domingo, 4 de febrero de 2018

Pequeñas historias de atrapados sin salida

Dame dos minutos de aire fresco en la cara porque reviento, exploto y vuelan mis tripas por todo lo alto. Esa expresión de hartazgo infinito se veía en la cara de ‘Rulo’, y pensar que estaba regresando de las ansiadas vacaciones. La ‘Negra’, esa mujer interminable con los ovarios grandes como una pelota de fútbol, le estaba pegando una paliza moral y psicológica al pobre tipo que no sabía para dónde rajar. Atentas las miradas en todo el aeropuerto de Barajas, precisamente en nuestra aerolínea insignia. Se hablan unos a otros, por lo bajo. Pero los gritos de la mujer de Rulo no se pueden tapar con nada, resuenan como tormenta de verano. 
-Negra: Dale ‘gordo’ trae las valijas que yo me quedo esperando en la cola.
-Rulo: ¡pero ‘Negra’! ¡no puedo yo sólo con todo eso! Son 6 valijas que pesan como 30 kg cada una… ¡dame una manito mamá!
-Negra: déjate de joder, andá trayendo de a una por vez que nadie te apura. No hiciste una mierda en todo el viaje, más que joder. Y fíjate que ninguna de las valijas se pase de los 22 kg que nos permiten, porque no pienso pagar el exceso de equipaje.
-Rulo: ¡me vas a volver loco! ¡Todo eso querés que haga y vos tranquilita ahí concha floja en la filita! ¡Es una joda esto!
-Negra: mirá ‘Rulito’ eso es lo que más te conviene a vos, porque si nos pasamos de lo permitido, ¿quién va a pelar la billetera para pagar? A vos te da lo mismo porque no pusiste un puto mango en 20 días de vacaciones. Acá la que puso toda la platita para que vos puedas viajar es la boluda que te mantiene hace 6 años. ¡Laucha!
-Rulo: ¡que injusta que sos! Y bajá un poquito la voz ‘Negrita’, que nos están mirando todos por favor. Además, que te quede claro que este viaje me lo pagué yo solito. Vos habrás pagado algunas cosas, pero el pasaje me lo pagué yo, los taxis, las cervezas… (siguió balbuceando el ticket de gastos por lo bajo mientras se alejaba con dos valijas).
-Negra: dale, dale anda a pesar las valijas, que no te conviene seguir con el pase de facturas… ¿o el alojamiento lo pagaste vos? ¡20 días de alojamiento en hotel me saliste! ¡Sin contar los vuelos a Barcelona, Valencia! ¡Y Málaga! ¡Los almuerzos y sobre todo las cenas que justo a la hora de sacar la platita del bolsillo, te agarraban ganas de salir a fumarte un puchito, mientras la boluda pagaba todo! ¡Dale gordo anda a pesar las valijas no jodas más!
-Rulo: como me haces quedar como el orto negrita delante de la gente, no seas así… bájame un poco la voz che, no seas mala… me cago en todo lo que se mueve… (lloriqueaba por lo bajo).
Y ese día abandonaba un año en tierras españolas, para darme cuenta en ese preciso momento de qué estamos hechos en este país. No podía ser más precisa esa escena de teatro surrealista. No cabía ninguna duda que esa era la fila del vuelo que me llevaría de regreso a mi hermoso país. En esta tierra de discusiones apasionadas, si vos me sacás un cuchillo yo te saco una granada.
Que ganas de llorar te agarran cuando te subís a un tren y ves que al mundo le importás una mierda y un poco menos también. Y eso mismo empezó a sentir ‘Rocho’ al final de su jornada laboral, larga como la cola del banco a la hora de cobrar las jubilaciones. Sí, claro muy larga la jornada laboral. Pero, y que decir de cuánto nos gusta en este país la desorganización y las colas para todo. Cola para pagar en el súper, cola para sacar nuestra plata del banco. Colas y más colas. Cola para subir al bondi. Cola para que te atiendan en un hospital, así tengas la pata partida en diez partes iguales. Hacé la cola y cerrá el culito. ‘Rochito’ se siente inquieto, pensando más de lo que usualmente le permitía su hartazgo. Veía unas 70 personas en el vagón, de las cuales 60 tenían la mirada fija en la pantalla del teléfono. Maldita la era digital y la estupidez humana que año tras año sobrepasa los límites de lo inimaginable. Cierto es que por suerte aún existen aquellos que tenían un libro entre sus manos. Una chica, perdida entre tanto enajenado leía a Borges… aunque había también otro que amaba los best sellers, el típico que a pesar que pasaban los minutos y las estaciones, estaba estancado en la página 51, y de ahí no se movió más. Y no tengo absolutamente nada contra los consumidores masivos que consumen y degluten lo que morfa la gran mayoría de la población mundial. Pero esa hoja quedó petrificada. La piba leyendo a Borges estaba abstraída de todo. Ni el calor la movía, y eso que a estas alturas de la tarde ya era vapor, y poco se podía respirar hasta entonces. Ni una gota de sudor, ni una mueca, ni menos una sonrisa. Qué envidia tuve de aquella mujer, y cómo lograr que todo te importe menos que lo que vale un caramelo media hora.
Dispuesto a bajar en la próxima estación, ‘Rocho’ se acercó a la puerta y esperó con paciencia. Pero sucede que siempre hay alguien en esta vida que quiere un poco más, y entonces es cuando observo que le hunden el dedo índice en medio de las masas musculares que recubren el omóplato izquierdo. Ahí sentí que la temperatura le subió inmediatamente hasta tocar el techo de los 45 grados, la piel se le puso morada como la sangre fresca de las faenas y sus ojos eran los que supo tener Diego Armando el día que los italianos silbaron nuestro himno nacional. ‘Rochito’ se dio la vuelta con delicada cortesía para que la persona que estaba detrás de él, le pregunte si iba a bajar en la próxima estación. La respuesta que yo imagino que él pensó fue la siguiente: -no señora, lo que pasa es que me gusta mucho poner mi cara junto a una puerta, que todos me empujen de atrás y además me pregunten si voy a bajar, cuándo es más que evidente que eso es lo que mi cuerpo pretende hacer. Es un hobby que he heredado de mis ancestros, pero no se preocupen apurados del montón, ya me muevo para que ustedes puedan pasar. La respuesta que dio fue la siguiente… (silencio, cara de frustración) y se bajó del tren.
Mientras ‘Silvita’ hacía un poco de tiempo en el hall del centro comercial de la zona de Palermo, se propuso centrarse en la actitud de la gente que pasara cerca de ella. Realizó un análisis bastante simple. Identificar lo que compraba la gente y relacionar las compras con la estación del año. Entonces decidió que iría al shopping a mitad del verano, del otoño, del invierno y de la primavera. Haría sus cuentas de acuerdo a los productos que compraban, su vestimenta y la cantidad de bolsas que llevaran, y si acudían solas o en pareja, o en familia. Al cabo de un año, ella ya había establecido su veredicto. ¿Qué hace la gente cuando es verano y hace mucho calor? Va de shopping con la familia entera (nenes incluidos) y compra ventiladores y aires acondicionados, y aprovecha la frescura del ambiente cerrado. Ellos visten short de baño y ojotas y ellas una bermudita colorida, una blusa fresca y unas sandalias. ¿Qué hace la gente cuando es invierno y hace mucho frío? Va de shopping con la familia entera, encierra a los nenes en la plaza de juegos y pasean para comprar más ropa de abrigo, aun cuando seguramente sus placares rebalsen de ropa. ¿Y qué pasa cuando no hace ni tanto frío ni tanto calor? Bueno, pareciera que lo mismo. Según ‘Silvita’, tanto en otoño como en primavera la gente no sabe bien qué comprar, asique en general llevan menos bolsas que en las estaciones más extremas. Incluso ella menciona que las pocas bolsas que andan dando vueltas por los shoppings tienen tamaño de perfumes o relojes y boludeces de ese estilo. Eso sí, pareciera que más allá de lo que compren, la estupidez humana tiene 4 estaciones.

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