martes, 27 de junio de 2017

Un mundo perfecto

Caminando por la playa, sintiendo el ardor de la arena hirviendo sobre los pies. Ardor que proviene del calor que el sol le transfiere a la tierra y que la tierra nos transmite a nosotros. Amo caminar sobre las superficies que se deforman al pisarlas, que se amoldan a tu pie y a tu pisada. En la playa no hay nadie, apenas algunas aves que dan vueltas cerca de la brisa del mar. Busco del suelo un puñado de arena y lo aprieto fuerte con mis manos y dedos. Pienso que esa cantidad de arena que he atrapado ya nadie me la podrá quitar. Es mío, me digo a mi mismo, y consigo apretar la arena aún más fuerte que antes. Pero es mentira, esa arena tanto como el tiempo y el viento, se escapan sin que nos demos cuenta. Poco a poco, grano por grano, segundo a segundo. Intento retener, sigo disfrutando mis pasos, la sensación de mis pies que se hunden y se acomodan a la superficie. Y el calor que me azota, pero se soporta. Y las olas, que te traen una mínima brisa, pero enseguida se la llevan nuevamente mar adentro. Voy acercando mis pies al agua, cerca de la orilla ya la superficie se endurece, algo que mis pies ya no disfrutan tanto. Pero al menos no arden tanto como antes, cuando el calor gobernaba mis decisiones. Estoy en esos momentos en que ya nada importa, con una tremenda burocracia emocional, donde mi cabeza se ha transformado en esa empleada pública tetona, rellenita, que tiene la taza de café en la mano derecha, el teléfono en la izquierda, y mientras intentamos pedirle ayuda, ella conversa con la compañera del box 4, y bueno… lo que sigue lo sabemos todos los que alguna vez hayamos pasado por un trámite en alguna entidad pública. Tengo esa parte de una canción pegada en la oreja y no me la puedo quitar. Me da mucha gracia, porque sé que me pinta mejor que nadie. Se repite una y mil veces. ‘Y si te vas, me voy por los tejados, como un gato sin dueño’. ¡Y me dan esas ganas de irme por los tejados! De hecho, imagino a mi gato, que no es mío, pero cada tanto me visita, que se va a buscar un poco del amor inoportuno que tanto necesitamos.
No quiero un regreso a la ciudad, prefiero la playa, mis pies adoran las superficies blandas. Las durezas de las calles urbanas son difíciles de soportar. El arco de mis pies no se adapta, mis dedos se llenan de callosidades, mis articulaciones se desgastan, y los años pasan. Disfruto de la soledad en las playas, del agua del mar que parece que arrasa, pero resulta inofensivo. Disfruto que no haya nada a mi alrededor, disfruto del viento y de la lluvia, que viene a calmar el ardor cuando uno más la necesita.
Uno de esos días que nos levantamos esperando poco y nada, o un poco más de lo mismo, eso mismo que viene arrasando con el tiempo y las horas, encontramos algo que nos hace reflexionar profundamente. Ese algo que te pone en situaciones determinantes. ¿Qué hago, la dejo porque me tiene las pelotas llenas? ¿O sigo, sigo porque hay algo que me pide que hay que seguir? Y ese día es hoy, un hallazgo perfecto, lleno de perfecciones. Y es que parecía un cuadro pintado por Dalí, un retrato perfecto sin descuido del más mínimo de los detalles. Enorme, perfecto, estático. Nada se movía, ni siquiera las personas que deambulaban por sus costas, nada. Estremecedora quietud. Silencio casi absoluto, apenas algunas voces que vienen y van, que acompañaban la tensa suerte de la brisa que venía desde el horizonte. Ni una sola nube, ni un solo rastro de que hayan existido en cientos de kilómetros a la redonda. El cielo azul, sin variaciones de color, fundido allá en el fondo del mar mediterráneo, haciendo que todo parezca un solitario e inmenso mar sin cielos por encima. El mar era todo un gran lago, tan quieto, tan estrictamente estático, que parecía estar siendo amenazado a punta de pistola por los dioses más venéreos de los mares del mundo. Su gente, aglomerada por afinidad sanguínea, por amor, amistad, o lo que fuera. Nada se mueve, y mires hacia donde mires, todo el mundo parece que se ha detenido. Las pequeñas casas de la costa, mirando el mar con sus sillas y hamacas vacías. Los fuegos de la noche de san juan que se empiezan a encender de a poco, y van tomando calor y altura, segundo a segundo pareciera que el cuadro va queriendo tomar vida, pero aun nada se mueve. El cuadro sigue ahí. Los barcos pesqueros del puerto siguen ahí amarrados, sus velas apenas conmovidas por el aire que trae el mar a cuentagotas. No hay olas, no hay barcos allá a lo lejos, puedo ver mis pies en el fondo, puedo ver como se deforman al pisar mientras camino mar adentro. Tengo el agua al cuello, y empiezo a girar en todos los sentidos, y el cuadro no hay cambiado en nada. Todos están donde estaban cuando llegué, aquel que dormía la siesta boca abajo, allí sigue. Los que rodean los fuegos de la noche, también siguen allí, sus voces apenas se oyen. Hay un pequeño pueblo, que vive adentro de un cuadro, un pueblo donde nada se mueve. Donde pareciera que el mar no arrasa con todo como solíamos pensar, y la brisa ayuda a pensar que existen algunos lugares en el mundo, que son perfectos por donde se los mire.


*Dedicado a ese pequeño pueblo de la Provincia de Alicante, dedicado a Denia, su gente, sus playas y su mar. 

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