una postura diferente, pero sólo algunos siguen ese camino, otros simplemente se mantienen firmes en la proa del barco que siempre parece que está por hundirse.
Mi país es puro escombro, pero ante mis ojos es un bello palacio estilo francés, una orquesta a los pies de un genial balcón estilo Gaudí, tramos de una autopista desierta con pastos verdes sin nada más que gotas de lluvia a donde centrar nuestra atención. Es una extraña mezcla de sensaciones este querido rincón del mundo.
Mi país es el lugar a dónde millares de desconocidos vienen a buscar esa aventura que la vida jamás podrá enseñarles, dónde la pasión se escurre en el más pequeño de los callejones, dónde los oídos sienten que ya no dan más porque no soportan tanta vida al mango.
Recuerdo cuántas veces te quise dejar, a veces añoro las noches en que finalmente te abandoné. Dónde tuve las fuerzas necesarias para demostrarte que sólo eras pasado y que nada teníamos ya para entregarnos el uno al otro. Pero es inentendible, no puedo dejarte, y juro que a veces hasta me da mucha gracia decirlo. Irremediablemente imperfecta, sos cumbia villera de día y rock del millón por las noches. Sos Cortázar y Borges en algún cafetín de Buenos Aires y sos Maradona pegándole a la pelota de trapo en algún descampado en medio de la nada.
Como una rubia de minifalda que va cruzando la 9 de Julio medio en bolas, a las nueve de la mañana esquivando bocinazos, piropos y chiflidos que vienen de los taxis y camiones. Como esa morocha de metro ochenta, de jeans y zapatos de taco, que camina por el barrio aceptando las miradas con una sonrisa sin igual. Es esa mezcla de culturas y de razas que hace que nunca te quiera dejar. No sólo es por la rubia o por la morocha, ni por la cumbia ni por el rock.
Recuerdo haberte dejado llorando desconsoladamente. Te recuerdo llorándome porque te dejaba para nunca más volver, y me recuerdo empapado en lágrimas arriba de un avión pensando en cuánto iba a necesitar de vos cuando ya estuviéramos demasiado lejos, y lo innecesario de llegar a ese extremo, aun cuando sabés que no hay fútbol ni rock como el de acá.
Si quisiera seguir hundiéndome seguiría viviendo acá. Pero mi sangre aquí está, y ese imán no se puede rechazar tan fácilmente. Son partes que se atraen mutuamente. Porque no quise seguir llorando por mail, ni soñando a través de postales, ni añorando que nos volvamos a dejar en medio de un mar de sueños rotos, es que seguiré hundiéndome con calma aquí en este caos. Todo es muy volátil en un desierto que siempre está en llamas. Todo es desesperante cuando los aeropuertos siempre están desbordados. Mi sueño sigue estando acá y todo lo que consiga afuera siempre lo traeré conmigo, porque de hecho eso hicieron mis bisabuelos. 

domingo, 27 de febrero de 2011

Conversaciones falsas con gente falsa

China y Jamaica son grandes amigos, de hecho se mandan cartas mes a mes, bien  a la antigua.  Es que el extremo comunismo de la pobre China y la inseguridad de  Jamaica que sufre por su falta o exceso de libertad, hace como un cortocircuito difícil de evitar. Sin embargo y pese a las diferencias existentes, se quieren y dialogan carta mediante.
Yo sólo sé que cuando China le dice a Jamaica que la extraña y que todo los malentendidos del pasado han sido sólo eso, se que lo dice de corazón. Mis dudas están sobre la controvertida Jamaica, que fuma porro incesantemente, y que vaga por las calles de este mundo sin saber hacia dónde va. Yo conozco a China, ella es muy amable, de ojos parcos y llorones, es inmensa en su hermosura y digna de admirarla. Y por el otro lado a Jamaica jamás la he visto pero tengo mis dudas. La veo dura, austera, hermosa y paradisíaca por fuera, pero áspera. Y no sé si creerle ese amor que le profesa a mi amada China.
Las conversaciones que han salido a la luz fueron quizás las más breves de todas las que existieron en realidad, y la razón de esto la desconozco realmente.
El último contacto entre ellas, fue el que más me llamó la atención,  transcribo a continuación la carta que me presentó China para que podamos entender por qué razón no confío en Jamaica.
-China comienza la carta diciendo:
“Estimada Jamaica, ha pasado el tiempo y desde el lejano oriente la luz ha dejado de brillar para mi, y es que tu ausencia y la distancia que has trazado en nuestro mapa me desmorona día a día, y aunque sé que nuestros labios no se han tocado aun, he comenzado a sentir que las distancias se agrandan y que tu ausencia se ha convertido en un despropósito. Lamento mis palabras de tristeza, pero es que mi sentimentalismo y simpleza han comenzado a dudar de tus venas americanas y tu libertinaje tan dudoso. Quiero por último, que no dejes de creer en mí, que sepas que mi simpleza siempre te recordará, aunque sinceramente creo que ya nada será lo que supo ser”.
Así concluyó su carta China, dejando entrever en el papel ya corroído por el tiempo, la tinta mezclada con la sal de sus lágrimas tan sentidas. La respuesta de Jamaica, no tardó en llegar, creo que fue más por el dolor que le causó la desconfianza de su víctima, que por la rabia de sentir que estaba causando dolor.
Aquí entonces transcribo a  Jamaica y su carta en respuesta lapidaria a la desazón de China.
- Jamaica: “Jamaica es mi nombre querida China. ¡Tú conoces la raíz de mi nombre, su más audaz significado, para los dioses, Jamaica significa jamás mentiré! Y siempre he llevado bien puesto ese trono. Jamás mentiré China. Tú te has sentido traicionada en tu amor, un amor que yo jamás te he proclamado, y has dejado ir tus pensamientos hasta límites insospechados por mí, y eso en definitiva te ha debilitado. Tu amor hacia mi te ha dejado estéril de sentimientos sinceros. Lo que profesas en tu última carta es sólo desesperación y falta de amor, un  amor que yo no puedo entregarte por la distancia que nos separa, porque además ya no sé lo que siento en realidad, o quizás nunca haya sentido y en definitiva jamás te lo he expresado. Somos diferentes, tus ojos alargados y tu vida de urbes desmedidas no se conjugan con mis playas y mares, con mis venas humeantes ni con mi sangre que riega música alegre. Simplemente somos mundos diferentes".
"No creas en la mentira. China yo jamás te mentiría. No creas en el amor. China yo jamás te enamoraría. Ni descreas de la mentira ni apabulles al amor, porque en realidad es la verdad y la pasión las que harán de nosotros seres verdaderos”.
Luego de esta tormentosa carta, jamás volvieron a hablarse, no hubo más cartas ni llantos.
Sobre China no he sabido jamás lo que ha ocurrido, intento creer que ha encontrado la paz en su interior. Que sus ojos parcos ya son más verdosos y menos alargados, y que si realmente lloró por amor alguna vez, hoy aprendió la lección.
Detesto pensar que se haya ido del mundo real porque odió la hipocresía que nos rodea. Porque de esa manera debo creer que quienes intentamos ser reales debemos seguir el mismo camino. China y Jamaica somos yo, vos, tus amantes y los míos. Y la distancia irá creciendo, mis ojos serán más verdosos pero nuestro amor nadie sabe a dónde irá a parar.
Pienso que sólo China tuvo la respuesta pero no la he podido encontrar. Quisiera algún día volver a saber de ella.